El grito que apagó la Plaza del Sol: Javier miró arriba… y vio algo que nadie pudo explicar

El grito que apagó la Plaza del Sol: Javier miró arriba… y vio algo que nadie pudo explicar

Le fallaron las piernas. Dio un paso atrás. El mundo se le nubló por las orillas, como si la vista se cerrara.

Y entonces las luces del centro comercial parpadearon.

Una vez.

Dos veces.

Y de golpe… todo se quedó negro.

Oscuridad total.

Los gritos se multiplicaron. Se escuchó algo metálico caer a lo lejos. La gente tropezaba, chocaba, lloraba. Lo más extraño fue lo que no ocurrió: no sonaron alarmas de emergencia. No se encendieron luces de respaldo. Hasta las pantallas publicitarias se apagaron, como si el lugar entero hubiera muerto.

Javier solo podía oír el caos… y su propia respiración.

Y la respiración de alguien más.

Muy cerca.

El niño en sus brazos sollozaba, pegado a él. Javier buscó a tientas con un brazo, sintiendo el aire, intentando orientarse. El corazón le latía tan fuerte que le dolía.

“Por favor… que esto sea una falla. Que vuelva la luz.”

De pronto, las luces de emergencia se encendieron con un chasquido débil, como una vela que se resiste a prender. Un resplandor amarillento, pobre, apenas suficiente para ver siluetas.

Y lo que Javier vio le heló la sangre.

El hombre extraño ya no estaba solo.

Había seis más.

Seis figuras saliendo despacio de un pasillo oscuro cerca de la zona de cine, avanzando con los mismos pasos rígidos, la misma mirada perdida, el mismo temblor en las manos. Parecían cortados con la misma tijera: pálidos, rotos, como si vinieran de un sitio donde el cuerpo se olvida de ser humano.

Y donde pasaban…

la gente caía.

Uno a uno.

Como si el aire alrededor de ellos fuera veneno invisible.

Como si estar cerca les apagara el cuerpo por dentro.

Javier retrocedió, abrazando al niño con más fuerza. Sentía el pequeño corazón latiéndole contra el brazo. Miró a la madre en el suelo, aún respirando, y le pasó la mano por la mejilla, sin saber si despertaría.

El zumbido volvió a su cabeza, más intenso, como si le empujaran los pensamientos contra las paredes del cráneo.

“Esto no es normal.”

“Esto no tiene explicación.”

“Y se está extendiendo.”

Javier tragó saliva. Miró hacia las salidas, hacia los pasillos, hacia cualquier señal de salida que pudiera guiarlo. La gente gritaba, algunos se tiraban al suelo fingiendo estar muertos, otros intentaban correr y caían a los pocos pasos, como si las piernas ya no obedecieran.

Él no podía quedarse allí.

No con un niño en brazos.

No con esos… seres acercándose.

Con la garganta seca y el cuerpo temblando, Javier tomó una sola decisión, la única que parecía humana en medio del horror:

Encontrar una salida—

o convertirse en el siguiente que cae.

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