Por primera vez, Alejandro casi sonrió.
—Puedo contratar a otra persona para la limpieza.
Miró otra vez hacia la sala.
—Quiero que pases tiempo con Mateo.
Mariana no respondió inmediatamente.
—No hablo de reemplazar a nadie —aclaró Alejandro—. Seguirá teniendo el acompañamiento que ya tiene. Pero necesita algo cotidiano. Rutina. Juego. Alguien que sepa escuchar sin llenar todos los silencios.
Su voz volvió a quebrarse.
—Alguien que haga sonreír su comida.
Mariana sintió que algo se movía dentro de ella.
Durante meses había escrito páginas y páginas sobre desarrollo infantil.
Había leído estudios.
Había preparado proyectos.
Había imaginado cómo sería algún día trabajar de verdad con niños.
Y ahora tenía frente a ella a un niño que, unas horas antes, apenas la miraba.
—Tengo que terminar mi tesis.
—Podemos organizar los horarios.
—También tengo que hablar con Sofía.
—Por supuesto.
Alejandro asintió.
—Piénsalo.
Después sacó dinero para pagarle el día.
Mariana contó rápidamente los billetes.
—Esto es demasiado.
—No.
—Sí, lo es.
Alejandro negó con la cabeza.
—Hoy escuché a mi hijo decir una frase que pensé que quizá tardaría mucho más en escuchar.
Mariana separó una parte del dinero.
—Entonces pague lo justo por el trabajo que hice. Lo demás no.
Alejandro la observó durante unos segundos.
Finalmente aceptó.
Cuando Mariana se dirigía hacia la puerta, escuchó pasos pequeños detrás de ella.
Mateo apareció abrazando a Trompitas.
—¿Vas a volver?
La pregunta la dejó inmóvil.
Mariana se agachó hasta quedar a su altura.
—¿Quieres que vuelva?
Mateo asintió rápidamente.
Mariana miró a Alejandro.
Luego volvió a mirar al niño.
La decisión pareció llegar a su corazón antes que a su cabeza.
—Sí. Volveré.
Mateo la abrazó.
Fue un abrazo corto.
Torpe.
Pero Alejandro tuvo que mirar hacia otro lado.
Aquella noche, Mariana llamó a Sofía.
Le contó todo.
Su hermana permaneció varios segundos en silencio.
—¿Mateo habló contigo?
—Sí.
—Mariana…
—No empieces.
—No estoy diciendo nada.
—Te conozco.
Sofía soltó una pequeña risa.
—Solo digo que llevas años diciendo que quieres ayudar a niños que están pasando por algo difícil.
Mariana miró los apuntes de su tesis sobre el escritorio.
—Esto no estaba en mis planes.
—Las cosas importantes pocas veces preguntan por tus planes.
Mariana sonrió.
—Eso ha sonado demasiado profundo para alguien que lleva todo el día enferma.
—La fiebre me vuelve sabia.
Mariana se rio por primera vez desde que había salido de casa de los Ferrer.
Tres días después regresó.
Alejandro contrató a otra persona para las tareas domésticas.
La función de Mariana quedó muy clara desde el principio: acompañar a Mateo durante algunas horas, jugar con él, ayudarlo con rutinas y crear un ambiente tranquilo, siempre respetando el trabajo profesional que el niño ya recibía.
Al principio Mateo solo hablaba mucho cuando estaba con ella.
Luego empezó a hablar más con su padre.
Después comenzó a responder algunas preguntas de otras personas cercanas.
No ocurrió de golpe.
Hubo días silenciosos.
Días difíciles.
Días en los que Mateo no quería leer ni jugar.
Mariana nunca convirtió un mal día en un fracaso.
—Hoy podemos estar callados —le decía.
Y se sentaba a su lado a dibujar.
A veces Mateo terminaba acercando su hoja.
En una dibujó tres personas.
Una pequeña.
Una alta.
Y otra con cabello largo.
Encima había una figura más pequeña rodeada por estrellas.
Mariana no preguntó quién era.
Mateo se lo dijo por sí mismo.
—Es mi mamá.
Mariana dejó el color que tenía en la mano.
—Entiendo.
Mateo señaló a las otras figuras.
—Papá.
Luego a sí mismo.
—Yo.
Finalmente señaló a Mariana.
—Tú.
Ella respiró despacio.
—Gracias por ponerme en tu dibujo.
Mateo continuó coloreando.
—Trompitas también está.
Mariana miró mejor.
En una esquina había una figura gris con cuatro patas desiguales.
—Perdón, Trompitas. No te había visto.
Mateo se rio.
Las semanas se convirtieron en meses.
Algo más comenzó a cambiar.
Alejandro empezó a llegar antes a casa.
Al principio decía que había terminado temprano.
Después dejó de buscar excusas.
Simplemente entraba en la sala, se sentaba en el piso y preguntaba:
—¿Qué estamos haciendo?
Mariana le enseñó uno de los juegos que Mateo disfrutaba.
Mateo le enseñó otro.
Las primeras veces Alejandro parecía incómodo.
Como si hubiera olvidado cómo jugar.
Había pasado dos años concentrado en mantener todo funcionando: la casa, el trabajo, las cuentas, las citas, las rutinas de su hijo.
Había confundido estar presente físicamente con estar realmente presente.
Poco a poco comenzó a entender la diferencia.
Una tarde, Mariana encontró a padre e hijo construyendo una estación de cartón.
Alejandro tenía pegamento en un dedo.
Mateo estaba riéndose de él.
—¿Qué pasó aquí?
—Papá no sabe hacer techos —dijo Mateo.
Alejandro levantó las manos.
—En mi defensa, nadie me explicó que el arquitecto tenía cinco años y era extremadamente exigente.
Mariana se rio.
Y Alejandro la miró.
Fue una mirada distinta.
No larga.
No incómoda.
Solo distinta.
Mariana también empezó a verlo de otra manera.
Ya no veía al hombre serio que había abierto la puerta aquel primer día.
Veía a un padre cansado que había pasado dos años intentando proteger a su hijo mientras él mismo seguía roto por dentro.
Veía cómo guardaba todos los dibujos de Mateo.
Cómo aprendía las canciones que el niño cantaba.
Cómo dejaba el teléfono en otra habitación durante la cena.
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