Entró a limpiar una mansión y se quedó paralizada al descubrir quién era el hombre del retrato

Entró a limpiar una mansión y encontró el retrato del hombre que había desaparecido cinco años atrás: era el padre de su hija.

Mariana Solís dejó de mover el trapo en cuanto levantó la vista.

Frente a ella, colgado en la pared principal de aquella enorme casa de Puebla, estaba el rostro que había intentado sacar de su cabeza durante cinco años.

Sintió que las piernas se le aflojaban.

—No puede ser… —murmuró.

El hombre del retrato tenía el mismo cabello oscuro, la misma mirada tranquila y aquella pequeña línea junto a la ceja izquierda que Mariana conocía demasiado bien.

Era Alejandro.

El padre de su hija.

El hombre que una mañana le había prometido que regresaría y después había desaparecido sin dejar una sola explicación.

Mariana miró hacia el pasillo para asegurarse de que nadie la estuviera observando.

Era su primer día trabajando allí.

No podía ponerse a llorar.

No podía hacer preguntas.

Ni siquiera podía darse el lujo de perder ese empleo.

Su hija Sofía, de cinco años, llevaba meses entrando y saliendo de consultas médicas por un problema que necesitaba tratamiento constante. Mariana había gastado sus ahorros, vendido algunas cosas y aceptado todos los trabajos que encontraba.

Limpiaba casas.

Cocinaba por encargo.

Planchaba ropa de otras familias.

Pero nunca alcanzaba.

Cuando una conocida le habló de una familia que buscaba a alguien para ayudar con la limpieza de una residencia grande a las afueras de Puebla, Mariana aceptó sin pensarlo demasiado.

El sueldo era mejor que cualquiera de sus otros trabajos.

También incluía comidas durante su jornada.

Para ella, aquello significaba poder respirar un poco.

Hasta que vio el retrato.

Debajo del marco había una pequeña placa.

Alejandro Valdés.

Mariana sintió un golpe en el pecho.

Valdés.

Él nunca le había dicho ese apellido.

Durante los meses que estuvieron juntos se había presentado simplemente como Alejandro Reyes.

Un hombre que, según decía, viajaba mucho por asuntos familiares y necesitaba alejarse un tiempo del ruido de la ciudad.

Ella le creyó.

¿Por qué no iba a creerle?

Cinco años atrás, Mariana tenía veintisiete años y vivía con su madre en Atlixco. Trabajaba desde muy temprano en una pequeña panadería del centro y llevaba una vida sencilla.

No tenía grandes planes.

Quería ahorrar, alquilar algún día un pequeño local propio y quizá formar una familia.

Alejandro apareció una mañana como cualquier cliente.

Pidió café y un pan recién hecho.

Volvió al día siguiente.

Y al siguiente.

Al principio apenas hablaban.

Después empezó a quedarse unos minutos más junto al mostrador.

Le preguntaba por las recetas.

Por el barrio.

Por los lugares tranquilos donde podía comer algo sencillo.

Mariana descubrió que era un hombre educado, pero extraño.

Vestía bien, aunque evitaba hablar de dinero.

Tenía un automóvil discreto y nunca decía exactamente a qué se dedicaba.

—Mi familia tiene negocios —respondía cuando ella preguntaba—. Pero vine para descansar de todo eso.

Mariana no insistió.

Él parecía más interesado en escucharla a ella.

Eso fue lo que la hizo confiar.

Alejandro sabía el nombre de la señora que vendía flores cerca de la plaza, ayudaba a cargar cajas en la panadería y algunas tardes esperaba a que Mariana terminara su turno para caminar con ella.

No parecía alguien que tuviera prisa.

Tampoco parecía un hombre jugando con sus sentimientos.

Después de varias semanas, comenzaron a salir.

Luego fueron meses.

Mariana llegó a conocer cada gesto suyo.

Sabía que se tocaba la barbilla cuando estaba preocupado.

Que no soportaba el café demasiado dulce.

Que guardaba monedas sueltas en el bolsillo derecho.

Que cuando algo realmente le hacía gracia cerraba los ojos al reír.

Por primera vez, ella pensó que quizá la vida le estaba dando algo bueno sin pedirle nada a cambio.

Hasta que descubrió que estaba embarazada.

Mariana todavía recordaba aquella tarde.

Alejandro estaba sentado frente a ella cuando le mostró el resultado de la prueba.

Él no sonrió.

Se quedó completamente pálido.

Mariana sintió miedo.

—¿No quieres tenerlo?

Alejandro levantó la cabeza inmediatamente.

—No digas eso.

Se acercó y tomó sus manos.

—Claro que sí.

Pero algo había cambiado en su rostro.

Parecía preocupado.

No por el bebé.

Por otra cosa.

—Tengo que resolver un asunto con mi familia —le dijo—. Algo que llevo meses evitando.

Mariana preguntó qué clase de asunto.

Alejandro no respondió con claridad.

Solo aseguró que debía viajar unos días.

—Cuando vuelva, hablaremos de todo. De nosotros. Del bebé. De lo que vamos a hacer.

La abrazó.

Besó su frente.

Y antes de marcharse le hizo una promesa que Mariana repetiría cientos de veces durante los años siguientes.

—Voy a volver.

Pero nunca regresó.

Los primeros dos días Mariana no se preocupó.

Al cuarto, comenzó a llamar.

El teléfono dejó de funcionar.

Esperó una semana.

Después dos.

Preguntó en los pocos lugares donde sabía que Alejandro había estado.

Nadie sabía nada.

La dirección que él le había dado en la ciudad resultó ser temporal.

No había familia a la que llamar.

No había amigos que ella conociera.

Alejandro se había desvanecido.

Mariana pasó del miedo a la preocupación.

De la preocupación al enojo.

Y del enojo a una tristeza que terminó convirtiéndose en resentimiento.

Durante el embarazo dejó de esperarlo.

O al menos eso se repetía.

Cuando nació Sofía, Mariana lloró al verla porque la niña tenía los mismos ojos de Alejandro.

Su madre la ayudó cuanto pudo.

Pero dos años después falleció tras una enfermedad breve.

Desde entonces, Mariana y Sofía habían sido prácticamente una familia de dos.

Cada cumpleaños de la niña traía la misma pregunta.

—Mamá, ¿cómo era mi papá?

Mariana nunca habló mal de él.

No quería poner su dolor sobre los hombros de una niña.

Decía que era amable.

Que se reía fuerte.

Que le gustaba caminar.

Pero por dentro pensaba otra cosa.

Nos dejó.

Eso era lo que había terminado creyendo.

Hasta aquel primer día en la casa de los Valdés.

Mariana volvió a mirar el retrato.

Alejandro estaba vestido con un traje oscuro.

No parecía el joven sencillo que se sentaba junto al mostrador de la panadería.

Parecía pertenecer a otro mundo.

A uno del que nunca le había hablado.

—Mariana.

La voz detrás de ella la sobresaltó.

Se giró rápidamente.

Doña Teresa Valdés estaba al otro lado del pasillo.

Era una mujer de sesenta y nueve años, delgada, siempre arreglada con discreción y con una forma de hablar que hacía que todos prestaran atención sin necesidad de levantar la voz.

Mariana había hablado con ella durante la entrevista.

Doña Teresa era la dueña de la casa.

Vivía allí con una empleada que la acompañaba desde hacía muchos años y recibía visitas ocasionales de familiares.

Desde la muerte de su esposo, administraba su vida con una rutina casi exacta.

—¿Todo bien? —preguntó.

Mariana apretó el trapo entre los dedos.

—Sí, señora. Solo estaba viendo por dónde empezar.

Teresa miró el retrato.

Por un instante, algo cambió en su expresión.

Pero no dijo nada.

—Puedes comenzar por el comedor y después pasar a la biblioteca.

—Sí, señora.

Mariana bajó la mirada.

Trabajó el resto del día sin volver a detenerse frente al cuadro.

Al llegar a casa abrazó a Sofía durante más tiempo de lo normal.

La niña estaba sentada en la mesa haciendo dibujos.

—Mamá, me vas a despeinar.

Mariana sonrió.

—Perdón.

Sofía levantó el rostro.

Y Mariana volvió a ver aquellos ojos.

Los mismos.

Durante aquella noche apenas pudo dormir.

Tenía demasiadas preguntas.

¿Alejandro estaba casado?

¿Había inventado toda su vida?

¿Seguía viviendo en Puebla?

¿Por qué su retrato estaba colocado en un lugar tan importante?

Pensó en renunciar.

Después recordó la próxima consulta de Sofía.

No podía hacerlo.

Así que regresó al día siguiente.

Y al siguiente.

La casa comenzó a resultarle menos intimidante, pero el retrato seguía allí.

Mariana aprendió a pasar junto a él sin mirar directamente.

Limpiaba los muebles.

Pulía las mesas.

Ordenaba libros.

Ayudaba algunas veces en la cocina.

Doña Teresa era exigente, aunque nunca grosera.

Trataba a Mariana con distancia, pero también con respeto.

Una tarde incluso le permitió salir antes cuando Mariana explicó que debía llevar a Sofía a una revisión.

—La familia es primero —respondió Teresa.

Aquella frase hizo que Mariana sintiera un nudo extraño en la garganta.

Si supiera.

Después de cuatro días, la curiosidad empezó a pesar más que el miedo.

Mariana observó otros retratos.

Había fotografías antiguas de un matrimonio joven.

Niños en uniformes escolares.

Reuniones familiares.

Celebraciones.

Alejandro aparecía en varias.

En una imagen tendría unos diez años.

En otra estaba junto a Doña Teresa durante una ceremonia escolar.

En una fotografía más reciente tenía exactamente el aspecto que Mariana recordaba.

No quedaba ninguna duda.

Doña Teresa era su madre.

El viernes por la tarde, Teresa llamó a Mariana desde el vestíbulo.

—Cuando termines ahí, ¿podrías limpiar estos marcos? Hace tiempo que nadie los revisa bien.

Mariana sintió que se le secaba la boca.

Había cinco retratos.

El de Alejandro era el tercero.

—Claro.

Comenzó por el primero.

Después el segundo.

Cuando llegó al cuadro de Alejandro, sus manos empezaron a temblar.

Intentó controlarse.

Pasó con cuidado el paño por el marco.

Entonces escuchó la voz de Teresa detrás.

—Era un buen muchacho.

Mariana dejó de respirar durante un instante.

Doña Teresa se había acercado en silencio.

Miraba el retrato de Alejandro.

—Mi hijo —añadió.

Mariana no respondió.

Teresa sonrió con tristeza.

—Tenía defectos, como todos. Era muy terco. Siempre quería resolver sus problemas solo.

Mariana sintió que sus ojos comenzaban a llenarse de lágrimas.

Teresa siguió hablando sin verla.

—Murió hace cinco años.

El trapo cayó al suelo.

Mariana giró lentamente.

—¿Qué dijo?

Teresa frunció el ceño.

—Mi hijo. Alejandro. Falleció hace cinco años.

Mariana tuvo que sujetarse del borde de una mesa.

—¿Cómo?

—Un accidente en carretera.

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