Mi padre moría en cuidados paliativos y pidió abrazar a su viejo perro; una semana después ocurrió lo impensable

Mi padre pidió que pusieran a su viejo perro sobre su pecho antes de morir. Lo que ocurrió una semana después nos dejó sin palabras.

—A Diésel… súbanlo aquí.

Esas fueron casi las últimas palabras que mi padre logró decir.

Yo estaba junto a su cama, en una pequeña unidad de cuidados paliativos en las afueras de León, Guanajuato. Mi hermana Lucía estaba sentada al otro lado. En una esquina de la habitación descansaba la vieja motocicleta de mi padre.

Y en el suelo, junto a la cama, estaba Diésel.

Un pitbull de catorce años, de hocico gris, patas cansadas y ojos que no se apartaban de mi padre.

Me llamo Javier Carrillo. Tengo 51 años.

El hombre acostado en aquella cama era mi padre, Ernesto Carrillo. Tenía 75 años y llevaba medio siglo viviendo con las manos manchadas de grasa, el sonido de los motores y una motocicleta siempre cerca.

Pero aquella noche no pidió ver la moto.

Pidió al perro.

Para entender por qué, tengo que contar quién era mi padre.

Ernesto nunca fue un hombre de muchas palabras.

Era delgado, de barba gris, manos ásperas y una mirada que podía hacer que cualquiera se enderezara en la silla. Había trabajado durante décadas en talleres, construcción y mantenimiento de carreteras.

También había criado prácticamente solo a dos hijos.

Mi madre se marchó cuando yo era pequeño. Mi padre nunca hablaba mal de ella. Simplemente siguió adelante.

Preparaba el desayuno, trabajaba todo el día, regresaba cansado y todavía encontraba tiempo para revisar nuestras tareas o arreglar algo de la casa.

No abrazaba mucho.

No decía “te quiero” cada cinco minutos.

Pero si tu coche se detenía a las tres de la mañana, Ernesto aparecía antes de que terminaras de explicarle dónde estabas.

Esa era su manera de querer.

Y estaban las motocicletas.

Mi padre compró su primera moto cuando tenía poco más de veinte años.

Después vinieron otras, pero hubo una que se quedó con él durante más de cuarenta años: una motocicleta grande de los años setenta que había desmontado, reparado y vuelto a montar tantas veces que yo sentía que conocía cada tornillo.

Durante mi infancia, aquella moto estaba siempre en el garaje.

Los domingos yo podía encontrar a mi padre sentado frente a ella, con una taza de café cerca y alguna pieza entre los dedos.

Con el tiempo empezó a salir con un pequeño grupo de motociclistas de la zona.

No eran hombres jóvenes buscando problemas.

Eran mecánicos, obreros, conductores, comerciantes y jubilados que disfrutaban de recorrer carreteras juntos. Con los años envejecieron como envejecen todos: menos cabello, más canas, gafas para leer y rodillas que protestaban al levantarse.

Pero seguían reuniéndose.

Mi padre decía que algunas amistades no necesitaban conversación.

Solo necesitaban carretera.

Entonces, tres años antes de morir, apareció Diésel.

Mi padre tenía 72 años cuando fue a un refugio de animales.

Hasta hoy no sé exactamente qué lo llevó allí.

Regresó unas horas después con un pitbull viejo sentado en el asiento trasero de su camioneta.

El perro tenía unos once años.

Nadie parecía interesado en adoptarlo.

Era grande, tenía el hocico ya blanquecino y caminaba con cierta rigidez.

—¿En serio te llevaste al más viejo? —le pregunté.

Mi padre miró al perro.

—Nadie lo quería.

Luego se encogió de hombros.

—Tenemos más o menos el mismo kilometraje.

Así llegó Diésel a nuestra familia.

Y desde aquel día, mi padre y él parecieron entenderse sin esfuerzo.

Diésel dormía a los pies de su cama.

Lo esperaba junto a la puerta del taller.

Si mi padre se sentaba a tomar café, el perro se tumbaba debajo de su silla.

Si iba al patio, Diésel iba al patio.

Si caminaba hasta la tienda de la esquina, Diésel quería acompañarlo.

Hasta consiguió adaptar un pequeño asiento lateral a su vieja motocicleta para llevarlo en algunos recorridos tranquilos.

La primera vez que vi a mi padre avanzar despacio con aquel perro viejo a su lado, me eché a reír.

Mi padre no.

Para él era completamente lógico.

—¿Dónde más quieres que vaya? —dijo.

Diésel comenzó incluso a acompañarlo cuando se reunía con sus amigos motociclistas.

Y aquellos hombres terminaron tratándolo como a uno más.

Siempre había alguien llevando agua para el perro.

Alguien guardaba un pedazo de comida.

Alguien se agachaba a rascarle la cabeza.

Durante tres años fueron inseparables.

Entonces mi padre enfermó.

No voy a entrar en detalles médicos.

Solo diré que todo avanzó mucho más rápido de lo que cualquiera de nosotros esperaba.

Primero dejó de hacer recorridos largos.

Después dejó de conducir.

Luego dejó de trabajar en su garaje.

Y finalmente llegó el momento en que los médicos nos dijeron que ya no estaban intentando curarlo.

Solo querían mantenerlo cómodo.

Ingresó en cuidados paliativos.

Mi padre aceptó aquello con la misma tranquilidad con la que había aceptado casi todo en la vida.

Nunca escuché una queja.

Pero sí hubo algo que mencionó más de una vez.

Su motocicleta.

—Me gustaría verla una vez más —dijo.

No quería conducirla.

Sabía perfectamente que no podía.

Solo quería verla.

Cuando se lo conté a sus compañeros de ruta, ninguno dudó.

Hablamos con el personal de la unidad. Después de revisar cómo hacerlo sin molestar a otros pacientes ni interferir con el trabajo médico, nos dieron permiso.

Y una tarde ocurrió algo que todavía puedo ver con claridad.

Cinco hombres de barba gris empujaron cuidadosamente la vieja motocicleta de mi padre por un acceso amplio hasta su habitación.

Despacio.

En silencio.

Como si transportaran algo frágil.

La colocaron en una esquina, donde mi padre pudiera verla desde la cama.

Cuando la descubrió, no dijo nada.

Solo giró lentamente la cabeza.

La miró durante mucho tiempo.

Después apareció una pequeña sonrisa.

Era apenas una curva en la comisura de sus labios.

Pero yo conocía a mi padre.

Aquella sonrisa decía cuarenta años de cosas.

Yo podía imaginarme al joven Ernesto recorriendo carreteras.

Al padre que llegaba del trabajo.

Al hombre reparando motores durante los fines de semana.

Al viejo que todavía se negaba a vender aquella máquina porque, según él, “todavía tenía camino”.

La moto permaneció allí durante sus últimos días.

Y Diésel también.

El personal permitió que el perro pasara tiempo junto a él mientras la situación lo hacía posible.

Diésel se tumbaba en el suelo, pegado a la cama.

Casi no se movía.

Parecía saber que algo había cambiado.

La última tarde, una enfermera habló conmigo y con Lucía.

No necesitó decir demasiado.

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