Alejandro acomodó nuevamente a Sofía.
—Sí.
Karla abrió la boca.
—Señor, hubo una confusión con el sistema…
Alejandro levantó una mano.
—No quiero que esto se convierta en una discusión.
Su voz seguía siendo tranquila.
Eso pareció poner todavía más nerviosas a las recepcionistas.
—Solo quiero contarle a Gabriel exactamente lo que pasó.
Se volvió hacia el gerente.
—Llegué con una reservación. No aparecía en la búsqueda normal. Pedí que revisaran otra vez y me dijeron que no había nada que hacer.
Gabriel escuchaba en silencio.
—Me recomendaron buscar otro hotel. Pedí hablar con un gerente y me dijeron que no valía la pena interrumpirlo por algo así.
Karla bajó la mirada.
—Después llegó Dolores —continuó Alejandro—. Preguntó si habían revisado la sección interna. Encontró la solución en menos de un minuto.
Dolores hizo un gesto como queriendo restarle importancia.
Alejandro señaló el florero.
—Y luego encontró tiempo para hacer eso.
Gabriel miró las rosas.
—No entiendo.
—Mañana es el aniversario de la muerte de mi esposa.
El gerente dejó escapar lentamente el aire.
—Lo siento.
—Gracias.
Alejandro miró hacia Karla y Renata.
—Pero esto no se trata de que yo sea dueño del hotel.
Esa frase hizo que ambas levantaran la cabeza.
—Si fuera un desconocido cualquiera, lo ocurrido seguiría estando mal.
Nadie respondió.
—De hecho —continuó Alejandro—, eso es exactamente lo que me preocupa. Yo debería poder entrar aquí como cualquier huésped y recibir el mismo respeto que recibiría si llegara con traje y acompañado por tres directivos.
Gabriel asintió.
—Tiene razón.
—No quiero decisiones impulsivas esta noche.
Alejandro habló con firmeza.
—Quiero que revises lo ocurrido. También quiero que revises las quejas anteriores de huéspedes. Si fue un error aislado, deberá tratarse como tal.
Miró de nuevo a las dos mujeres.
—Pero si existe un patrón, entonces tenemos un problema más serio.
Gabriel asintió otra vez.
—Lo haré.
Alejandro no quiso seguir hablando.
Sofía necesitaba una cama.
Tomó el florero de las manos de Dolores.
—Gracias otra vez.
—Que descansen.
—Buenas noches, Dolores.
Mientras esperaba el elevador, Sofía abrió los ojos.
Vio las rosas.
—Papá…
—¿Sí?
—¿Ya tienen agua?
Alejandro sonrió.
—Sí.
—Qué bueno.
Y volvió a dormirse.
Dos días después, antes de dejar el hotel, Alejandro preguntó por Dolores.
La encontró en un pequeño comedor para empleados, sentada ante una mesa con un recipiente de comida y una taza de café.
Golpeó suavemente el marco de la puerta.
—¿Puedo pasar?
Dolores se levantó de inmediato.
—Señor Salgado.
—Por favor, siéntese.
Ella obedeció con cierta incomodidad.
Alejandro tomó la silla de enfrente.
—Quería agradecerle correctamente por lo del otro día.
Dolores negó con la cabeza.
—De verdad no hice nada especial.
—Sí lo hizo.
—Solo ayudé.
—Precisamente.
Dolores lo miró sin comprender.
Alejandro apoyó las manos sobre la mesa.
—¿Cuánto tiempo lleva trabajando aquí?
—Casi nueve años.
—¿Siempre en habitaciones?
—Empecé limpiando. Después me hicieron supervisora.
—¿Le gusta?
Dolores sonrió.
—Hay días y días.
Alejandro también sonrió.
—Eso sirve para cualquier trabajo.
Hubo un momento de silencio.
—Hay algo que quería preguntarle —dijo él—. Cuando me vio en recepción, ¿por qué se acercó?
Dolores frunció el ceño.
Parecía sorprendida por la pregunta.
—Porque usted necesitaba ayuda.
—Karla y Renata también me estaban viendo.
Dolores bajó la mirada hacia su comida.
—No sé qué decirle.
Después pensó unos segundos.
—Tal vez reconocí el cansancio.
—¿El cansancio?
—Sí.
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