El hombre que iba al bar para que alguien notara su ausencia

Pensé que nuestra historia había terminado allí: yo entrando cada mañana y Unai alegrándose de verme.

Pero tres meses después, llegué al bar a las siete y fui yo quien encontró una ausencia al otro lado del escaparate.

Era martes.

Los martes Unai abría siempre antes de las siete. Cuando yo doblaba la esquina, ya se veía la luz encendida y el vapor empañando los cristales.

Aquella mañana, la persiana estaba bajada.

Miré el reloj.

Las siete menos dos.

“Has llegado demasiado pronto”, me dije.

Esperé.

A las siete y diez llegaron dos mujeres que desayunaban juntas los martes. Tiraron de la puerta y miraron hacia el interior oscuro.

—Qué raro —dijo una.

Yo tenía el teléfono de Unai desde la gripe. Nunca lo había llamado.

A las siete y cuarto marqué su número.

Sonó seis veces.

Después saltó el buzón de voz.

Volví a intentarlo.

Nada.

Sentí el mismo frío en el estómago que había sentido al despertar sobre las baldosas de mi pasillo.

A las siete y veinte apareció una muchacha con una mochila colgada de un hombro. Sacó unas llaves y trató de abrir la persiana.

Las manos le temblaban tanto que no acertaba con la cerradura.

—¿Eres Irati? —pregunté.

Levantó la cabeza.

Yo nunca la había visto, pero Unai había hablado varias veces de su hija mayor.

—Sí.

—Soy Leandro. Vengo aquí todas las mañanas. ¿Dónde está tu padre?

Irati apretó los labios.

—En el hospital.

Me apoyé en la pared.

—¿Qué ha pasado?

—Se ha caído en casa esta madrugada. Mi hermano lo oyó desde su habitación. Está consciente, pero tienen que hacerle pruebas.

Volvió a intentarlo con la llave.

—Tengo que abrir. Mi padre dice que prepare cafés hasta que llegue mi tía.

—No vas a abrir nada.

—Pero él…

—Tu padre está en el hospital y tú no puedes ni sujetar las llaves.

Irati se quedó inmóvil.

Durante un instante pareció una niña mucho más pequeña.

Abrí la puerta y encendimos una luz. El bar estaba tal como Unai lo había dejado: las tazas alineadas, las servilletas dobladas y la radio vieja sobre la repisa.

Busqué un cartón y escribí:

“Cerrado por motivos familiares. Volvemos pronto.”

La letra me salió torcida.

Después llamé a Nerea.

—Papá, ¿te encuentras bien? —preguntó al segundo tono.

—Yo sí. Unai no.

No tuve que explicarle quién era.

Veinte minutos más tarde, mi hija estaba frente al bar con el abrigo puesto sobre la ropa de casa.

Llevó a Irati al hospital y me hizo subir al coche con ellas.

—No hace falta que vaya —dije.

—Llevas meses hablando de Unai como si fuera de la familia.

—Yo nunca he dicho eso.

Nerea me miró de lado.

—No con esas palabras.

Encontramos a Unai en una habitación de observación. Tenía una pequeña venda en la frente y la piel más pálida de lo normal.

Al vernos, intentó incorporarse.

—¿Qué hacéis aquí?

—Comprobar que no mientes —respondí.

—Estoy bien.

Me acerqué a la cama.

—Esa mentira me la conozco.

Irati soltó una risa breve, aunque tenía los ojos rojos.

Unai explicó que se había levantado de madrugada para beber agua. Sintió un mareo y cayó junto a la mesa de la cocina.

No se había roto nada.

Los médicos creían que el cansancio, la falta de sueño y una bajada de tensión habían tenido mucho que ver. Querían observarlo unas horas.

—¿Y el bar? —preguntó.

—Cerrado.

—Leandro, no puedo cerrar sin más.

—Hoy sí.

—La gente se irá a otro sitio.

—La gente puede sobrevivir una mañana sin café.

—Tú no.

—Yo tampoco he venido por el café.

Unai dejó caer la cabeza sobre la almohada.

Por primera vez desde que lo conocía, no tenía una respuesta preparada.

Le dieron el alta aquella tarde y le dijeron que descansara varios días.

Nerea lo llevó a su piso. Yo fui sentado atrás, sujetando una bolsa con sus cosas.

Unai vivía a quince minutos del bar, en un edificio sin ascensor.

Subió despacio, apoyándose en la barandilla.

—Mañana abro —dijo al llegar a su puerta.

—Mañana no bajas ni a tirar la basura.

—No empieces.

—Usted no vuelve al bar hasta que esté bien.

Unai reconoció sus propias palabras.

—Eso me lo dijiste cuando tuve gripe —añadí.

—Ya lo sé.

—Pues ahora te aguantas.

Antes de irnos abrí la nevera.

Había dos yogures, media tortilla y poco más.

No dije nada.

A la mañana siguiente regresé con una bolsa de tela.

Dentro llevaba un recipiente con caldo, una barra de pan, dos manzanas y un trozo de queso.

Nerea había preparado el caldo.

Cuando Unai abrió la puerta y vio la bolsa, se quedó mirándome.

—No hacía falta.

—Mi hija dice que con un susto así hay que tomar algo caliente.

—Eso lo decía mi madre.

—Parece que las madres se ponen de acuerdo.

Me dejó pasar.

Su casa tenía el aspecto de los lugares donde nadie permanece mucho tiempo. Había ropa limpia sobre una silla, dibujos de sus hijos en la nevera y facturas en una esquina.

En el salón solo vi una fotografía enmarcada.

Unai aparecía junto a un hombre mayor, delante de un río. Los dos sostenían cañas de pescar.

—¿Tu padre? —pregunté.

Asintió.

—La última vez que salimos juntos.

Calenté el caldo mientras él se sentaba a la mesa.

Después de varios minutos en silencio, habló.

—Cuando desperté en el suelo, pensé que me había pasado lo mismo que a él.

Dejé la cuchara.

—Pero tus hijos te encontraron.

—Sí.

—Y yo llegué al bar.

Unai me miró.

—¿Cuánto esperaste?

—Quince minutos.

—¿Solo quince?

—Me parecieron dos horas.

Bajó la vista.

Entonces comprendí algo que no había visto durante todos aquellos meses.

Unai estaba rodeado de gente casi todo el día. Escuchaba conversaciones, sabía quién pedía el café corto y quién quería la tostada sin tomate.

Pero eso no significaba que alguien supiera cómo estaba él.

—¿Duermes poco desde hace mucho? —pregunté.

—Desde que me separé. Cuando los niños están conmigo, intento hacerlo todo. Cuando no están, me quedo más horas en el bar.

—¿Por qué?

Se encogió de hombros.

—Porque en casa hay demasiado silencio.

Sonreí con tristeza.

—En eso también nos parecemos.

El bar permaneció cerrado cuatro días.

La segunda mañana alguien dejó una nota bajo la persiana:

“Que te mejores, Unai.”

La tercera apareció una bolsa con mandarinas.

La cuarta había tres mensajes pegados al cristal.

Uno decía:

“Sin prisa. Aquí seguimos.”

Les hice una foto y se la enseñé.

—Te dije que la gente no se iría.

—No sabía que se acordaban de mí.

—La gente se acuerda. Lo que pasa es que a veces no lo dice.

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