Durante 26 días, todos creyeron que aquella perra había perdido la razón. En realidad, estaba dejando un camino para su cachorra.
A las 5:11 de la tarde, Mariana entró al pasillo del refugio cargando una pequeña transportadora.
Dentro venía una cachorra gris que había pasado casi un mes entre oxígeno, medicamentos y alimentación asistida.
En el corral número 17, Mora levantó las orejas.
Escuchó el débil gemido de su hija.
Pero no corrió hacia ella.
No saltó.
Ni siquiera se acercó a la puerta.
Mora volvió al mismo rincón del corral vecino que llevaba lamiendo todos los días desde hacía veintiséis jornadas.
Luis, uno de los voluntarios, bajó la voz.
—Creo que ya no la reconoce.
Yo también lo pensé.
Y todavía me pesa haberlo pensado.
La cachorra había nacido junto con otras siete debajo de un viejo calentador de agua, dentro de una casa abandonada en las afueras de Puebla.
Las primeras siete fueron encontradas rápidamente.
A la octava solo la descubrieron porque Mora se negó a subir al vehículo de rescate, regresó al sótano y siguió arañando junto al calentador hasta que alguien revisó detrás de una placa metálica.
Allí estaba ella.
Fría.
Casi inmóvil.
Demasiado débil incluso para llorar.
La llamamos Pimienta.
Pesaba poco más de trescientos gramos y apenas podía respirar.
En cuanto llegó al refugio, la veterinaria revisó a los ocho cachorros.
Los colocamos temporalmente en el corral número 18, justo al lado de Mora, porque allí teníamos una mesa baja, mantas limpias y espacio para examinarlos.
Uno por uno, los cachorros pasaban por una pequeña compuerta metálica.
Los revisábamos.
Luego regresaban con su madre.
Mora olía a cada uno antes de permitirle acomodarse junto a su vientre.
Uno.
Dos.
Tres.
Cuatro.
Cinco.
Seis.
Siete.
Pimienta fue la última.
La veterinaria apenas necesitó escuchar su pecho unos segundos.
—Esta pequeña necesita oxígeno.
Mora comenzó a limpiarla.
Le lamió la barbilla blanca.
Después el cuello.
Las patas delanteras.
Las traseras.
El vientre.
Finalmente dejó su pata delantera izquierda junto al cuerpo de la cachorra.
Mariana levantó a Pimienta.
La metió en una transportadora.
Y salió con ella a través del corral número 18.
Mora se quedó mirando la puerta.
Diez minutos después cruzó la pequeña compuerta, llegó hasta el lugar donde había estado la transportadora y comenzó a lamer el suelo.
Pensamos que olía comida.
No era eso.
Pero tardamos casi un mes en entenderlo.
Pimienta pasó su primera noche en una clínica veterinaria privada.
Tenía una infección severa y problemas respiratorios.
Durante las primeras horas nadie sabía si llegaría a la mañana siguiente.
Mora permaneció en el refugio con sus otros siete cachorros.
A las seis de la tarde comió un poco.
Revisó a sus siete pequeños.
Después cruzó al corral vacío y lamió exactamente el mismo punto.
Más tarde volvió a hacerlo.
Mariana había guardado un gorro tejido que un rescatista utilizó para envolver a Pimienta cuando la encontraron detrás del calentador.
Se lo acercó a Mora.
La perra lo olió durante varios segundos.
Después lo tomó cuidadosamente entre los dientes.
No lo llevó a su cama.
Lo colocó sobre aquel rincón del suelo.
Luego se acostó al otro lado de la pared metálica y dejó su pata izquierda junto a la compuerta.
Pimienta sobrevivió aquella primera noche.
Pero todavía le quedaban muchas por delante.
Durante los siguientes días, nuestra rutina se convirtió en una cadena de llamadas.
Un día Pimienta respiraba mejor.
Horas después empeoraba.
A veces aceptaba alimento.
Otras veces no tenía fuerzas para tragar.
Mariana llamaba cada mañana desde la clínica.
Yo llevaba el teléfono hasta el corral de Mora cuando Pimienta hacía algún pequeño sonido.
No sé cuánto entendía aquella perra.
Pero sus orejas se movían cada vez que escuchaba el débil llanto.
Después de cada llamada hacía exactamente lo mismo.
Revisaba a sus siete cachorros.
Y regresaba al rincón.
Lamía el suelo.
Ponía la pata izquierda junto a la pared.
Luego esperaba.
Los primeros días parecía tristeza.
Después comenzamos a llamarlo ansiedad.
Una semana más tarde, algunos pensaban que podía haberse convertido en un comportamiento repetitivo.
El refugio no era un lugar tranquilo.
Había perros entrando y saliendo.
Había que limpiar.
Cambiar mantas.
Desinfectar.
Revisar medicamentos.
Preparar alimentos.
Un comportamiento extraño rápidamente se convierte en una anotación dentro de una ficha.
“Mora lame repetidamente el mismo lugar.”
Después apareció otra frase.
“Posible conducta compulsiva.”
Dos posibles hogares temporales se echaron atrás cuando leyeron aquello.
Uno temía que Mora dañara los pisos de su casa.
La otra familia pensaba que una perra tan obsesionada nunca podría adaptarse.
En ese momento los entendí.
Ahora quisiera haberles explicado lo que todavía no sabíamos.
Porque Mora no tenía ningún otro comportamiento extraño.
Caminaba tranquila.
Permitía que limpiáramos su cama.
No protegía el alimento.
Aceptaba personas nuevas.
Cuidaba perfectamente a sus cachorros.
Solo había una cosa que no permitía que desapareciera.
Aquel pequeño cuadrado del suelo.
Un trabajador intentó limpiarlo profundamente.
Cuando vio el desinfectante, Mora se metió debajo de la compuerta y cubrió el lugar con el pecho.
No gruñó.
No intentó morder.
Simplemente no quería moverse.
Tuvimos que apartarla con cuidado.
Cuando terminamos de limpiar, Mora regresó.
Lamió el suelo durante casi una hora.
Yo escribí algo en mi libreta personal.
“No está limpiando. Está poniendo algo otra vez.”
No lo puse en su expediente.
Me parecía una idea absurda.
Pocos días después, los cachorros más fuertes comenzaron a caminar.
Mora tenía otra costumbre.
Si uno se alejaba demasiado, lo recogía suavemente por la piel del cuello y lo llevaba hasta la manta.
Luego revisaba a todos.
Siempre en el mismo orden.
Uno.
Dos.
Tres.
Cuatro.
Cinco.
Seis.
Siete.
Después olía el espacio vacío junto a su pata izquierda.
Dos veces.
Mientras tanto, Pimienta abrió los ojos en la clínica.
Pero había un problema.
Uno se veía opaco.
El otro no seguía correctamente los movimientos.
La veterinaria sospechó que la infección sufrida al nacer había afectado su visión.
Pimienta podía distinguir luz.
Quizá grandes sombras.
Pero no veía el mundo como los demás cachorros.
Nosotros lo supimos.
Mora, naturalmente, no.
O al menos eso creíamos.
Cuando los siete cachorros sanos crecieron lo suficiente, comenzaron a irse en parejas con familias temporales.
La primera vez salieron dos.
Mora olió sus espacios vacíos.
Revisó a los cinco restantes.
Luego caminó hasta el corral número 18.
Lamió el rincón.
Dos días después salieron otros dos.
Mora revisó a los tres.
Después los espacios vacíos.
Después el rincón.
Al final solo quedó Bruno, un cachorro gris y fuerte que dormía encima del cuello de su madre.
Para entonces Mora podía aceptar que los demás se habían marchado.
No recorría el edificio buscándolos.
No lloraba frente a la puerta.
Pero seguía visitando el mismo punto donde Pimienta había desaparecido.
Eso empezó a preocuparnos aún más.
La veterinaria decidió realizar una prueba antes de recomendar cualquier tratamiento.
Pusimos tres trozos de tela dentro del corral vacío.
Uno llevaba el olor de Mora.
Otro había sido frotado contra Bruno.
El tercero estaba limpio.
Mora los ignoró.
Después Mariana envió desde la clínica una pequeña gasa que había estado debajo de Pimienta durante una toma de alimento.
La colocamos a casi dos metros del rincón.
Mora entró.
La encontró.
La tomó entre los dientes.
Y la llevó directamente al lugar que llevaba semanas lamiendo.
Primero lamió la gasa.
Después el suelo.
Finalmente su propia pata izquierda.
La veterinaria nos miró.
—Esto no es aleatorio.
Le pregunté qué significaba.
—Todavía no lo sé.
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