Había enterrado a mi padre siete días antes.
Ahora estaba acariciando al perro de mi padre.
Sentí como si hubiera perdido al mismo ser querido dos veces.
Más tarde pregunté al veterinario si habíamos pasado algo por alto.
Si había algo más que pudiéramos haber hecho.
Me explicó que los animales mayores pueden deteriorarse rápidamente después de una pérdida profunda. El estrés, el cambio de rutina, la falta de apetito y la edad pueden juntarse de una manera difícil de separar.
Luego añadió algo que nunca olvidé.
—No puedo decirte que un perro decida morir como lo haría una persona —dijo—. Pero algunos animales muy viejos, cuando pierden al ser alrededor del que organizaron toda su vida, parecen dejar de aferrarse de la misma manera.
Miré a Diésel.
Y pensé en mi padre.
Pensé en el asiento lateral de la motocicleta.
En el taller.
En las mañanas de café.
En el perro esperando junto a la puerta.
Entonces entendí por qué Diego apareció esa tarde con una idea.
—No podemos separarlos —me dijo.
—¿Qué quieres decir?
—El abuelo y Diésel hicieron todo juntos. No tiene sentido enterrarlos en lugares distintos.
Mi familia conserva un pequeño terreno a las afueras de la ciudad.
Había pertenecido a mi padre durante años.
No era nada espectacular.
Un terreno sencillo donde alguna vez guardó herramientas, cultivó algunas cosas y pasó muchas tardes arreglando piezas.
Decidimos despedirlos allí.
Esperamos los trámites necesarios y organizamos todo de manera que las cenizas de mi padre y el recuerdo de Diésel pudieran quedar juntos en el mismo lugar familiar.
Colocamos dos piedras sencillas.
Una al lado de la otra.
Diego eligió las frases.
En la piedra de Diésel pusimos:
ÉL DECIDIÓ SEGUIRLO.
Y en la de mi padre:
YO TE ESPERARÉ.
Nada más.
Dos frases.
Dos nombres.
Dos historias separadas por unos cuantos pasos.
Cuando las lees en cualquier orden, entiendes todo.
Los amigos motociclistas de mi padre estuvieron presentes.
Llegaron juntos, como habían hecho tantas veces cuando Ernesto todavía podía montar.
Hombres ya mayores.
Cabello blanco.
Barbas grises.
Chaquetas gastadas por los años.
Ninguno hizo un gran discurso.
Eso habría incomodado a mi padre.
Simplemente estuvieron allí.
Y después se marcharon juntos.
Pensé que sería la última vez que los vería reunidos en aquel terreno.
Un año después comprendí que estaba equivocado.
En el aniversario de la muerte de mi padre escuché varias motocicletas acercándose por el camino.
Salí.
Eran ellos.
No me habían avisado.
No organizaron ceremonia.
Ni siquiera se bajaron de las motos.
Simplemente avanzaron despacio frente al terreno.
Cuando llegaron a la altura de las dos piedras, el primero levantó una mano del manillar.
Luego el segundo.
Después el tercero.
Uno por uno.
Todos saludaron.
Y siguieron adelante.
Como se saluda a otro motociclista cuando se cruza en la carretera.
Al año siguiente volvieron a hacerlo.
Se convirtió en una tradición sin que nadie la anunciara.
Una vez al año recorren aquella ruta.
Al acercarse al terreno, disminuyen la velocidad.
Levantan una mano.
Y continúan.
Una vez le pregunté a uno de los amigos más antiguos de mi padre si el saludo era para Ernesto.
Me miró sorprendido.
—Para los dos.
Señaló la piedra de Diésel.
—Ese perro rodó con nosotros durante tres años. También era parte del grupo.
No pude evitar sonreír.
Mi padre habría dicho exactamente lo mismo.
Han pasado dos años desde aquella última noche.
Todavía visito el terreno.
A veces me quedo frente a las dos piedras y pienso en todas las cosas que creí saber sobre mi padre.
Durante cincuenta años pensé que la motocicleta era lo que mejor lo representaba.
El ruido.
El metal.
Las herramientas.
Las carreteras.
La independencia.
Sin embargo, cuando llegó el final, la motocicleta estaba a pocos metros de su cama y mi padre ni siquiera pidió tocarla.
Pidió a Diésel.
Eso es lo que más recuerdo.
Un hombre duro, criado para guardar sus emociones, llegando al último momento de su vida y buscando algo cálido que pudiera sentir respirar sobre su pecho.
No quiso acero.
Quiso un latido.
Y Diésel, el perro viejo que nadie había querido adoptar, estuvo allí.
Tres años antes mi padre había mirado aquel hocico gris en un refugio y había pensado que dos viejos con demasiado kilometraje todavía podían acompañarse un poco.
Resultó que tenía razón.
Se acompañaron hasta donde pudieron.
Y quizá más lejos de lo que cualquiera de nosotros esperaba.
Todavía puedo cerrar los ojos y ver aquella habitación.
La motocicleta en una esquina.
Lucía sujetando la mano de mi padre.
Yo de pie junto a la cama.
Y Diésel acostado sobre él, con la cabeza debajo de su barbilla.
También puedo imaginar la escena de cada aniversario.
Una fila de motociclistas mayores avanzando despacio por el camino.
Uno tras otro.
Al llegar frente a las dos piedras, levantan la mano.
No necesitan detenerse.
No necesitan hablar.
Solo saludar.
Como si Ernesto y Diésel simplemente estuvieran un poco más adelante en la misma carretera.
Y cada vez que los veo pasar, miro las piedras.
ÉL DECIDIÓ SEGUIRLO.
YO TE ESPERARÉ.
Entonces pienso en mi padre.
Y pienso en aquel perro viejo.
Buen chico, Diésel.
Lo acompañaste hasta el final.
Y cuando ya no pudiste seguirlo sobre una motocicleta, encontraste tu propia manera de no dejarlo solo.






