La voz de su tío sonó seria.
—Cuéntame todo, con nombres y horas.
Esa noche, Diego intentó reconstruir parte del aparato en el garaje.
Su madre, Teresa, lo miraba desde la puerta.
—Hijo, a veces pelear contra gente poderosa solo te deja heridas.
Diego no levantó la vista.
—Ya me dejaron una.
—¿Cuál?
Él sostuvo un sensor roto.
—Intentaron hacerme sentir pequeño.
Su madre guardó silencio.
—Y no solo a mí. Ese juez sabe que mi proyecto muestra algo incómodo. El juzgado está justo en una de las zonas con peor calidad de aire. Si mis datos se hacen públicos, alguien tendrá que explicar por qué se ignoraron tantas denuncias.
Teresa se cruzó de brazos.
—¿Crees que fue a propósito?
Diego conectó dos cables.
—No lo sé. Pero voy a averiguarlo.
A la mañana siguiente llegó al juzgado antes de que abrieran.
Llevaba copias de su invitación, registro de beca escolar, comprobante de materiales, carta de la doctora Rivas y un escrito que su tío le ayudó a preparar.
El juez Salcedo apareció a las ocho y cuarto.
Se detuvo al verlo.
—Vaya. Eres insistente.
—Buenos días, señor juez. Traigo documentación para solicitar la devolución inmediata de mi equipo.
El juez ni siquiera tomó los papeles.
—Entrégalo en ventanilla.
—Me informaron que mi equipo será enviado a destrucción esta mañana.
El juez lo miró con frialdad.
—No es mi departamento.
Intentó pasar.
Diego se movió un paso, sin tocarlo.
—Señor, he documentado todo. Si mi propiedad se destruye sin revisión ni comprobante, tendré que elevar la queja.
El juez se acercó.
—¿Me estás amenazando?
—No. Estoy ejerciendo mis derechos.
El rostro del juez se tensó.
—Escúchame bien, Diego Morales. Aquí no tienes poder. Yo decido lo que pasa en este juzgado.
Diego sostuvo la carpeta contra el pecho.
—El juzgado no es suyo. Es de la gente.
Por un segundo, el juez se quedó sin respuesta.
Luego llamó:
—Ortega.
El guardia apareció.
—Sí, señor juez.
—Este joven está causando problemas. Sácalo.
Diego habló con voz clara.
—Estoy en una zona pública con documentación legal.
El juez señaló la carpeta.
—Esos documentos pueden ser falsos. Confíscalos.
Ortega dudó.
—Señor…
—¿No me oyó?
Diego apretó la carpeta.
—Son copias certificadas.
El juez se inclinó hacia él.
—Te crees muy listo, ¿verdad? Crees que unas hojas te van a salvar. Pero aquí la gente como tú aprende tarde o temprano.
Antes de que Ortega pudiera moverse, una funcionaria salió apresurada.
—Juez Salcedo, tiene una llamada urgente.
—Luego.
—Insisten en que es ahora.
El juez miró a Diego con rabia contenida.
—Esto no termina aquí.
Entró al edificio.
Ortega quedó frente a Diego.
Ya no tenía la misma seguridad.
—Mira, chaval —dijo en voz baja—, mejor déjalo. A este hombre no le gusta que lo contradigan.
—¿Y a usted le gusta destruir el trabajo de un estudiante?
Ortega miró hacia la puerta.
—Tengo familia. Me faltan cuatro años para jubilarme.
—Yo también tengo familia. Y mi barrio también tiene niños que respiran ese aire.
El guardia no respondió.
Pero bajó la mirada.
A mediodía, Diego seguía sentado en una banca del pasillo.
Abogados, empleados y visitantes pasaban mirándolo con curiosidad. Algunos lo reconocían de la reunión del comité. Otros solo veían a un chico con una carpeta vieja y cara de no moverse.
Una mujer de unos cuarenta y tantos se detuvo frente a él.
—Llevas aquí desde temprano.
—Sí.
—¿Esperas audiencia?
—Espero que no destruyan mi propiedad.
Ella se sentó a su lado.
—Soy Laura Méndez. Trabajo como defensora pública. ¿Qué propiedad?
Diego le contó todo.
No exageró.
No lloró.
No insultó.
Dijo nombres, horas y hechos.
Laura escuchó sin interrumpir.
Cuando terminó, su expresión era grave.
—El juez Salcedo tiene fama.
—¿Fama de qué?
—De tratar distinto según quién tenga delante.
Diego no se sorprendió.
Laura revisó los papeles.
—Esto está bien armado. Vamos abajo.
Bajaron al área de objetos retenidos.
Un funcionario les cerró el paso.
—Sin autorización no pueden entrar.
—Este equipo pertenece a un estudiante y está en proceso de destrucción sin resolución formal —dijo Laura.
—Órdenes superiores.
A través de una pequeña ventana, Diego vio su caja.
Estaba sobre una mesa metálica.
Abierta.
Desarmada.
La memoria azul estaba junto a un martillo.
—Ahí está —dijo Diego—. Por favor, al menos la memoria.
El funcionario cerró la persiana de la ventana.
—Retírense.
Laura tomó aire.
—Necesitamos una orden urgente.
Al girarse, vieron al juez Salcedo salir del ascensor.
—Licenciada Méndez —dijo con una sonrisa venenosa—. ¿Ahora defiende proyectos escolares?
—Defiendo derechos, señor juez.
—Qué noble.
—Ese equipo no puede destruirse.
—Yo determiné que era un riesgo.
—¿Con base en qué peritaje?
—Con base en mi autoridad.
Laura dio un paso.
—Voy a presentar una solicitud de suspensión inmediata.
El juez se rió.
—Preséntela. Cuando alguien la lea, el aparato ya no existirá.
Diego sintió que la sangre se le iba de la cara.
—¿Por qué hace esto?
El juez lo miró como si por fin pudiera decir la verdad sin testigos importantes.
—Porque puedo. Y porque algunos necesitan aprender que no se entra aquí a señalar a los demás.
Laura tomó a Diego del brazo.
—No respondas.
Mientras los acompañaban hacia la salida, Diego alcanzó a ver al juez entrar al cuarto de objetos retenidos.
La puerta se cerró lentamente.
Antes de cerrarse del todo, vio al juez levantar el martillo.
—Lo va a romper él mismo —susurró Diego.
Laura apretó los labios.
—Entonces esto ya no es un error. Es personal.
En la acera, Laura hizo varias llamadas.
Nadie respondía.
Un juez auxiliar estaba en audiencia.
Otro no quería meterse.
Otro pidió que presentaran todo por escrito.
Diego caminaba de un lado a otro.
Entonces sonó su móvil.
Papá.
Contestó de inmediato.
—Papá, están destruyendo mi proyecto ahora mismo.
—Lo sé, hijo.
La voz de Roberto Morales sonó tranquila, pero más firme de lo normal.
—¿Estás con alguien?
—Con una defensora pública. Laura Méndez.
—Ponme en altavoz.
Diego obedeció.
Laura miró el móvil.
—Señor Morales, soy Laura Méndez. Su hijo está en una situación delicada.
—Licenciada, gracias por acompañarlo. Necesito que entren otra vez y pidan ver al juez Salcedo de inmediato.
Laura frunció el ceño.
—Ya lo intentamos. Seguridad no va a dejarnos pasar.
—Si se niegan, pídales que llamen a este número.
Roberto dictó una extensión oficial.
Laura la anotó.
—¿Quién es usted exactamente?
Hubo una pausa.
—El padre de Diego. Por ahora, eso basta.
Volvieron a entrar.
El guardia de seguridad los detuvo.
—Diego Morales tiene prohibido el acceso.
Laura mostró el número.
—Antes de impedirnos el paso, llame aquí.
El guardia dudó, pero marcó.
Su expresión cambió en menos de diez segundos.
—Sí, señor. Claro, señor. De inmediato.
Colgó y se hizo a un lado.
—Pueden pasar a los despachos del juez.
Diego miró a Laura.
—¿Qué acaba de pasar?
—Eso mismo quisiera saber yo.
Llegaron a la antesala del juez.
La secretaria intentó bloquearlos.
Laura repitió lo del número.
La secretaria desapareció dentro.
Volvió pálida.
—El juez los recibe.
Entraron.
El juez Salcedo estaba de pie detrás del escritorio.
El proyecto de Diego estaba delante de él.
Dañado, pero entero.
El martillo descansaba a un lado.
—Esto ya es acoso —dijo el juez—. He tomado una decisión.
Laura levantó el móvil.
—Tenemos instrucciones de llamar a este número si se niega a devolver la propiedad del joven Morales.
El juez soltó una risa.
—No me intimidan funcionarios de oficina.
Diego habló por primera vez.
—Entonces llame usted, señor juez.
La calma en su voz hizo que el juez se detuviera.
Tomó el teléfono con fastidio.
Marcó.
—Habla el juez Arturo Salcedo. ¿Con quién tengo el gusto?
Su rostro cambió.
Primero enojo.
Luego sorpresa.
Luego miedo.
—Sí… entiendo… No, no era mi intención… Sí, señor… Por supuesto.
Su mano tembló al devolver el móvil.
—La propiedad será entregada de inmediato.
Diego sostuvo su mirada.
—En el estado en que se encuentra, con la memoria y todos los datos.
—Sí.
—Y con un comprobante formal de retención y devolución.
El juez tragó saliva.
—Sí.
Laura lo observaba como si hubiera presenciado un milagro.
Mientras Diego guardaba las piezas con cuidado, su móvil volvió a sonar.
Su padre seguía en línea.
—¿Está resuelto, hijo?
—Sí, papá. Gracias.
—Bien. Ahora, por favor, pasa el teléfono al juez Salcedo.
Diego miró al juez.
—Mi padre quiere hablar con usted.
El juez tomó el móvil con una cara que ya no tenía nada de arrogancia.
—Habla el juez Salcedo.
La voz de Roberto Morales salió clara, serena y pesada.
—Juez Salcedo, le habla Roberto Morales, fiscal general del país. Mañana estaré en su juzgado a las nueve en punto para hablar sobre el trato dado a mi hijo y sobre ciertos patrones preocupantes en su sala. Le sugiero despejar su agenda.
El juez casi dejó caer el teléfono.
—Sí, señor fiscal general. Por supuesto.
Cuando devolvió el móvil, parecía diez años más viejo.
Laura no pudo evitar decir:
—Tu padre es el fiscal general.
Diego asintió.
—Desde el año pasado. En casa no hablamos mucho de eso.
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