El hijo del hombre más rico se burló de la limpiadora… hasta que ella aceptó su cruel desafío

La repitió con la voz.

Las manos del profesor quedaron suspendidas sobre las teclas.

Tocó otra secuencia.

Más difícil.

Valeria volvió a repetirla.

Perfectamente.

Ernesto giró lentamente hacia ella.

Por primera vez pareció verla de verdad.

Los zapatos gastados.

El uniforme barato.

Las ojeras.

Y aquella voz.

—¿Cuánto tiempo llevas tomando clases?

—Nunca he tomado clases.

—No te creo.

—Me enseñó mi abuela.

Ernesto permaneció callado.

Después tomó un bolígrafo y firmó.

—Las audiciones son el viernes.

Valeria sonrió.

—Gracias.

—No me agradezcas todavía. Ahora tendrás que demostrar que no acabo de cometer una tontería.

Para la audición, Ernesto eligió una canción sencilla.

Nada de notas espectaculares.

Nada de gritos.

—Cuando alguien tiene una voz como la tuya —le explicó—, no necesita esconderse detrás de trucos.

El viernes, Valeria esperó su turno rodeada de alumnos con ropa elegante y carpetas profesionales.

Cuando entró, tres jueces estaban sentados frente a ella.

Comenzó la música.

Valeria cerró los ojos.

Pensó en el auditorio vacío.

Pensó en su abuela.

Y cantó.

Cuando terminó, nadie habló durante varios segundos.

El profesor Ernesto sonreía discretamente.

Otra jueza tenía los ojos húmedos.

La profesora principal parecía incómoda.

—Tiene talento —admitió—, pero está poco preparada.

—Precisamente por eso existen los profesores —respondió Ernesto.

Valeria pasó a la final.

La noticia recorrió el colegio antes de terminar el día.

Diego se enteró mientras estaba con sus amigos.

—¿Valeria?

Al principio no recordó el nombre.

Después sí.

La chica de la apuesta.

La chica de la limpieza.

La que él había desafiado a cantar aquella partitura.

—Entonces sí va a presentarse —dijo.

Uno de sus amigos se rio.

—¿Eso significa que tendrás que casarte con ella?

Todos volvieron a reír.

Esta vez Diego no.

Durante las dos semanas siguientes, la vida de Valeria se volvió agotadora.

A las cuatro y media entrenaba la voz con Ernesto.

Después trabajaba.

Luego asistía a clases.

Por la tarde limpiaba el colegio.

Y al terminar regresaba al salón de música.

—Otra vez —decía Ernesto.

—Ya no puedo.

—Otra vez.

Aprendió a respirar correctamente.

A sostener las notas.

A no tensar el cuello.

A controlar la fuerza en lugar de simplemente soltarla.

Entonces, una tarde, Ernesto sacó una hoja.

Valeria la reconoció inmediatamente.

Era la partitura de Diego.

Elegía para una estrella que se apaga.

—No —dijo ella.

—No la cantarás en el concurso.

—Entonces, ¿para qué?

—Para ti.

Ernesto explicó que la pieza hablaba de una pérdida profunda.

No era una canción bonita.

Era dolor convertido en música.

Durante los primeros intentos, Valeria fracasó.

Su voz se rompía.

Las palabras eran difíciles.

Los cambios eran brutales.

—No puedo.

—Sí puedes.

—Me duele.

Ernesto la miró.

—Tiene que doler un poco.

Valeria bajó la vista.

—Estás cantando las notas —continuó él—. Pero todavía no estás cantando lo que significan.

Ella apretó los labios.

—¿Qué te da rabia, Valeria?

No respondió.

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