—No es mío.
—Dile eso a él.
Algunos intentaron acercarse.
Sombra retrocedía.
Otros quisieron darle comida.
No la aceptaba.
Parecía haber establecido una sola regla.
Podía seguirme.
Pero nadie podía acercarse demasiado a él.
Ni siquiera yo.
Así pasaron 122 noches.
Durante esos meses ocurrió algo que no había conseguido ningún entrenamiento.
Empecé a sentirme menos sola.
Yo seguía haciendo mi trabajo.
Seguía tomando decisiones.
Seguía siendo responsable de mi seguridad.
Pero saber que aquellas patas caminaban detrás de mí cambiaba algo.
Ya no terminaba cada madrugada con el mismo nudo en el estómago.
Y entonces llegó la noche 123.
Era diciembre.
Habían pasado casi cuatro meses desde aquella primera madrugada en el callejón.
Llevaba más de cinco horas trabajando.
Sombra iba detrás de mí como siempre.
Yo estaba acercándome precisamente al mismo callejón donde lo había conocido.
Entonces escuché pasos rápidos.
Dos personas.
Detrás de mí.
Giré.
El primer golpe cayó sobre mi hombro izquierdo.
Perdí el equilibrio.
Caí de rodillas.
El dolor fue inmediato y mi brazo quedó prácticamente inútil.
Vi a un hombre junto a mí.
El segundo estaba unos pasos más atrás.
Llevaba un cuchillo.
Intenté levantarme.
No pude.
Todo ocurrió en segundos.
El hombre del cuchillo comenzó a avanzar.
Y Sombra desapareció de mi visión.
Por una fracción de segundo pensé que había huido.
Después escuché el impacto.
Sombra había recorrido los tres metros.
Por primera vez.
Se lanzó contra el hombre que llevaba el cuchillo y lo derribó.
No ladró.
No hizo ningún sonido.
Lo sujetó por el brazo y evitó que pudiera acercarse a mí.
El otro hombre levantó un objeto metálico y trató de golpearlo.
Sombra soltó al primero y esquivó el golpe.
Yo intentaba moverme mientras pedía apoyo.
Entonces el hombre que había caído recuperó el cuchillo.
Lo vi levantar el brazo.
—¡Sombra!
No pude hacer nada más.
El cuchillo alcanzó al perro en el hombro.
Sombra cayó.
Aquellos segundos todavía aparecen algunas noches en mis sueños.
Conseguí recuperar el control de la situación mientras llegaban mis compañeros.
No quiero convertir lo que pasó después en una historia sobre los dos hombres.
Para mí nunca lo fue.
En cuanto el peligro terminó, gateé hacia Sombra.
Estaba acostado de lado.
Respiraba rápido.
Había sangre alrededor de la herida.
Me arrodillé junto a él.
Por primera vez desde que nos conocíamos, puse mi brazo alrededor de su cuello.
No retrocedió.
—Estoy aquí —repetía—. Estoy aquí. No te vayas.
Mis compañeros llegaron pocos minutos después.
Uno de ellos se acercó para revisar mi hombro.
Yo no quería soltar al perro.
—Daniela, necesitamos revisarte.
—Primero él.
—Ya viene ayuda para los dos.
Seguí acariciando la cabeza de Sombra.
Entonces ocurrió algo que jamás olvidaré.
Levantó apenas el hocico.
Y me lamió la cara.
Una sola vez.
Después golpeó suavemente el suelo con la cola.
Cuando llegó el equipo veterinario de emergencia, uno de los médicos revisó la herida.
—Es profunda, pero está estable. Tenemos que llevarlo a cirugía.
—Hagan lo necesario.
—¿Es suyo?
Miré al perro.
Cuatro meses.
Ciento veintitrés noches.
Tres metros.
—Sí —respondí—. Es mío.
Me llevaron a un hospital.
Mi hombro estaba dislocado y tenía una pequeña fractura cerca de la clavícula. Nada que no pudiera recuperarse con tiempo.
Pero yo solo hacía una pregunta.
—¿Cómo está el perro?
Nadie sabía todavía.
Mi madre llegó unas horas después.
Entró en mi habitación con la cara desencajada.
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