La niña gritó justo a tiempo y dejó la cuchara del millonario en el aire frente a todos

Parecía profundamente cansado.

Cuando el médico llegó, tomó muestras de la sopa y pidió que todo se conservara para un análisis profesional.

También apareció el pequeño frasco que Sofía había descrito.

Estaba dentro de la bolsa.

Verónica dejó de discutir.

Se sentó.

Y por primera vez desde que Sofía la conocía, parecía una persona completamente distinta.

Sin la sonrisa perfecta.

Sin la postura elegante.

Sin el tono amable que utilizaba delante de Ernesto.

Solo quedaba una mujer asustada.

El resultado preliminar confirmó la peor sospecha.

La sopa contenía una sustancia tóxica concentrada que podía haber provocado una emergencia médica grave.

El médico insistió en que se necesitaban estudios completos para determinar todos los detalles, pero algo estaba claro:

Ernesto no debía haber probado aquella comida.

Él miró el plato.

Después miró a Verónica.

—¿Por qué?

Ella mantuvo los ojos clavados en el suelo.

—Porque estaba cansada de esperar.

Ernesto cerró los ojos unos segundos.

No necesitó preguntar a qué se refería.

—¿Era por el dinero?

Verónica soltó una risa rota.

—Tú nunca ibas a parar. Cada revisión médica salía bien. Seguías trabajando, viajando, haciendo planes para diez años más.

Levantó la mirada.

—Yo iba a hacerme vieja esperando.

Marta cubrió discretamente los oídos de Sofía, pero la niña apartó sus manos.

Quería escuchar.

—Creí que después de tantos años me correspondía algo —continuó Verónica.

Ernesto parecía haber envejecido de golpe.

Tal vez siempre había sabido que la relación no era perfecta.

Tal vez incluso sabía que parte de la atracción de Verónica tenía que ver con su fortuna.

Pero nunca imaginó aquello.

Finalmente pidió al personal de seguridad que la acompañara fuera de la residencia y contactara con las autoridades.

No hubo gritos de su parte.

No hubo amenazas.

Solo una frase:

—Que se investigue todo.

Antes de salir, Verónica miró a Sofía.

La niña retrocedió un paso.

Entonces Ernesto se levantó y quedó entre ambas.

Verónica apartó la mirada.

Minutos después, la puerta se cerró.

La enorme casa quedó en silencio.

Marta seguía convencida de que lo siguiente sería perder su empleo.

Se acercó a Ernesto.

—Señor, de verdad siento mucho todo esto.

Él la miró sorprendido.

—¿Sentirlo?

—Yo no debí traer a Sofía.

Ernesto miró a la niña.

—Si no la hubiera traído, probablemente yo habría terminado esa sopa.

Marta bajó los ojos.

—Nosotras no queremos problemas.

—Lo sé.

Ernesto señaló dos sillas.

—Siéntense.

Marta dudó.

Nunca se había sentado en aquella mesa.

Ni siquiera cuando estaba vacía.

Pero obedeció.

Sofía se acomodó junto a ella con las piernas colgando.

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