—Escúcheme.
—Retroceda.
Laura obedeció la distancia, pero sacó el teléfono.
No llamó a su redacción.
Llamó directamente al tribunal.
—Necesito comunicarme con la oficina de la presidencia. Es urgente.
Arriba, en el tercer piso, Clara Beltrán llevaba casi treinta años trabajando en administración judicial.
Era la secretaria principal del tribunal y conocía a Elena desde antes de que ocupara la presidencia.
Contestó.
—Oficina de presidencia.
—Clara, soy Laura Ibarra. Estoy afuera. Tienen esposada a la magistrada Morales.
Hubo dos segundos de silencio.
—Repítalo.
—Está en los escalones. Dos agentes están llevándola hacia un vehículo. No saben quién es.
Clara colgó.
Marcó una extensión interna.
—Necesito cuatro elementos de seguridad judicial en la entrada principal. Ahora.
Tomó una carpeta y salió de su despacho.
Mientras bajaba, otros empleados ya miraban las cámaras internas.
La grabación era clara.
A las 7:32, Elena aparecía acercándose a la puerta.
A las 7:33, sacaba una tarjeta de su bolso.
A las 7:34, Salgado la apartaba.
Después llegaba Mateo.
Luego aparecía Arturo grabando.
La credencial caía al suelo.
Un zapato la empujaba hacia la jardinera.
Todo estaba registrado.
Pero Elena Morales ya sabía que esas cámaras estaban ahí.
Llevaba seis años trabajando en aquel edificio.
Durante doce años antes de llegar al tribunal, había ejercido como abogada.
Era la primera persona de su familia que había terminado una carrera universitaria.
Su madre había trabajado en una clínica pequeña.
Su padre había conducido transporte público durante más de treinta años.
Elena había estudiado gracias a becas, trabajos de medio tiempo y una disciplina que sus compañeros todavía recordaban.
A los 48 años llegó al tribunal.
Cuatro años después, sus colegas la eligieron para dirigirlo.
No acostumbraba usar ropa formal fuera del edificio.
En días de audiencias importantes prefería caminar desde su departamento de la colonia Juárez, comprar un café sencillo y entrar por la puerta lateral.
La toga esperaba siempre en su despacho.
Aquel día había salido con sudadera porque necesitaba despejar la cabeza.
El expediente de Héctor Landa era complicado.
Un adolescente de 16 años, Andrés Medina, había regresado de un entrenamiento deportivo cuando una revisión terminó con él en el suelo y con varias lesiones.
Héctor decía que el muchacho había hecho un movimiento sospechoso.
Andrés aseguraba que solo intentaba sacar un inhalador de su mochila.
Elena había revisado el expediente dos veces.
Y había encontrado un nombre repetido.
Ricardo Salgado.
Aparecía como compañero frecuente de Héctor en diferentes informes.
También aparecían referencias a antiguas quejas internas.
Elena conocía aquel nombre desde hacía meses.
Lo que no conocía era su rostro.
Hasta esa mañana.
Cuando Salgado le agarró la muñeca, dos partes de un mismo expediente se unieron en su cabeza.
Por eso había permanecido tan tranquila.
No porque supiera cómo acabaría aquello.
Sino porque comprendía que cada palabra pronunciada desde ese momento podía importar.
—Abra la puerta —ordenó Salgado a Mateo.
Estaban ya junto al vehículo.
Mateo apoyó una mano en la manija, pero no la movió.
—Ricardo…
—¿Qué?
—Quizá deberíamos revisar otra vez la credencial.
—Ya la revisamos.
—No la revisamos.
Salgado giró lentamente.
Mateo tragó saliva.
—Está llegando prensa. Y esa mujer sabía el nombre del inspector.
Por primera vez, Salgado miró alrededor.
Había mucha más gente.
Dos cámaras profesionales.
Decenas de teléfonos.
Su propio dispositivo corporal todavía grabando.
Entonces se escuchó una voz.
—¡Salgado!
El inspector Ernesto Rivas atravesó la plaza.
Había recibido una llamada mientras revisaba reportes cerca del edificio.
Conocía a Elena.
Había declarado ante ella el año anterior.
Cuando vio las esposas, su expresión cambió.
—Suelte a esa mujer.
Salgado parpadeó.
—Inspector, ella estaba intentando…
—He dicho que la suelte.
Ernesto retiró con cuidado la mano de Salgado del brazo de Elena.
Después miró hacia la jardinera.
—¿Dónde está su identificación?
Elena señaló con la cabeza.
—Debajo de esas hojas.
Ernesto se agachó.
Encontró la tarjeta.
La limpió con dos dedos.
Luego se la puso delante a Salgado.
—Lea.
Salgado miró.
Su rostro perdió el color.
En la tarjeta aparecían el retrato de Elena, un sello oficial y su cargo.
Elena Morales. Magistrada presidenta. Tribunal Federal del Centro.
Mateo dejó de respirar durante un instante.
Arturo bajó el teléfono.
La transmisión seguía activa.
—Yo… —murmuró Salgado—. Ella no dijo…
—Se lo dije dos veces —respondió Elena—. Y dos veces pedí que revisaran mi identificación.
Las puertas principales del tribunal se abrieron.
Haz clic en el botón de abajo para leer la siguiente parte de la historia.






