El gato que cumplió la última promesa de mi hijo y me enseñó a vivir de nuevo

Pensé que Benito ya había cumplido la promesa de Adrián.

Me había obligado a levantarme de la cama, a abrir las persianas y a recordar que todavía quedaban cosas por hacer.

Pero casi un año después de la muerte de mi hijo, volvió a despertarme a las dos de la madrugada.

Y aquella vez no quería enseñarme un vídeo.

Quería que lo siguiera.

Benito estaba sentado sobre mi pecho.

Pesaba casi siete kilos, así que no fue precisamente una forma delicada de despertarme.

Abrí los ojos y vi su cara a pocos centímetros de la mía.

—¿Qué pasa ahora?

Saltó al suelo y salió del dormitorio.

Me di la vuelta, dispuesto a seguir durmiendo.

Entonces regresó y me mordió suavemente la manga del pijama.

No me hizo daño.

Pero tiró de ella con tanta insistencia que acabé sentándome en la cama.

—Son las dos de la mañana, Benito.

Maulló una vez.

Después caminó hacia el pasillo, deteniéndose cada pocos pasos para comprobar que yo iba detrás.

Lo seguí hasta la cocina.

La puerta trasera estaba cerrada, pero Benito arañaba la madera con las dos patas delanteras.

—Ni hablar. Fuera hace un frío terrible.

Benito no paró.

Hacía meses que no se comportaba así.

La última vez que había insistido de aquella manera, me había llevado hasta la mochila de Adrián y hasta aquel teléfono que cambió nuestras vidas.

Me puse un abrigo encima del pijama.

—Cinco minutos —le advertí—. Y luego volvemos a casa.

En cuanto abrí la puerta, Benito salió al patio.

Había llovido durante toda la tarde y las baldosas estaban mojadas.

El gato cruzó el jardín, pasó por debajo de la valla que yo había reparado en primavera y desapareció en el callejón.

—¡Benito!

Su cabeza asomó entre dos cubos.

Me miró como si yo fuera el que se estaba retrasando.

Cogí una linterna y fui detrás de él.

Caminamos dos calles.

Benito avanzaba pegado a las fachadas, sin correr, pero sin detenerse.

Yo apenas había salido de casa en pijama desde que Adrián era pequeño y tuvo una fiebre alta.

A medida que nos alejábamos, empecé a pensar que estaba perdiendo la cabeza.

Un hombre de sesenta y tres años siguiendo a un gato por las calles a las dos de la madrugada no parecía precisamente una señal de recuperación.

Entonces Benito se detuvo delante de un pequeño taller.

Conocía aquel lugar.

Había pasado frente a él cientos de veces, aunque nunca había entrado.

En el escaparate había relojes viejos, lámparas sin pantalla, sillas desmontadas y un cartel escrito a mano.

SE ARREGLAN COSAS.

La puerta estaba entreabierta.

Benito empujó con la cabeza y entró.

—Espera.

Escuché un golpe suave en el interior.

Después, una voz.

—¿Hay alguien?

Entré con la linterna levantada.

El taller olía a madera, polvo y aceite.

En el suelo, junto a una mesa de trabajo, había un hombre mayor sentado con la espalda apoyada contra un armario.

Tenía una mano sobre la frente.

Benito estaba a su lado.

—¿Está usted bien?

—Me he mareado —respondió—. He intentado levantarme, pero la pierna no me aguanta.

Me acerqué.

El hombre se llamaba Tomás y tenía sesenta y ocho años.

Había bajado al taller porque no podía dormir. Al intentar alcanzar una caja de una estantería, perdió el equilibrio.

No parecía gravemente herido, pero estaba pálido y temblaba.

Llamé para pedir ayuda.

Mientras esperábamos, le puse mi abrigo sobre los hombros.

Benito se acomodó junto a sus pies.

Tomás lo miró durante un rato.

Después levantó la cabeza hacia mí.

—Este gato es de Adrián.

Sentí que algo se cerraba dentro de mi pecho.

—Era de Adrián —corregí—. Ahora vive conmigo.

Tomás asintió despacio.

—Tu hijo venía mucho por aquí.

No supe qué responder.

Creía conocer las costumbres de Adrián.

Sabía dónde trabajaba, qué café pedía, qué equipo de fútbol seguía y que siempre dejaba las llaves en cualquier sitio.

Pero nunca me había hablado de aquel taller.

—¿Desde cuándo?

—Desde hacía más de dos años.

Tomás señaló una silla cercana.

Me senté.

—Al principio entró para arreglar una lámpara —continuó—. Luego volvió con una radio. Después con una caja de herramientas que no necesitaba ningún arreglo.

Sonrió débilmente.

—Supongo que solo quería conversar.

Miré alrededor.

Había dos tazas en una repisa.

Una era blanca y estaba manchada de café.

La otra era azul, con una pequeña grieta cerca del asa.

En un lateral tenía escrito el nombre de mi hijo con rotulador.

ADRIÁN.

Tuve que apartar la vista.

—Nunca me contó nada.

—A veces los hijos guardan pequeñas partes de su vida para ellos mismos.

Tomás miró a Benito.

—Pero siempre hablaba de ti.

Eso me sorprendió aún más.

—¿De mí?

—Decía que eras el hombre más terco que había conocido.

—Eso sí parece algo que diría Adrián.

Tomás soltó una risa corta.

—También decía que eras la única persona a la que llamaría si todo salía mal.

Las personas que llegaron para atenderlo entraron poco después.

Tomás no tenía ninguna lesión grave.

Lo llevaron para revisarlo y me pidieron que cerrara el taller.

Antes de marcharse, me dio un pequeño manojo de llaves.

—Benito sabe el camino —dijo.

No entendí lo que quería decir.

Hasta que el gato caminó hacia el fondo del local.

Se detuvo frente a una puerta estrecha y comenzó a maullar.

—Hoy ya has hecho bastante —le dije.

No me hizo caso.

Abrí la puerta.

Detrás había una habitación pequeña, llena de tablas, botes de pintura y muebles a medio reparar.

En el centro había un banco de madera sin terminar.

Solo tenía montadas tres patas.

La cuarta descansaba sobre una mesa.

Benito saltó encima del asiento y se tumbó.

Me acerqué.

En la parte inferior del banco había unas palabras escritas a lápiz.

Reconocí la letra de Adrián de inmediato.

Para que papá se siente un rato y deje de fingir que nunca está cansado.

Me quedé de pie, sin respirar.

Pasé los dedos sobre las letras.

Adrián siempre se burlaba de mí porque nunca quería descansar.

Cuando venía a casa y me encontraba arreglando algo, decía que un día tendrían que enterrarme con una caja de herramientas.

Yo le respondía que, al menos, el ataúd quedaría bien montado.

Benito bajó del banco.

Después se sentó sobre mis zapatos.

No lloré como aquella noche en la cocina.

Esta vez el dolor fue distinto.

No llegó de golpe.

Entró lentamente, como el agua a través de una grieta.

Me senté en el suelo y permanecí allí hasta que comenzó a amanecer.

Tomás volvió al taller tres días después.

Caminaba con un bastón y parecía avergonzado de necesitarlo.

Yo estaba esperando frente a la puerta.

Benito se encontraba a mi lado.

—Quiero terminar el banco —dije.

Tomás abrió el local sin responder.

Fuimos hasta la habitación del fondo.

Durante varios minutos examinó la madera.

—Adrián quería acabarlo para tu cumpleaños.

—Mi cumpleaños fue hace cinco meses.

—Lo sé.

—¿Por qué no me llamó?

Tomás apoyó ambas manos sobre el bastón.

—Porque el banco no estaba terminado. Y porque no sabía si tú querrías conocer esta parte de la vida de tu hijo.

—Era mi hijo.

—Sí.

No levantó la voz.

—Pero también era un hombre adulto.

Aquellas palabras me molestaron.

Me había acostumbrado a pensar en Adrián como mi niño.

Incluso cuando medía casi diez centímetros más que yo.

Incluso cuando tenía su propio piso, su trabajo y una vida que no necesitaba mi permiso.

Para mí seguía siendo el muchacho de las marcas a lápiz en el marco de la puerta.

Once años.

Catorce.

Diecisiete.

Pero Tomás tenía razón.

Había partes de Adrián que yo no conocía.

Eso no significaba que me hubiera querido menos.

Solo significaba que había crecido.

—¿Me enseñará? —pregunté.

Tomás miró mis manos.

—Adrián decía que eras bueno arreglando motores.

—Los motores no tienen astillas.

—Entonces aprenderás a sacártelas.

Así empezamos.

Todos los martes por la tarde iba al taller.

Benito venía conmigo dentro de su transportín, aunque protestaba durante todo el trayecto.

En cuanto llegábamos, salía y ocupaba la taza azul de Adrián como si fuera un objeto sagrado.

No podía meterse dentro, por supuesto.

Así que se sentaba a su lado y vigilaba.

Tomás me enseñó a lijar la madera siguiendo la veta.

Yo apretaba demasiado.

Él me quitaba el papel de lija de las manos.

—No estás castigando al banco.

—Quiero que quede bien.

—Quedará bien si dejas de pelearte con él.

Había días en que trabajábamos sin hablar.

Otros, Tomás me contaba historias de Adrián.

Historias pequeñas.

Mi hijo había roto tres tornillos intentando reparar una silla.

Había pintado una mesita del color equivocado.

Una tarde se quedó dos horas arreglando el cajón de una mujer mayor y se negó a aceptar dinero.

—No era ningún santo —le advertí.

—Nunca he dicho que lo fuera.

Tomás abrió un cajón y sacó un destornillador doblado.

—Esto lo hizo él.

Me reí.

Fue una risa breve.

Pero verdadera.

Benito levantó la cabeza desde una caja de trapos.

Hacía meses que todavía me sorprendía escuchándome reír.

Algunos días me sentía culpable.

La culpa aparecía sin avisar.

Mientras tomaba café.

Mientras veía una comedia en la televisión.

Mientras dormía seis horas seguidas sin soñar con la llamada del hospital.

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