Ejercicios controlados.
Meses después decidí llevarlo nuevamente a la sierra.
Elegí un sendero lejos del lugar donde lo encontré.
Al llegar a los primeros árboles, Hierro se detuvo.
Su cuerpo se tensó.
Me agaché.
—Podemos regresar.
Miró hacia adelante.
Esperé.
Dio un paso.
Después otro.
Nunca tuve que obligarlo.
Eso era importante.
Él podía elegir no entrar.
Quizá precisamente por eso decidió continuar.
Caminamos menos de un kilómetro aquel día.
Un mes después hicimos dos.
Con el tiempo, Hierro llegó a recorrer senderos que cansaban a perros con cuatro patas.
No era rápido.
Era cuidadoso.
Descansaba cuando lo necesitaba.
Y después continuaba.
Yo también necesitaba una nueva forma de trabajar.
Conocía la sierra.
Sabía interpretar huellas.
Podía reconocer rastros, madrigueras y caminos de animales.
Así que comencé a acompañar pequeños grupos de excursionistas.
El conocimiento que antes utilizaba para capturar animales empezó a servirme para enseñar a observarlos desde lejos.
Hierro venía conmigo en las rutas sencillas.
La gente lo adoraba.
Los niños caminaban imitando su ritmo.
Algunas personas mayores decían que verlo descansar sin vergüenza les recordaba que ellos también podían avanzar a su manera.
Pero Hierro nunca perdió todos sus miedos.
Los bastones metálicos que se ajustaban con un clic todavía podían hacerlo detenerse.
Algunos caminos estrechos cubiertos de hojas lo ponían nervioso.
La gente decía:
—Qué valiente.
Yo no estaba seguro de que valentía fuera la palabra correcta.
Hierro no había dejado de tener miedo.
Simplemente había aprendido a caminar con él.
Poco a poco comenzaron a invitarme a hablar en escuelas y reuniones comunitarias sobre lo ocurrido.
Nunca presentaba a quienes seguían usando trampas como personas malvadas.
Yo había sido uno de ellos.
Sabía que muchos habían aprendido lo mismo que yo.
Tradición.
Costumbre.
Reglas.
Normalidad.
Mi argumento era mucho más sencillo.
Ponía una fotografía de Hierro antes de la operación.
Después lo señalaba junto a mí.
—Yo no quería que esto ocurriera —decía—. Pero ocurrió.
En una de esas reuniones conocí a una asesora jurídica llamada Laura.
Me propuso participar en una mesa ciudadana que buscaba normas más estrictas para los mecanismos de gran fuerza utilizados cerca de senderos y zonas transitadas.
—No soy político —le dije.
—Precisamente por eso tu historia importa.
Al principio pedimos medidas pequeñas.
Más controles.
Mejor señalización.
Reportes obligatorios cuando un animal que no era el objetivo quedara atrapado.
Las propuestas no avanzaron.
Algunas autoridades consideraban que los accidentes eran demasiado poco frecuentes.
Eso nos hizo preguntarnos algo básico.
¿Cuántos había realmente?
Un pequeño grupo de veterinarios, vecinos, excursionistas y antiguos usuarios de trampas comenzó a recopilar casos documentados.
No buscábamos exagerar.
Queríamos comprobar.
Fotografías.
Informes veterinarios.
Testimonios.
Registros disponibles.
Aparecieron muchos más casos de los que esperábamos.
Perros.
Animales silvestres.
Mascotas que regresaron heridas.
Otras que nunca regresaron.
Fue entonces cuando entendí que una ausencia de estadísticas no significa necesariamente una ausencia de problemas.
Durante años asistimos a reuniones.
Algunas personas apoyaban cambios.
Otras temían que cualquier regulación terminara afectando actividades tradicionales realizadas de forma legal.
Escuchábamos ambas posiciones.
Yo no quería convertir aquello en una guerra entre ciudadanos.
Quería que nadie volviera a encontrar un perro como yo encontré a Hierro.
Hubo derrotas.
Muchas.
Una propuesta no salió adelante.
Después otra.
En una ocasión llegué a casa furioso después de una votación.
Lancé unos papeles sobre la mesa.
Hierro se asustó.
Intentó levantarse demasiado rápido y resbaló.
Mi enojo desapareció de inmediato.
Me arrodillé.
—Perdón.
Apoyó la cabeza contra mi pecho.
Volví a recordar su hocico sobre mi muñeca en la sierra.
Él había confiado en mí cuando yo todavía no merecía esa confianza.
Así que seguimos.
Durante el quinto año se presentó una propuesta más clara y limitada.
Buscaba prohibir ciertos cepos de acero de gran fuerza en zonas determinadas, mejorar los reportes y fomentar métodos que redujeran riesgos para animales que no eran el objetivo.
Esta vez incluso algunas personas con años de experiencia en actividades de campo apoyaron partes del cambio.
Esteban fue una de ellas.
Nuestra amistad había tardado mucho en recuperarse.
Él seguía saliendo a la sierra, pero había abandonado los cepos de acero después de encontrar un animal gravemente herido.
Nunca había hablado públicamente de eso.
Hasta entonces.
Frente a un grupo de funcionarios dijo:
—Durante años pensé que ser responsable significaba revisar una trampa. Ahora también creo que significa preguntarse si esa trampa debería estar ahí.
La propuesta avanzó.
Primero una comisión.
Después otra instancia.
Finalmente fue aprobada.
Laura me llamó mientras yo estaba guiando una pequeña caminata.
—Carlos.
—¿Qué pasó?
—Se aprobó.
No respondí.
Miré a Hierro.
Estaba a unos metros, olfateando unos helechos.
—¿Carlos?
Me agaché.
Hierro vino hacia mí con su extraño ritmo de tres apoyos.
Sujetando su cara entre mis manos, le dije:
—Lo conseguimos.
Él no entendió.
Claro que no.
Solo vio que yo estaba llorando.
Así que me lamió la barbilla.
Las personas del grupo empezaron a aplaudir.
Hierro movió la cola.
Para él, seguramente era simplemente otro día en la sierra.
Para mí era el final de un camino que había comenzado con un perro inmóvil debajo de un árbol.
Después mucha gente me preguntó cuántos animales salvaría aquella reforma.
Nunca tuve una respuesta.
¿Cómo se cuentan las tragedias que no ocurren?
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