—¿Y después funcionó?
—No.
Las niñas soltaron una carcajada.
Arturo también.
Se sorprendió al escucharse.
Hacía mucho tiempo que no se reía hablando de Mateo.
Durante años, cada recuerdo había terminado en dolor.
Ese día terminó en una historia.
Cuando finalmente se despidieron, Elena escribió su número en un pequeño papel.
—No tiene que llamarme —dijo—. No quiero que sienta ninguna obligación.
Arturo guardó el papel.
—Voy a llamar.
Y llamó esa misma noche.
Dos días después volvieron a verse.
Luego otra vez la semana siguiente.
Arturo comenzó visitándolas como quien entra con cuidado en una habitación desconocida.
No quería confundir a las niñas.
No quería ocupar un lugar que no le correspondía.
Y tampoco quería utilizarlas para fingir que Mateo seguía vivo.
Pero Sofía e Isabel no permitían demasiadas formalidades.
—Don Arturo suena como señor de banco —protestó Isabel durante una comida.
—¿Entonces cómo quieres llamarme?
La niña se encogió de hombros.
—Arturo.
Sofía negó con la cabeza.
—Está muy grande para que le digamos Arturo.
Elena casi derramó el café de la risa.
Arturo fingió indignación.
—Muchas gracias.
Fue así como empezaron.
Primero fueron comidas los domingos.
Después visitas a museos.
Luego tardes jugando ajedrez.
Arturo descubrió que Sofía era impaciente y movía las piezas demasiado rápido.
Isabel pensaba tanto cada movimiento que podía tardar cinco minutos en decidir.
—Es desesperante jugar con ustedes —decía Arturo.
—Pero siempre quiere otra partida —respondía Sofía.
Tenía razón.
También descubrió cosas sobre Elena.
Seguía trabajando turnos largos en urgencias.
Aunque las niñas estaban estables, necesitaban revisiones médicas frecuentes y medicamentos permanentes.
Había gastos de transporte, estudios, consultas y muchas pequeñas cosas que nunca desaparecían del presupuesto.
Elena no pedía ayuda.
De hecho, rechazó la primera vez que Arturo se ofreció a pagar una reparación de su coche.
—Podemos arreglarnos —dijo.
—Elena, el coche apenas arranca.
—Pero arranca.
—A veces.
Ella sonrió.
—A veces es suficiente.
Arturo entendió que ayudarla no significaba decidir por ella.
Así que dejó de intentar resolver las cosas sin preguntar.
Comenzó a hablar.
A escuchar.
Cuando el coche finalmente dejó de funcionar, Elena aceptó que Arturo comprara uno sencillo y confiable para que pudiera llevar a las niñas a sus revisiones.
Más tarde, Arturo creó un fondo privado destinado a cubrir parte de los gastos médicos futuros de las gemelas.
Todo quedó claro y formal.
Elena aceptó porque comprendió algo importante.
Arturo no estaba intentando comprar un lugar en su familia.
Ya se lo habían dado.
Lo que más ofrecía no era dinero.
Era tiempo.
Asistía a festivales escolares.
Guardaba los dibujos que las niñas le regalaban.
Aprendió los nombres de sus maestras.
Sabía qué sabor de pastel prefería cada una.
Cuando Sofía tuvo su primera presentación musical en la escuela, Arturo llegó cuarenta minutos antes y terminó sentado en primera fila.
Sofía había comenzado a tocar guitarra.
—Es por Mateo —decía.
Elena siempre corregía.
—Es porque te gusta la música.
—Me gusta porque su corazón también la escuchaba.
Arturo nunca intentaba discutir eso.
Un día llevó a casa la vieja guitarra de Mateo.
Había pasado cinco años guardada en su estuche.
Arturo no había sido capaz de abrirlo.
Lo puso frente a Sofía.
—Era suya.
La niña retrocedió.
—No puedo quedármela.
—No te la estoy regalando.
Sofía pareció decepcionada.
Arturo sonrió.
—Te la estoy prestando durante los próximos setenta años.
Ella se lanzó a abrazarlo.
Mientras tanto, Isabel desarrolló una curiosidad obsesiva por la medicina.
Quería entender para qué servían los análisis.
Preguntaba cómo funcionaban los órganos.
Leía libros infantiles sobre el cuerpo humano.
—Cuando sea grande quiero ser doctora —anunció una tarde.
—¿Qué clase de doctora? —preguntó Arturo.
—De trasplantes.
Elena la miró sorprendida.
—Hace una semana querías ser astronauta.
—Puedo cambiar de opinión.
—Claro.
Isabel señaló a Sofía.
—Quiero ayudar a niños como nosotras.
Arturo tuvo que apartar la mirada.
Seis meses después del encuentro en el cementerio, Elena y las niñas cenaron en casa de Arturo.
Hasta entonces, Elena sabía que tenía dinero.
No sabía cuánto.
Cuando comprendió la magnitud de la fortuna que Arturo había acumulado, quedó en silencio.
—¿Y has vivido solo aquí cinco años?
—Sí.
—Esta casa tiene habitaciones que ni siquiera utilizas.
—Muchas.
Elena lo observó.
—Eso debe ser difícil.
Arturo esperaba una pregunta sobre el dinero.
En cambio, ella había visto la soledad.
Después de cenar, las niñas subieron a una habitación donde Arturo guardaba juegos y libros para ellas.
Elena y él se quedaron conversando.
Arturo llevaba semanas pensando en algo.
—Quiero crear un programa en nombre de Mateo.
Elena dejó su taza.
—¿Qué clase de programa?
—Para familias con niños que necesitan trasplantes.
Ella no respondió.
Arturo continuó.
—Hay gastos que nadie ve. Traslados. Medicamentos. Hospedaje cuando la familia vive lejos. Comidas. Tiempo sin trabajar. Apoyo psicológico.
Elena bajó la mirada.
Conocía cada una de esas cosas.
—Quiero cubrir parte de eso —dijo Arturo—. Y quiero hacerlo bien.
—Puedes contratar profesionales.
—Lo haré.
Arturo hizo una pausa.
—Pero necesito a alguien que entienda lo que vive una madre sentada afuera de una unidad hospitalaria esperando una llamada.
Elena ya sabía lo que iba a decir.
—No.
—Ni siquiera te lo he pedido.
—Vas a pedirme que trabaje contigo.
—Sí.
—Tengo mi trabajo.
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