Durante 122 noches, un pastor alemán callejero siguió a una policía a tres metros. En la noche 123, recibió una puñalada por ella.
Escuché los pasos detrás de mí cuando ya era demasiado tarde.
Alcancé a girar apenas la cabeza antes de sentir un golpe brutal en el hombro izquierdo. Caí de rodillas sobre la acera y mi brazo dejó de responderme.
Uno de los hombres intentó quitarme el arma.
El otro venía hacia mí con un cuchillo.
Y entonces el perro que llevaba cuatro meses sin dejarme tocarlo rompió por primera vez la distancia que siempre había mantenido entre nosotros.
Tres metros.
Eso era todo lo que nos separaba.
Hasta aquella noche.
Me llamo Daniela Morales. Tenía 28 años y llevaba poco más de cuatro trabajando como policía en Guadalajara.
Durante meses me asignaron un turno nocturno a pie en una zona complicada al oeste de la ciudad. Era un sector de calles estrechas, pequeños talleres, edificios viejos, tiendas de abarrotes y negocios que cerraban temprano.
Gran parte de la madrugada caminaba sola.
Había compañeros cerca en vehículos, pero a veces podían tardar varios minutos en llegar.
Aprendí muy pronto a parecer tranquila aunque no lo estuviera.
Yo era una de las pocas mujeres de mi turno.
Nunca quería que nadie pensara que no podía con el trabajo.
Por eso no decía que tenía miedo.
No se lo decía a mi supervisor.
No se lo decía a mi madre, Teresa, que me llamaba cada domingo y siempre hacía la misma pregunta.
—¿Estás bien, hija?
—Sí, mamá. Todo bien.
Tampoco se lo decía a Lucía, mi hermana menor.
Ni a Mariana, una amiga que había estudiado conmigo y entendía perfectamente lo que significaba caminar de madrugada escuchando cada ruido detrás de ti.
Yo simplemente seguía trabajando.
Y cuando alguna noche había sido especialmente difícil, esperaba a estar completamente sola para llorar unos minutos.
Después me limpiaba la cara.
Respiraba.
Y volvía a salir.
Así era mi vida hasta una madrugada de agosto.
Estaba recorriendo un callejón que formaba parte de mi ruta habitual. A un lado había varios contenedores, la puerta trasera de una pequeña carnicería y la entrada de servicio de una tienda de abarrotes.
Escuché algo moverse detrás de uno de los contenedores.
Mi cuerpo reaccionó antes que mi cabeza.
Encendí la linterna y llevé la mano al arma.
—Sal de ahí —ordené.
Algo apareció lentamente.
Era un pastor alemán enorme.
Negro y café, muy delgado, con el pelo sucio y una pequeña cicatriz cerca del hombro derecho.
Tenía una muesca en una oreja.
Sus ojos eran de un tono ámbar extraño.
Se detuvo frente a mí.
Y se sentó.
Yo seguía preparada para reaccionar.
El perro no gruñó.
No enseñó los dientes.
No avanzó.
Simplemente me miró.
Había pasado toda la noche intentando parecer fuerte.
Pero allí, frente a aquel animal desconocido, mis manos empezaron a temblar.
Después de unos segundos bajé el arma.
Apagué la linterna.
Y me senté contra la pared.
No sé exactamente por qué.
Quizá estaba cansada.
Quizá llevaba demasiado tiempo guardándome demasiadas cosas.
Empecé a llorar.
El perro permaneció sentado a unos tres metros.
No intentó acercarse.
No huyó.
Solo observó.
Estuve allí varios minutos.
Cuando terminé, me limpié la cara con la manga, me levanté y acomodé mi uniforme.
Miré al perro.
—Bueno —murmuré—. Tú puedes quedarte. Yo tengo que seguir.
Salí del callejón.
Escuché pasos detrás de mí.
Me giré.
El pastor alemán caminaba conmigo.
No a mi lado.
Tampoco demasiado lejos.
Exactamente unos tres metros detrás.
Continuó así durante el resto del turno.
Cuando yo me detenía, él se detenía.
Cuando cruzaba una calle, él cruzaba.
No persiguió gatos.
No se acercó a las personas.
Ni siquiera reaccionó cuando pasaron otros policías.
Al terminar mi jornada llegué al pequeño edificio donde entregábamos el turno.
El perro se quedó al otro lado de la calle.
Se sentó.
Me vio entrar.
Cuando salí unos minutos después con ropa normal, había desaparecido.
Pensé que nunca volvería a verlo.
Me equivoqué.
La noche siguiente, apenas llevaba unos minutos caminando cuando noté movimiento al otro lado de la calle.
Era él.
Caminaba paralelo a mí.
Tres metros atrás.
No dije nada.
Él tampoco necesitaba hacerlo.
Aquella fue la segunda noche.
Después llegó la tercera.
La cuarta.
La quinta.
Y siguió apareciendo.
Todas las noches.
Al principio pensé que buscaba comida.
Empecé a dejarle un recipiente con croquetas antes de iniciar mi recorrido.
Pero nunca comía mientras yo estuviera cerca.
Esperaba hasta que me alejaba.
Después comía rápidamente y me alcanzaba.
Jamás aceptó comida directamente de mi mano.
Jamás permitió que lo tocara.
Yo tampoco insistí.
Poco a poco comenzamos a entendernos.
En ocasiones hablaba con él mientras caminábamos.
—Esa calle no me gusta mucho.
Él seguía avanzando.
—Mañana descanso. No vengas a buscarme.
Por supuesto, no contestaba.
Le puse Sombra.
No porque fuera negro.
Lo llamé así porque siempre estaba detrás de mí.
Presente, silencioso y constante.
Con las semanas empecé a notar algo extraño.
Sombra estudiaba a las personas.
Cuando alguien se acercaba de manera normal, él no reaccionaba.
Pero cuando una persona cambiaba de dirección de repente o se quedaba observándome demasiado tiempo, Sombra modificaba su posición.
No atacaba.
Ni gruñía.
Simplemente se colocaba en otro ángulo.
Al principio pensé que estaba imaginando cosas.
Después empecé a confiar en él.
Si Sombra se tensaba, yo prestaba más atención.
Si permanecía tranquilo, yo también respiraba un poco mejor.
A los dos meses ya conocía mi recorrido completo.
En ocasiones parecía anticipar hacia dónde iba a girar.
Llegaba primero a una esquina y se quedaba mirando.
Me esperaba.
Después continuaba detrás de mí.
Tres metros.
Siempre tres metros.
Mis compañeros empezaron a hablar de él.
—Ahí viene tu guardaespaldas —bromeaban.
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