Mariana soltó una pequeña risa entre lágrimas.
—Es el regalo más bonito que me han dado.
Entonces Rodrigo se acercó.
Los aplausos terminaron poco a poco.
—Muy bien —dijo—. Ya tuvimos nuestra sorpresa de la noche.
Su tono volvió a endurecerse.
—Mariana, todavía tienes trabajo pendiente.
Ella se separó lentamente de su hija.
La realidad regresó de golpe.
—Sí, señor.
—No —dijo Ernesto.
Rodrigo lo miró.
El hombre mayor avanzó hasta quedar cerca de Lucía.
—Antes quiero hablar con ellas.
—Ernesto, este es un evento privado.
—Precisamente por eso podemos dedicar cinco minutos a reconocer algo extraordinario.
Rodrigo apretó la mandíbula.
Ernesto miró a Lucía.
—¿Cómo te llamas?
—Lucía Hernández.
—Lucía, ¿desde cuándo estudias piano?
—Desde los seis.
—¿Con quién?
Mariana respondió.
—Con una profesora jubilada que vive cerca de nosotros. Hace lo que puede por ayudarla.
Ernesto asintió.
—¿Y te gustaría estudiar música en serio?
Lucía no dudó.
—Sí.
—¿Mucho?
—Más que cualquier otra cosa.
Ernesto sonrió.
Entonces se dirigió a Mariana.
—Colaboro con un programa privado que ayuda a jóvenes músicos con talento. También conozco a los responsables de un conservatorio muy bueno. Si ustedes están de acuerdo, me gustaría organizar una evaluación para Lucía.
Mariana lo miró sin comprender del todo.
—¿Una evaluación?
—Una audición.
—Señor, nosotros no podemos pagar una escuela así.
—Si la evaluación confirma lo que acabamos de escuchar, el programa cubrirá sus estudios.
Mariana dejó de respirar por un instante.
—¿Todo?
—Todo lo necesario para que pueda estudiar.
Un murmullo recorrió el salón.
Lucía agarró la mano de su madre.
Rodrigo dio un paso hacia ellos.
—No hace falta convertir esto en un espectáculo.
Ernesto lo miró con calma.
—No lo estoy convirtiendo en nada. La niña hizo eso sola.
Rodrigo forzó una sonrisa.
—También yo puedo ayudarla.
Mariana lo miró sorprendida.
—Puedo cubrir sus clases —continuó—. Las mejores que quiera. Así evitamos tanta complicación.
Hacía menos de media hora había dicho que Lucía no debía tocar su piano.
Ahora quería presentarse como quien había descubierto su talento.
La niña también lo entendió.
Miró a Rodrigo.
Después miró a Ernesto.
Uno había visto primero el vestido viejo.
El otro había escuchado primero la música.
Lucía apretó la mano de su madre.
—Gracias, señor Valdés.
Rodrigo sonrió, convencido de que había ganado.
Entonces la niña terminó:
—Pero quiero hacer la audición que dice don Ernesto.
La sonrisa desapareció.
El silencio regresó al salón.
Rodrigo miró a Mariana.
—Entiendo.
Su voz se volvió fría.
—Entonces supongo que tampoco necesitas este trabajo.
Mariana se quedó inmóvil.
—Señor…
—Puedes retirarte. No vuelvas mañana.
Lucía sintió que el estómago se le cerraba.
—Mamá…
Rodrigo no había terminado.
—Y te aconsejo que no cuentes conmigo como referencia.
Mariana palideció.
La posibilidad de una escuela de música podía sonar maravillosa, pero al día siguiente todavía había renta, comida y recibos que pagar.
—Por favor —dijo ella—. Mi hija es una niña. No tiene nada que ver con mi trabajo.
Ernesto se interpuso.
—Ya es suficiente.
Rodrigo soltó una risa seca.
—Esto es entre mi empleada y yo.
—Hace un momento todos aplaudían a su hija. Ahora todos están escuchando cómo intentas castigar a la madre porque la niña rechazó tu ofrecimiento.
Algunas miradas cambiaron.
Una mujer habló desde cerca de una mesa.
—La señora no hizo nada malo.
Otro invitado asintió.
—La niña tampoco.
Rodrigo miró alrededor.
Esperaba encontrar apoyo.
No lo encontró.
El problema ya no era la música.
Era la escena que él mismo estaba creando.
Mariana seguía temblando.
Ernesto bajó la voz.
—No puedo decirte cómo tratar a nadie en tu casa. Pero sí puedo decidir con quién quiero relacionarme. Y lo que acabo de ver no me gusta.
Eso fue suficiente.
Rodrigo observó a sus invitados.
Por primera vez aquella noche parecía no controlar la situación.
Finalmente se giró.
—Hagan lo que quieran.
Y se marchó hacia otra habitación.
Mariana soltó el aire que llevaba conteniendo.
Lucía la abrazó por la cintura.
—Lo siento, mamá.
—No —respondió Mariana—. No vuelvas a decir eso.
Se agachó frente a ella.
—Mírame. No hiciste nada malo.
Javier apareció con dos vasos de agua.
—Creo que esto les hace falta.
Lucía sonrió por primera vez.
—Gracias.
—Y para que conste —dijo él—, jamás había visto algo así.
Ernesto volvió a acercarse.
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