Iba a ganar la carrera, pero se detuvo por su rival y dos días después todo cambió

Estaba a punto de ganar la carrera de su vida, pero se detuvo para salvar a la única rival que podía vencer

Daniela se tambaleó en el kilómetro treinta y nueve.

Primero intentó sujetarse de la valla de madera. Después, su brazo izquierdo cayó sin fuerza y sus piernas dejaron de responder.

Mateo Ruiz venía pocos metros detrás.

Había esperado toda la carrera para alcanzarla.

La meta estaba a menos de tres kilómetros. No quedaba ningún otro corredor entre ellos y la victoria.

Daniela dio un paso torpe.

Luego cayó de lado sobre el camino.

—¡Corredora en el suelo! —gritó un auxiliar sanitario desde un puesto cercano.

El hombre estaba solo.

A través de su radio pedía apoyo, pero el resto del equipo atendía un accidente ocurrido en otro tramo del recorrido.

Mateo redujo la velocidad.

Durante un segundo, miró hacia adelante.

La ruta estaba despejada.

Si seguía corriendo, podía ganar.

Podía volver a casa con un trofeo, una pequeña recompensa económica y, quizá, la oportunidad deportiva que llevaba meses buscando.

Después miró a Daniela.

La joven no se movía.

Mateo dio media vuelta.

Y en ese instante renunció, sin saberlo, a la victoria más importante de su vida.

Tres meses antes, nadie habría imaginado que aquel muchacho llegaría tan lejos.

Mateo tenía diecisiete años y vivía con sus padres y sus dos hermanos pequeños en una casa prefabricada de dos habitaciones, en las afueras de Guadalajara.

Era alto, demasiado delgado y silencioso.

Tenía el cabello negro siempre un poco desordenado, las mejillas hundidas y unas manos grandes que parecían no corresponder con el resto de su cuerpo.

No vestía ropa deportiva de colores brillantes.

No tenía reloj para medir sus tiempos.

Ni siquiera tenía unas zapatillas apropiadas.

Las que usaba estaban tan gastadas que la suela se doblaba como cartón. Uno de los cordones había sido sustituido por un trozo de cable fino que Mateo había encontrado en una caja de herramientas.

Cada mañana se levantaba antes que todos.

Ayudaba a su padre a descargar cajas en una pequeña tienda de barrio y después recorría en bicicleta varias calles para repartir periódicos.

Cuando terminaba, dejaba la bicicleta amarrada detrás de una panadería y corría hasta la escuela.

No lo hacía para entrenar.

Lo hacía porque, si llegaba tarde, perdía el desayuno que repartían antes de las clases.

En casa, el dinero nunca alcanzaba.

Su padre, Esteban, trabajaba de noche en una estación de servicio situada junto a la carretera.

Su madre, Rosa, limpiaba casas y pequeños departamentos cuando conseguía que alguien la llamara.

Algunos meses pagaban la electricidad con retraso.

Otros tenían que elegir entre comprar comida suficiente o pagar los medicamentos de Lucía, la hermana de nueve años de Mateo, que sufría ataques de asma.

Mateo conocía perfectamente esas cuentas.

Sabía qué interruptor no funcionaba porque no había dinero para repararlo.

Sabía cuándo su madre fingía haber cenado.

También sabía cuándo debía decir que no tenía hambre para que su hermano pequeño pudiera repetir plato.

Nadie se quejaba demasiado.

Esteban y Rosa no eran personas amargadas.

Solo estaban cansados.

Habían pasado tantos años resolviendo problemas urgentes que ya no recordaban cómo era pensar en algo que no fuera sobrevivir hasta el mes siguiente.

Pero Mateo tenía una cosa que nadie podía quitarle.

Podía correr.

No sabía de dónde venía aquella velocidad.

Simplemente, cuando sus piernas empezaban a moverse, todo lo demás desaparecía.

Las deudas.

Las paredes estrechas de su casa.

La tos de Lucía durante la madrugada.

La expresión preocupada de su madre frente a la nevera casi vacía.

Cuando corría, Mateo no era el hijo de una familia sin dinero.

No era el muchacho de los zapatos rotos.

Era fuerte.

Era libre.

Y, durante unos minutos, sentía que el futuro estaba en algún lugar delante de él.

El primero en darse cuenta fue Julián Torres, el profesor de educación física.

Don Julián tenía sesenta y cuatro años, el cabello completamente gris y una vieja lesión en la rodilla que le impedía correr como antes.

Durante su juventud había participado en carreras regionales.

Nunca se hizo famoso, pero conocía la diferencia entre un estudiante rápido y un corredor de verdad.

Una mañana organizó una prueba sencilla alrededor de la pista de tierra de la escuela.

La mayoría de los alumnos salió sin demasiado entusiasmo.

Algunos caminaron.

Otros hicieron bromas y abandonaron antes de completar la segunda vuelta.

Mateo salió desde atrás.

Sus zapatillas producían un ruido extraño cada vez que golpeaban el suelo.

Aun así, en menos de un minuto alcanzó a los primeros.

Después los dejó atrás.

No corrió de forma desesperada.

Su espalda permaneció recta. Sus brazos se movían con naturalidad y cada paso parecía caer exactamente donde debía.

Don Julián dejó de mirar el cronómetro.

Se quedó observándolo.

Al terminar la clase, lo esperó junto a la puerta del gimnasio.

—¿Alguna vez has pensado en entrenar en serio?

Mateo se encogió de hombros.

—No tengo tiempo.

—¿Qué haces por las tardes?

—Trabajo en una tienda. Acomodo cajas, limpio el almacén y hago entregas.

—¿Y después?

—Ayudo en casa.

Don Julián asintió.

No intentó convencerlo.

Pero durante los días siguientes siguió observándolo.

Mateo corría en los pasillos cuando pensaba que nadie lo veía.

Corría para alcanzar el autobús.

Corría desde la tienda hasta su casa cuando su madre necesitaba que llegara pronto.

Una tarde, don Julián se presentó fuera del pequeño supermercado donde trabajaba.

Llevaba una botella de agua, un cronómetro antiguo y una bolsa de tela.

—Solo veinte minutos —dijo—. Después te acompaño a casa.

Mateo miró la bolsa.

Dentro había unas zapatillas deportivas usadas.

La tela estaba desgastada y tenían varias marcas en los costados, pero la suela todavía era firme.

—Eran mías —explicó don Julián—. No son nuevas, pero te protegerán mejor los pies.

Mateo no las tocó.

—Mis padres no van a querer.

—¿Por qué?

—Creen que correr es perder el tiempo.

Don Julián guardó silencio.

Mateo añadió:

—Y quizá tienen razón.

Aquella noche llevó las zapatillas a casa.

Rosa las examinó como si fueran un objeto sospechoso.

—¿Te las regaló un profesor?

—Me dijo que podía entrenarme.

—¿Entrenarte para qué?

—Para una carrera.

Su madre dejó las zapatillas sobre la mesa.

—Mateo, correr no paga los recibos.

Él bajó la mirada.

—Ya lo sé.

—Tampoco compra las medicinas de tu hermana.

—Ya lo sé, mamá.

Rosa respiró hondo.

No quería herirlo.

Pero tenía miedo.

Había visto a demasiadas personas perseguir oportunidades que nunca llegaron.

—Necesitas terminar la escuela —dijo—. Necesitas un trabajo estable. No podemos permitirnos que te distraigas.

Esteban escuchaba desde la puerta.

No dijo nada.

Solo miró las zapatillas y después miró a su hijo.

En sus ojos había cansancio, pero también una tristeza que Mateo no supo interpretar.

Esa noche, cuando todos se acostaron, Esteban entró en la habitación de su hijo.

—Tu madre no quiere destruir tus ilusiones —dijo.

—Lo sé.

—Tiene miedo de que te hagan daño.

—También lo sé.

Su padre se sentó en la cama inferior.

—Cuando yo tenía tu edad quería estudiar mecánica. Pensaba abrir mi propio taller.

Mateo nunca había oído aquella historia.

—¿Por qué no lo hiciste?

Esteban sonrió sin alegría.

—Porque la vida empezó a cobrarme antes de que pudiera intentarlo.

Miró las zapatillas.

—No dejes el trabajo. No descuides los estudios. Pero si puedes encontrar un espacio para correr… hazlo.

A partir del día siguiente, Mateo comenzó a levantarse cuarenta minutos antes.

No pidió reducir sus horas en la tienda.

No dejó de ayudar en casa.

Tampoco faltó a clases.

Entrenaba cuando los demás dormían.

Corría antes del amanecer por calles casi vacías.

Corría después del trabajo alrededor de una cancha abandonada.

Algunas noches, cuando estaba demasiado cansado para hacer una sesión completa, subía y bajaba las escaleras de un edificio público hasta que le temblaban las piernas.

Don Julián nunca lo trató como a una víctima.

No le decía que todo saldría bien.

No le prometía fama.

Solo medía sus tiempos, corregía su postura y le enseñaba a respirar.

—La velocidad te puede poner delante —le repetía—. Pero la cabeza es la que te mantiene ahí.

Mateo mejoró con rapidez.

Al principio corría demasiado fuerte y se agotaba.

Después aprendió a reservar energía.

Aprendió a beber agua antes de sentir sed.

Aprendió a reconocer cuándo un dolor era cansancio y cuándo podía convertirse en una lesión.

También aprendió que mejorar no siempre se notaba.

Había días en que sus tiempos empeoraban.

Días en que sus piernas parecían de piedra.

Días en que llegaba a la pista pensando en dejarlo todo.

Don Julián nunca le gritaba.

Solo levantaba el cronómetro.

—Una vuelta más.

Y Mateo hacía una vuelta más.

Cuando anunciaron la inscripción para el Maratón Juvenil del Valle, una de las pruebas más importantes de la región, don Julián llevó el formulario a la escuela.

La cuota de inscripción era más de lo que Mateo ganaba en varias semanas.

—No puedo pagarlo —dijo el muchacho.

—Ya está pagado.

Mateo levantó la vista.

—No quiero que gaste su dinero en mí.

—No lo he gastado en ti.

—Entonces, ¿en quién?

—En la posibilidad de ver hasta dónde puedes llegar.

En el formulario aparecían jóvenes de escuelas privadas, clubes deportivos y centros de entrenamiento.

Había nombres conocidos.

Entre ellos estaba Álvaro Castañeda, un corredor de diecisiete años cuyo padre poseía varios negocios en la ciudad.

Álvaro entrenaba con un preparador personal.

Tenía ropa nueva para cada competición y publicaba fotografías de sus sesiones en redes sociales.

También estaba Daniela Salgado.

Tenía dieciocho años y era considerada la favorita.

Había ganado varias carreras regionales y entrenaba desde niña.

Su técnica era impecable.

Mateo leyó los nombres y sintió un nudo en el estómago.

—No tengo que ganar, ¿verdad? —preguntó.

Don Julián lo miró con seriedad.

—No.

Mateo soltó el aire.

—Pero tampoco vas a ir para perder —añadió el profesor—. Vas a correr con todo lo que tienes.

La noticia se extendió por la escuela.

Algunos compañeros se alegraron.

Otros comenzaron a burlarse.

—¿Vas a correr con esas zapatillas viejas?

—Quizá el premio sea un par nuevo.

—Ten cuidado de que no se te desarmen antes de la salida.

Álvaro fue el más cruel.

Se acercó a Mateo en el pasillo y miró sus zapatos.

—He oído que vas al maratón.

Mateo siguió guardando sus libros.

—Sí.

—Eso no es una carrera benéfica.

—Ya lo sé.

—Allí no te van a dejar ganar porque les des lástima.

Mateo cerró la mochila.

—No necesito que me dejen.

Álvaro sonrió.

—Nos vemos en la meta, si llegas.

Mateo no respondió.

Sin embargo, aquella noche corrió más rápido de lo que debía.

Don Julián lo detuvo después de la tercera vuelta.

—Estás enfadado.

—Estoy bien.

—Cuando corres enfadado, gastas energía intentando demostrar algo.

Mateo apoyó las manos sobre las rodillas.

—Él cree que no pertenezco allí.

—¿Y tú qué crees?

Mateo tardó unos segundos en contestar.

—Todavía no lo sé.

—Entonces corre para descubrirlo. No para convencerlo.

En casa, la situación empeoró.

Rosa consiguió un segundo trabajo limpiando habitaciones en una pequeña pensión.

Esteban comenzó a cubrir turnos adicionales.

Algunas noches, Mateo encontraba a su padre dormido sentado a la mesa, todavía con el uniforme puesto.

Una madrugada, Lucía sufrió un ataque de asma.

Rosa buscó el inhalador en un cajón.

Estaba vacío.

La niña respiraba con dificultad, aferrada a la camiseta de su madre.

Esteban salió de casa para buscar una farmacia de guardia, aunque sabía que apenas tenían dinero.

Mateo permaneció junto a su hermana.

—Respira conmigo —le decía—. Despacio. Mírame.

Lucía intentó seguir su ritmo.

Cuando Esteban regresó con el medicamento, Mateo vio un recibo arrugado en su mano.

Su padre había gastado casi todo lo que quedaba para la comida de la semana.

—Debí trabajar más horas —dijo Mateo.

Rosa lo miró.

—No.

—Podría dejar de entrenar hasta que estemos mejor.

—¿Y cuándo será eso?

Mateo no supo responder.

Su madre acarició el cabello de Lucía.

—Siempre habrá una cuenta pendiente. Siempre faltará algo. No quiero que dejes tu vida esperando el momento perfecto.

—Pero dijiste que correr no servía.

—Dije que tenía miedo.

Rosa levantó los ojos.

—No es lo mismo.

Al día siguiente, Mateo llegó a la pista sin energía.

Don Julián le dio agua y esperó.

—Mi hermana se quedó sin medicamento —explicó el joven.

—¿Está bien?

—Sí. Pero gastamos lo último que teníamos.

El profesor se sentó a su lado.

—Puedo ayudarte.

Mateo negó con la cabeza.

—No quiero más regalos.

—No estaba hablando de dinero.

—Entonces, ¿de qué?

—De recordarte por qué empezaste.

Mateo apretó los labios.

—Empecé porque quería ayudar a mi familia.

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