Nos explicó que probablemente faltaba poco.
Nos quedamos aquella noche.
Mi padre casi no hablaba ya.
Abría los ojos de vez en cuando, miraba alrededor y volvía a cerrarlos.
Lucía le sostenía una mano.
Yo estaba sentado cerca de sus pies.
Diésel permanecía en el mismo lugar del suelo.
Entonces, avanzada la noche, mi padre abrió los ojos.
Me miró.
Movió apenas los labios.
Me acerqué.
—¿Qué necesitas, papá?
Respiró despacio.
Luego dijo:
—A Diésel… súbanlo aquí.
Miré al perro.
Después miré los tubos y el equipo alrededor de la cama.
Mi padre estaba tan débil que durante un instante dudé.
La enfermera que estaba con nosotros me observó.
No dijo nada.
Solo hizo un pequeño gesto con la cabeza.
Como diciendo: hazlo.
Me agaché.
Diésel ya era un perro pesado y viejo. Sus caderas estaban rígidas y no podía saltar a la cama.
Pasé los brazos por debajo de su cuerpo y lo levanté con cuidado.
Lo puse junto a mi padre.
Diésel tardó unos segundos en acomodarse.
Luego hizo algo que ninguno de nosotros le indicó.
Avanzó lentamente.
Se tumbó a lo largo del cuerpo de mi padre y apoyó la cabeza justo debajo de su barbilla.
Mi padre levantó una mano.
Aquella mano que durante décadas había sujetado herramientas, arreglado motores y trabajado hasta quedar llena de pequeñas cicatrices.
La apoyó sobre la espalda del perro.
Y soltó un suspiro.
Nunca olvidaré su cara en ese momento.
Llevaba meses viendo a mi padre enfermo.
Cansado.
Con dolor.
Preocupado por nosotros aunque ya apenas tuviera fuerzas para hablar.
Pero aquella noche, con Diésel sobre el pecho y su motocicleta en la esquina, su rostro parecía tranquilo.
Completamente tranquilo.
Mi padre murió aproximadamente media hora después.
No hubo una última frase.
No hubo una despedida dramática.
Su respiración simplemente se hizo más lenta.
Hasta que se detuvo.
Su mano seguía apoyada sobre Diésel.
Y Diésel no se movió.
La enfermera comprobó lo que todos sabíamos.
Lucía comenzó a llorar.
Yo la abracé.
Nos sentamos durante un rato sin saber exactamente qué hacer con nosotros mismos.
El perro continuaba sobre mi padre.
Al principio pensé que se había quedado dormido.
No era así.
Tenía los ojos abiertos.
No lloraba.
No ladraba.
No parecía nervioso.
Simplemente permanecía allí.
Después de un rato me acerqué para bajarlo.
La enfermera puso suavemente una mano sobre mi brazo.
—Puede quedarse un poco más —me dijo—. No hay prisa.
Así que lo dejamos.
Pasó una hora.
Luego otra.
Diésel seguía en el mismo lugar, con la cabeza junto al cuello de mi padre.
A veces levantaba ligeramente los ojos.
Después volvía a quedarse quieto.
Fueron casi cuatro horas.
Cuatro horas en aquella habitación con la motocicleta en una esquina, mi padre ya sin vida en la cama y un perro viejo negándose a alejarse.
No sé qué entendía Diésel.
Nunca voy a fingir que sé lo que piensa un animal.
Pero sé lo que vi.
Vi a un perro permanecer junto al hombre al que había seguido durante tres años.
Y nadie quiso interrumpir aquello.
Finalmente llegó mi hijo Diego.
Tenía veintitantos años y había crecido viendo a su abuelo con Diésel.
Se acercó a la cama.
Acarició al perro.
Luego lo levantó entre sus brazos.
Diésel no se resistió.
Apoyó la cabeza en el hombro de Diego y permitió que lo sacara de la habitación.
Yo creí que aquella había sido la parte más difícil.
Me equivocaba.
Nos llevamos a Diésel a mi casa.
Conocía el lugar.
Había estado allí muchas veces.
Tenía una cama cómoda, comida, agua y una familia entera dispuesta a cuidarlo.
Pensamos que estaría triste.
Era lógico.
Había perdido a su persona.
Esperábamos que con los días recuperara sus rutinas.
Pero Diésel empezó a apagarse.
Primero comía menos.
Después apenas probaba la comida.
Dormía durante horas.
Se levantaba, caminaba lentamente hasta la puerta y se quedaba mirando hacia afuera.
Como si esperara escuchar un motor conocido.
Lo llevamos al veterinario.
Lo revisaron.
Era un perro muy anciano y su cuerpo ya estaba debilitado, pero no había una nueva enfermedad concreta que explicara por sí sola aquel cambio tan rápido.
Nos aseguraron que no parecía estar sufriendo.
Lo mantuvimos acompañado.
Una noche, exactamente una semana después de la muerte de mi padre, Diésel se quedó dormido en su cama.
Y no despertó.
Cuando lo encontré por la mañana, me senté en el suelo junto a él.
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