Durante 40 minutos intentó detener a su perro… sin saber que él ya había encontrado al niño perdido

Solté un poco la correa.

Brújula salió disparado hacia los árboles.

Y yo fui detrás.

No corría sin rumbo.

Eso fue lo primero que me sorprendió.

Yo había visto perros persiguiendo olores muchas veces.

Van de un lado a otro.

Regresan.

Dan vueltas.

Pierden el rastro.

Lo encuentran otra vez.

Brújula no hacía eso.

Avanzaba siguiendo una línea.

A veces levantaba la cabeza.

Giraba unos grados.

Corregía la dirección.

Y continuaba.

Bajamos por una pendiente cubierta de ramas secas.

Pasamos entre árboles caídos.

Atravesamos una zona de piedras.

Cada cinco minutos informaba nuestra posición.

El equipo que venía detrás intentaba alcanzarnos.

Pero Brújula avanzaba rápido.

Y cuanto más avanzábamos, más extraño resultaba todo.

No parecía estar buscando.

Parecía saber adónde iba.

Habíamos recorrido casi un kilómetro cuando llegamos a una pequeña hondonada protegida entre árboles.

Brújula cambió de repente.

Hasta ese momento había estado concentrado.

Ahora estaba desesperadamente concentrado.

Comenzó a tirar con mucha más fuerza.

—Despacio.

No me hizo caso.

Bajamos entre ramas y troncos caídos.

Entonces mi linterna iluminó algo claro debajo de las raíces levantadas de un pino que había caído tiempo atrás.

Primero pensé que era una mochila.

Después se movió.

—¡Mateo!

Corrí.

El niño estaba encogido entre las raíces y la tierra.

Tenía los brazos pegados al cuerpo.

Sus labios temblaban.

Estaba consciente.

Eso era lo importante.

Estaba vivo.

Había pasado unas dieciocho horas perdido.

Me arrodillé junto a él.

—Mateo, soy Daniel. Venimos a ayudarte.

El niño hizo un sonido muy pequeño.

Todavía puedo escucharlo.

Me quité la chamarra y se la puse encima.

Tomé el radio.

—Lo encontré.

Mi voz casi no salió.

Tuve que repetirlo.

—Central, encontramos al niño. Está vivo.

Durante unos segundos escuché voces al fondo del radio.

Después Laura respondió con tono profesional, aunque se notaba la emoción.

—Recibido. El equipo está llegando a tu posición.

Me acerqué más a Mateo.

Pero Mateo no me buscó a mí.

Buscó a Brújula.

Mi perro se había metido debajo de aquellas raíces y estaba pegando todo su cuerpo contra el niño.

Mateo levantó los brazos.

Rodeó el cuello de un perro completamente desconocido.

Y no lo soltó.

Brújula permaneció quieto.

Sin lamerlo.

Sin moverse.

Sin intentar escapar del abrazo.

Solo se quedó allí.

Nueve minutos después llegó el resto del equipo.

Así nos encontraron.

Un policía cubierto de tierra.

Un niño de ocho años.

Y un perro atigrado que nunca había recibido una sola hora de entrenamiento de rescate.

Aquella noche pensé que habíamos tenido suerte.

Dos semanas después descubrí que estaba equivocado.

Llevé a Brújula a una clínica veterinaria por una pequeña lesión en una pata.

Mientras lo revisaban, le conté a la veterinaria lo ocurrido.

Se llamaba doctora Elena Vargas.

Había trabajado muchos años con perros de diferentes razas.

Escuchó toda la historia sin interrumpirme.

Cuando terminé, miró a Brújula.

Después me hizo una pregunta inesperada.

—Daniel, ¿alguien te ha explicado alguna vez qué mezcla puede tener realmente este perro?

—Pit Bull —respondí—. Quizá sabueso. Eso decía la ficha.

Elena se levantó.

Revisó su cabeza.

Las orejas.

El pecho.

El hocico.

La forma de su cuerpo.

Después me miró.

—Aquí hay mucho más sabueso de lo que probablemente pensaron en el refugio.

Le expliqué que yo no entendía qué importancia tenía eso.

Ella sonrió.

—Mucha.

Me explicó que todos los perros tienen un olfato extraordinario comparado con el nuestro.

Pero algunas líneas de sabuesos fueron desarrolladas durante generaciones específicamente para seguir olores durante kilómetros.

No solo detectan un olor.

Permanecen comprometidos con él.

Pueden seguirlo por terreno difícil.

Pueden continuar incluso cuando nosotros creemos que no existe nada que seguir.

Después dijo algo que cambió por completo la manera en que yo recordaba aquella noche.

—Un niño que lleva horas perdido y asustado produce señales muy intensas para un perro así.

Le pregunté qué quería decir.

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