Iba a ganar la carrera, pero se detuvo por su rival y dos días después todo cambió

—¿Y ahora?

—Ahora siento que los estoy abandonando cada vez que vengo aquí.

Don Julián miró la pista vacía.

—Hay momentos en los que correr parece una forma de escapar.

Señaló las zapatillas.

—Pero también puede ser una forma de volver con algo que antes no tenías.

—¿Y si no gano?

—Entonces volverás sabiendo que no te rendiste.

Mateo permaneció callado.

—A veces lo más difícil no es seguir corriendo —dijo don Julián—. Es hacerlo cuando tienes razones de sobra para detenerte.

Mateo se puso de pie.

—Una vuelta más.

La historia de su esfuerzo comenzó a circular por el barrio.

El dueño de una cafetería dejó un sobre para él.

Dentro había una pequeña cantidad de dinero y una nota escrita a mano:

“Para el muchacho que corre aunque la vida le ponga peso en los hombros”.

Una vecina le compró calcetines deportivos.

Un jubilado le regaló un reloj usado.

La encargada de la tienda permitió que saliera una hora antes durante la última semana de entrenamiento.

No eran grandes ayudas.

Pero para Mateo significaban que alguien estaba mirando.

La noche anterior a la carrera, limpió las viejas zapatillas de don Julián con un cepillo de dientes.

Secó los cordones.

Revisó la suela.

Después colocó el dorsal número 212 sobre una silla.

Lucía entró en la habitación.

—¿Vas a ganar?

Mateo sonrió.

—Voy a correr.

—Eso no fue lo que pregunté.

—Haré todo lo posible.

La niña sacó una cinta azul del bolsillo.

—Póntela en la muñeca.

—¿Para qué?

—Para que te acuerdes de volver.

Mateo se la ató.

—Siempre voy a volver.

En la zona de salida, los corredores calentaban, estiraban las piernas y revisaban dispositivos que Mateo nunca había visto.

Algunos tenían entrenadores.

Otros estaban acompañados por familiares que llevaban pancartas.

Álvaro se hacía fotografías junto a la línea de salida.

Daniela permanecía concentrada, con el cabello recogido y los ojos fijos en el recorrido.

Mateo llevaba una sudadera prestada y el dorsal ligeramente torcido.

Don Julián se acercó.

—No mires las zapatillas de los demás.

—No las estoy mirando.

—Sí las estás mirando.

Mateo bajó los ojos.

El profesor le acomodó el dorsal.

—Recuerda el plan. No salgas demasiado rápido. Respira. Guarda fuerza para el final.

—¿Y si todos se alejan?

—Déjalos.

—¿Y si no logro alcanzarlos?

Don Julián sonrió.

—Entonces habrás corrido tu carrera, no la de ellos.

El sonido de salida retumbó entre los edificios.

Cientos de corredores avanzaron al mismo tiempo.

Mateo sintió el impulso de acelerar.

Vio a Álvaro adelantarse.

Vio a Daniela colocarse entre los primeros.

Pero recordó el entrenamiento.

Mantuvo un ritmo constante.

Durante los primeros kilómetros, decenas de corredores lo superaron.

Algunos respiraban con fuerza, como si la meta estuviera a solo unos metros.

Mateo no los siguió.

Escuchó sus propios pasos.

Controló la respiración.

Pensó en la voz de don Julián.

Al llegar al kilómetro dieciséis, comenzó a recuperar posiciones.

Pasó a un corredor.

Luego a otro.

En el kilómetro veinticinco, alcanzó a Álvaro.

El joven rico iba con el rostro rojo y la respiración descontrolada.

Miró a Mateo con incredulidad.

—No puede ser —murmuró.

Mateo no respondió.

Siguió adelante.

En el kilómetro treinta y cuatro ya estaba entre los cinco primeros.

Sus piernas dolían.

Tenía una ampolla en el pie derecho y cada impacto contra el suelo enviaba una punzada hasta su tobillo.

Pensó en Lucía.

Tocó la cinta azul de su muñeca.

Continuó.

Dos corredores redujeron el paso en una subida.

Mateo los superó.

Quedó en segundo lugar.

Delante estaba Daniela.

La favorita.

La atleta que parecía imposible de alcanzar.

Durante varios minutos, la distancia entre ambos no cambió.

Daniela corría con una regularidad perfecta.

Pero en el kilómetro treinta y siete, Mateo notó algo.

Sus hombros estaban tensos.

Su paso se había acortado.

En el kilómetro treinta y ocho, su brazo izquierdo comenzó a moverse de forma extraña.

Mateo se acercó.

Podía escuchar la respiración irregular de Daniela.

Faltaban menos de cuatro kilómetros.

La gente gritaba desde los lados del camino.

Mateo aceleró.

Por primera vez, pensó que podía ganar.

Entonces Daniela se tambaleó.

Intentó continuar.

Dio dos pasos.

Buscó apoyo en la valla.

Y cayó.

Mateo se detuvo.

—¡Necesito ayuda! —gritó el auxiliar sanitario.

El joven miró la meta, oculta más adelante.

Después miró a Daniela.

Su piel estaba pálida.

Sus labios se movían, pero no formaban palabras.

Mateo corrió hacia ella.

—Está respirando —dijo al arrodillarse.

El sanitario abrió su bolsa.

—Respiración rápida. Pulso muy alto. Puede ser una deshidratación severa o un golpe de calor.

Presionó el botón de la radio.

—Necesito un equipo de apoyo en el puesto del parque. Es urgente.

Una voz respondió entre interferencias.

El apoyo tardaría.

—Tengo que llevarla hasta el banco —dijo el hombre—. Pero no puedo levantarla solo.

Mateo se colocó junto a Daniela.

—Yo puedo.

—Acabas de correr casi cuarenta kilómetros.

—Yo puedo.

Pasó un brazo por debajo de sus hombros y otro por debajo de sus rodillas.

Daniela estaba completamente flácida.

Mateo intentó ponerse de pie.

Sus piernas temblaron.

Durante un segundo, pensó que ambos caerían.

Apretó los dientes.

Volvió a intentarlo.

Esta vez logró levantarse.

El banco estaba a varios metros, junto al puesto sanitario.

Parecía cerca.

Pero con Daniela en brazos, cada paso era una batalla.

Los músculos de Mateo ardían.

Una punzada atravesó su costado.

La ampolla del pie se abrió.

Sus zapatillas resbalaron sobre unas hojas acumuladas en el camino.

—Despacio —le indicó el auxiliar—. No la sueltes.

Daniela abrió los ojos apenas.

—¿Dónde…?

—Estás bien —dijo Mateo, respirando con dificultad—. Ya casi llegamos.

Sus rodillas cedieron una vez.

Logró recuperar el equilibrio.

La cinta azul de Lucía estaba empapada de sudor.

Cuando alcanzó el banco, bajó a Daniela con cuidado.

El sanitario colocó una compresa fría sobre su cuello.

—Ayúdame a levantarle las piernas.

Mateo se arrodilló.

Sostuvo sus pantorrillas mientras el hombre revisaba sus signos vitales.

—Vamos, muchacha —murmuró el sanitario—. Respira conmigo.

Daniela comenzó a reaccionar.

El color volvió poco a poco a sus labios.

El auxiliar miró a Mateo.

—Está estable. Has ganado tiempo hasta que llegue la ambulancia.

Mateo se sentó en el suelo.

Su pecho subía y bajaba con violencia.

Podía quedarse allí.

Nadie le habría reprochado abandonar.

Pero después de unos segundos se puso de pie.

—¿Qué haces? —preguntó el sanitario.

—Tengo que terminar.

Regresó al recorrido.

Sus piernas ya no respondían igual.

Corredores que venían detrás comenzaron a superarlo.

Uno.

Dos.

Tres.

Mateo no contó cuántos.

Solo siguió avanzando.

Cuando cruzó la meta, estaba en quinto lugar.

No hubo cámaras esperándolo.

Los fotógrafos rodeaban al ganador.

Los altavoces anunciaban los nombres de los tres primeros.

Un voluntario entregó a Mateo un vaso de agua sin siquiera mirarlo.

Álvaro, que había terminado después, se acercó con una sonrisa cansada.

—Pensé que ibas a ganar.

Mateo bebió un poco de agua.

—Yo también.

—Entonces, ¿qué te pasó?

Mateo miró hacia la zona médica.

—Tuve que detenerme.

Álvaro soltó una risa breve.

—Eso pasa cuando no sabes competir.

Mateo no respondió.

Don Julián estaba junto a una valla.

Cuando sus miradas se encontraron, el profesor abrió los brazos.

Mateo caminó hacia él y apoyó la frente sobre su hombro.

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