Fui a conocer a la “loca de los perros”, pero lo que llevaba en brazos me dejó sin palabras

Fui a entrevistar a la “loca de los perros” del barrio, pero lo que vi en su puerta me dejó sin preguntas.

Llegué a una casa al sur de Guadalajara poco después de las seis de la mañana. Mi trabajo parecía sencillo: escribir unas cuatrocientas palabras sobre Teresa, la mujer a la que varios vecinos conocían como “la loca de los perros”.

Nunca hice una sola pregunta de mi lista.

Porque cuando bajé del auto, Teresa estaba cargando un perro muerto.

Era un pit bull viejo, atigrado, con el hocico completamente gris y un ojo ciego. Lo llevaba envuelto en una colcha gastada y caminaba despacio hacia un limonero del patio.

No estaba llorando.

Eso ocurrió después.

Lo que me detuvo no fue Teresa.

Fueron los otros perros.

Tenía trece más.

Todos eran pit bulls viejos. Uno tenía tres patas. Otro llevaba tantas cicatrices en la cara que en algunas zonas ya no le crecía pelo. Varios caminaban con dificultad y casi todos tenían el hocico cubierto de canas.

Cuando Teresa salió cargando a Bruno, los trece estaban alineados cerca de la cerca del patio.

Ninguno ladró.

Ninguno corrió hacia ella.

Ninguno intentó acercarse al cuerpo.

Simplemente miraron.

Separados unos de otros, con las cabezas bajas y un silencio extraño, como si aquello fuera algo que ya conocían.

Como si incluso para despedirse tuvieran una rutina.

Teresa tenía cincuenta y siete años. Llevaba una camisa de franela demasiado grande, unos zapatos de jardín de plástico y el cabello todavía sin peinar.

Dejó a Bruno bajo el limonero, levantó la mirada durante un segundo y dijo una sola palabra.

—Bien.

Luego entró en la casa y preparó trece platos de comida.

Yo la seguí porque, sinceramente, no sabía qué otra cosa hacer.

La cocina olía a café, desinfectante y perro viejo. Sobre una repisa había frascos de medicamentos. Más tarde conté diecinueve.

Cada uno tenía un pedazo de cinta adhesiva con un nombre escrito a mano.

Teresa escondía pastillas dentro de pequeñas cucharadas de comida húmeda sin mirar siquiera lo que hacía.

Lo hacía con la naturalidad de quien se abrocha los zapatos.

Fue entonces cuando empecé a entender qué clase de perros vivían allí.

Los catorce habían sido devueltos alguna vez.

Todos.

Una familia los adoptaba y, meses o años después, regresaban.

Algunos habían sido adoptados dos veces. Otros, tres.

Demasiado viejos.

Demasiado enfermos.

Llora por las noches.

Ya no puede subir escaleras.

Se pone nervioso en la consulta veterinaria.

Necesita demasiados cuidados.

No era lo que esperábamos.

Catorce perros a los que alguien había elegido y después había regresado.

Una y otra vez.

Y Teresa había decidido convertirse en el lugar donde finalmente terminaba esa cadena.

Le pregunté cómo podía vivir así sin derrumbarse.

La pregunta salió peor de lo que quería.

Teresa ni siquiera dejó de repartir comida.

—Bruno no era mío para conservarlo para siempre —dijo—. Era mío para ser la última persona que lo conservara.

No tenía mi libreta cerca.

Así que escribí aquella frase en el dorso de mi mano.

Pero había otra cosa que no lograba quitarme de la cabeza.

Algo que había visto apenas entré.

Todas las noches, los perros dormían en el mismo sitio.

Podían tener camas cómodas en otros cuartos. Teresa incluso les había preparado rincones con cobijas para los que sufrían de las articulaciones.

No importaba.

Al caer la noche, arrastraban sus camas hacia el pasillo.

Incluso los más viejos.

Incluso el de tres patas.

Y terminaban acostados formando una fila frente a la puerta principal, mirando hacia ella.

Trece perros distintos, después de la muerte de Bruno.

Catorce historias diferentes antes de esa mañana.

Todos terminaban apuntando hacia la misma puerta como agujas de una brújula.

Teresa intentó bromear.

—Parece que están esperando que llegue la cena.

Sonrió.

Pero vi su cara.

Ella también llevaba años preguntándose por qué lo hacían.

Cuando le pregunté si había encontrado una explicación, limpió la mesa durante varios segundos antes de responder.

Entonces me contó quién había sido antes de llenar su casa de perros viejos.

Teresa había trabajado veintiséis años cuidando pacientes al final de sus vidas.

Casi siempre hacía turnos nocturnos en un pequeño centro de cuidados paliativos de Guadalajara. Pasó años sentándose junto a personas que estaban viviendo sus últimas horas, especialmente cuando no había familiares que pudieran acompañarlas.

Se retiró antes de lo previsto.

Nunca me explicó exactamente por qué.

Después de veintiséis años viendo despedidas, supuse que hay cosas que el cuerpo termina guardando aunque uno no quiera.

Su esposo, Arturo, murió en 2019.

Fue rápido.

Teresa me lo contó mientras una perra vieja y robusta llamada Canela apoyaba todo el peso de su cuerpo contra sus piernas.

Sin interrumpir la conversación, Teresa bajó una mano y comenzó a acariciarle la cabeza.

El primer perro que adoptó después de perder a Arturo se llamaba Mateo.

Tenía doce años, era sordo y ya había sido devuelto tres veces.

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