Nadie dentro de la Plaza del Sol recuerda el segundo exacto en que todo se torció. Solo saben que, un instante, la gente iba con bolsas, risas y prisas… y al siguiente, el lugar se convirtió en una pesadilla.
Javier Herrera estaba formado frente a un puesto de panecillos cuando escuchó el primer grito. No fue el grito típico de un niño jugando en la zona infantil. Fue un grito seco, de puro miedo, que venía del piso de arriba.
Varias personas levantaron la cabeza. Un par soltaron una risita nerviosa, como si pensaran: “Seguro alguien se resbaló en las escaleras”. Pero entonces llegó el segundo grito… y, de inmediato, el sonido inconfundible de algo cayendo con fuerza, como metal contra metal.
Javier dejó caer la bolsa y corrió hacia la barandilla.
El segundo piso se estaba moviendo… no, corriendo. La gente venía en estampida, chocando unos con otros, tirando escaparates pequeños, dejando las compras regadas por el suelo. Un kiosco de accesorios se volcó con un estruendo.
—¡Oye! ¿Qué pasa allá arriba? —gritó Javier.
Pero la ola de pánico se tragó su voz. Unos guardias de seguridad intentaban contener a la multitud, levantando los brazos, dando órdenes. Era inútil. Alguien chilló, desesperado:
—¡CORRE! ¡NADA MÁS CORRE!
A Javier le golpeó el pecho el corazón, como si quisiera salirse. Algo andaba mal. Algo venía… y venía rápido.
Y entonces lo vio.
O, mejor dicho… lo vio a él.
Al principio, Javier no pudo entender lo que tenía enfrente. Era un hombre alto, pálido, tambaleándose entre la gente del segundo piso. Pero no era su forma de caminar lo que aterrorizaba a todos… era su aspecto.
La ropa estaba hecha jirones, como si hubiera arrastrado el cuerpo entre cristales rotos. Sus manos temblaban con violencia. Y sus ojos… sus ojos estaban abiertos de más, sin brillo, como vacíos, como si miraran a través de las personas en lugar de verlas de verdad.
No atacaba.
No gritaba.
Ni siquiera hablaba.
Solo avanzaba, lento y rígido, como una marioneta empujada por hilos invisibles.
Lo peor era lo que ocurría alrededor de él.
Las personas que se acercaban demasiado caían al suelo al instante. No se golpeaban con sangre, no se retorcían de dolor. No. Era como si el cuerpo se apagara. Un segundo estaban corriendo… y al siguiente, desplomados, inconscientes, como si alguien les hubiera quitado la luz por dentro.
Javier se quedó helado. La cabeza le iba a mil.
“¿Está enfermo? ¿Es un ataque? ¿Una fuga de gas? ¿Un simulacro mal hecho?”
Una madre que llevaba a un niño pequeño en brazos tropezó justo delante del hombre extraño. Javier vio cómo el hombre se detenía, inclinaba la cabeza, y estiraba una mano temblorosa hacia el niño.
Pero esa mano ni siquiera alcanzó a tocarlo.
Los ojos de la madre se pusieron en blanco y ella cayó de lado, sin un grito, sin fuerza, como un muñeco. El niño se quedó llorando, pegado a su pecho, sin entender nada.
Ahí, Javier reaccionó por instinto.
Se abrió paso entre la gente, empujando con cuidado, gritando:
—¡Por aquí! ¡Rápido! ¡Ayúdenme!
Agachado, tomó al niño en brazos y arrastró a la madre unos centímetros para apartarla de la corriente de gente. La mujer estaba inconsciente, pero respiraba. El pequeño lloraba a todo pulmón, con la cara roja, temblando.
Javier apretó al niño contra su pecho, intentando calmarlo con palabras que ni él mismo escuchaba bien.
Y entonces lo sintió.
El hombre… ya no miraba al niño ni a la madre.
Ahora se había girado hacia Javier.
Y durante un segundo, Javier sintió algo dentro de su cabeza. No era dolor exactamente. Era presión. Un zumbido. Como si cien susurros hablaran al mismo tiempo, muy cerca de sus pensamientos, revolviendo por dentro.
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