EL HIJO DEL HOMBRE MÁS RICO DEL COLEGIO SE BURLÓ DE LA HIJA DE UNA LIMPIADORA… HASTA QUE ELLA ABRIÓ LA BOCA
—Canta esto en el festival y me caso contigo.
Las risas estallaron antes de que Diego Alcázar terminara la frase.
Valeria Hernández, de 18 años, permaneció sentada al fondo del salón de música con una hoja llena de notas imposibles frente a ella.
Algunos compañeros levantaron sus teléfonos.
Querían grabar su reacción.
Querían verla llorar.
Diego, hijo de uno de los hombres más adinerados de Querétaro, acababa de arrancar aquella página de un viejo libro de partituras y lanzarla sobre su escritorio.
—Tú dices que entiendes tanto de música —añadió con una sonrisa—. Entonces demuestra que puedes cantar eso.
Valeria no respondió.
Miró la hoja.
El título decía: Elegía para una estrella que se apaga.
Había saltos de voz enormes, cambios de ritmo extraños y palabras en un idioma que apenas reconocía.
Aquello no parecía una canción.
Parecía una trampa.
Diego regresó a su asiento entre carcajadas.
Cinco minutos después ya hablaba de otra cosa.
Para él había sido una broma.
Para Valeria, no.
Porque Diego sabía muy poco de la chica a la que acababa de humillar.
En realidad, casi nadie en el Instituto Monte Claro sabía nada de ella.
Valeria estudiaba allí gracias a una antigua beca concedida a su familia.
Décadas antes, su bisabuelo, Julián Hernández, había ayudado a rescatar a varias familias durante un gran incendio que afectó a su comunidad. Los vecinos reunieron fondos durante años y crearon una pequeña beca para que uno de sus descendientes pudiera estudiar.
Valeria había sido la primera en utilizarla.
Aun así, la ayuda solo cubría una parte de sus estudios.
Por eso su vida era muy distinta a la de sus compañeros.
A las cuatro y media de la mañana sonaba su despertador.
Se levantaba sin encender demasiadas luces para no despertar a su madre, se ponía un uniforme sencillo de trabajo y caminaba unas calles hasta tomar el primer autobús.
A las cinco y cuarto entraba al colegio por la puerta de servicio.
Durante una hora limpiaba mesas, acomodaba sillas y ayudaba a preparar el comedor.
Pero había algo que nadie conocía.
Cuando terminaba antes de tiempo, Valeria se escabullía hasta el auditorio vacío.
Encendía una sola luz.
Subía al escenario.
Y cantaba.
Allí no era la joven que recogía platos.
No era la becada.
No era la chica a la que nadie saludaba.
Era simplemente Valeria.
Su abuela Elena le había enseñado a cantar desde pequeña.
Nunca habían tenido dinero para clases particulares.
La abuela tampoco había estudiado música formalmente.
Cantaba mientras preparaba tortillas, mientras doblaba ropa o mientras barría el pequeño departamento familiar.
—La voz no sirve de nada si siempre tienes miedo de usarla —le decía.
Elena había muerto dos años antes.
Valeria todavía escuchaba aquella frase cada vez que subía sola al escenario.
Después de cantar, volvía a cambiarse.
A las siete comenzaba sus clases como cualquier otra alumna.
Por la tarde, cuando sus compañeros se marchaban a casa, ella volvía a ponerse el uniforme de trabajo.
Limpiaba salones.
Vaciaba papeleras.
Pasaba el trapeador por los mismos pasillos donde algunas personas ni siquiera la miraban a los ojos.
Su madre, Marisol, también trabajaba limpiando casas y oficinas.
Pero durante los últimos meses había comenzado a enfermar.
Primero fue una tos.
Después llegó el cansancio.
Luego vinieron estudios médicos, consultas y un tratamiento que costaba mucho más de lo que podían pagar.
Las cuentas se acumulaban sobre la mesa de la cocina.
Valeria conocía cada cifra.
Sabía cuánto faltaba para el recibo de luz.
Sabía qué medicamento podía esperar unos días.
Sabía cuántos pesos quedaban después de comprar comida.
Por eso aquella noche, mientras limpiaba el pasillo del colegio, la hoja que Diego le había lanzado parecía pesar una tonelada dentro de su mochila.
“Canta esto y me caso contigo”.
Recordaba las risas.
Los teléfonos.
La forma en que algunos la habían mirado esperando que bajara la cabeza.
Llegó a casa pasadas las ocho.
Marisol estaba dormida en una silla, todavía con su uniforme de trabajo.
Sobre la mesa había otro sobre de la clínica.
Valeria no quiso abrirlo.
Fue hasta su pequeño dormitorio.
Sacó la partitura.
La extendió frente a ella.
—Piensa que soy nadie —susurró.
Entonces recordó a su abuela.
“La voz no sirve de nada si siempre tienes miedo de usarla”.
Valeria encendió la lámpara.
Y empezó a estudiar.
Al día siguiente encontró un anuncio en el pasillo principal.
El colegio celebraría su festival anual de talento.
El ganador recibiría una beca completa para estudiar cuatro años en el prestigioso Conservatorio Aurora, además de apoyo para alojamiento y gastos educativos.
Valeria leyó el anuncio tres veces.
Un conservatorio.
Cuatro años.
Una vida distinta.
Luego vio una frase pequeña al final:
Se requiere la firma de un profesor patrocinador.
Su emoción desapareció.
La profesora principal del departamento de música apenas la toleraba.
Valeria solo podía pensar en otra persona.
El profesor Ernesto Salgado.
Tenía 67 años y llevaba décadas enseñando.
No era elegante.
Su oficina estaba llena de partituras viejas, tazas de café y cajas que probablemente nadie había abierto desde hacía años.
Valeria lo encontró esa misma tarde.
—Profesor Salgado, necesito que me firme esto.
Él levantó la mirada.
—¿El concurso?
—Sí.
—¿Tú?
Valeria tragó saliva.
—Yo.
Ernesto dejó el papel sobre la mesa.
—No voy a firmarlo solo porque me lo pidas. Ese escenario puede ser cruel.
—Lo sé.
—Entonces canta.
Se sentó frente al piano y tocó una escala sencilla.
Valeria respiró.
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