Su cola golpeó el suelo dos veces.
Desenganché la correa.
—De acuerdo. Quédate.
Luna salió disparada.
No hacia la sala común.
No hacia su cama.
No hacia donde guardaban sus juguetes.
Cruzó el vestíbulo y avanzó por el pasillo.
Elena y yo fuimos detrás.
Luna llegó hasta la habitación de doña Teresa.
Se tumbó justo en la entrada.
Teresa estaba leyendo en la cama.
Elena llamó suavemente.
—Doña Teresa, parece que Luna quiere pasar la noche con usted.
Teresa bajó sus lentes.
Miró a Luna.
—Pues que pase. A esta señorita nunca se le niega una visita.
Luna entró.
Pero no saltó sobre la cama.
Caminó hasta el lado derecho y se acostó en el suelo.
Exactamente junto al barandal de la cama.
Apoyó la barbilla sobre las patas.
Y se quedó mirando.
—Creo que ya eligió habitación —dije.
Teresa sonrió.
—Me parece una buena elección.
Me despedí.
Por primera vez en cuatro años conduje a casa sin Luna.
El asiento trasero se veía extrañamente vacío.
Dormí mal.
A las 3:14 de la madrugada sonó mi teléfono.
Era Elena.
Contesté inmediatamente.
—Tomás, siéntate.
Sentí que el estómago se me cerraba.
—¿Qué pasó?
Hubo un breve silencio.
—Luna acaba de evitar que Teresa se lastime gravemente.
Me senté en el borde de la cama.
Elena comenzó a explicarme.
Poco después de las tres, Teresa se había movido mientras dormía.
El barandal derecho de la cama tenía una falla mecánica que nadie había detectado.
Durante varios días había ido cediendo poco a poco.
Aquella madrugada terminó de soltarse.
Teresa comenzó a deslizarse fuera de la cama.
Y Luna estaba exactamente debajo.
El cuerpo de Teresa cayó primero sobre ella.
Luna amortiguó el golpe y evitó que su cabeza y su cadera impactaran directamente contra la estructura metálica.
Después comenzó a ladrar.
Luna casi nunca ladraba dentro de la residencia.
Aquella noche no paró.
El personal llegó corriendo.
Encontraron a Teresa parcialmente apoyada sobre Luna.
Estaba asustada.
Tenía golpes y moretones.
Sus lentes habían terminado debajo de una silla.
Pero estaba consciente.
Y, después de revisarla, comprobaron que no tenía ninguna fractura grave.
Yo apenas podía hablar.
—¿Y Luna?
—Está bien. No se ha separado de ella.
Después Elena me dijo algo que hizo que se me llenaran los ojos de lágrimas.
Habían revisado lo ocurrido.
El barandal llevaba varios días mostrando pequeñas señales de fallo.
Nada suficientemente evidente para alguien que entraba y salía de la habitación durante unos minutos.
Pero Luna pasaba horas allí.
Dormía junto a la cama.
Escuchaba cada sonido.
Olfateaba.
Observaba.
Tal vez había percibido el movimiento.
Tal vez un chirrido.
Tal vez una vibración diferente.
Nunca sabremos exactamente qué detectó.
Lo que sí sabemos es que el martes no quería irse.
El miércoles tampoco.
El jueves lloriqueó.
Y el viernes, cuando por fin la dejamos decidir, caminó directamente a la habitación correcta y se acostó exactamente en el lugar donde Teresa terminaría cayendo.
—Tomás —dijo Elena—. Creo que llevaba tres noches intentando avisarnos.
Me cubrí la cara con una mano.
—Yo la obligué a venir conmigo.
—Seguiste la rutina.
—Tres veces.
—Y la cuarta escuchaste.
No me consoló demasiado.
Yo podía recordar perfectamente aquellos ojos mirándome desde el vestíbulo.
La cola golpeando el suelo dos veces.
El cuerpo resistiéndose a caminar hacia la puerta.
Había creído que yo sabía más porque era el adulto, el encargado, el que tenía las llaves del coche.
A las cinco y media ya estaba conduciendo hacia la residencia.
Cuando entré en la habitación de Teresa, ella estaba sentada en un sillón.
Tenía un moretón grande en una mejilla y una pequeña compresa sobre un codo.
Llevaba unos lentes viejos porque los otros habían quedado torcidos durante la caída.
Y estaba leyendo.
Por supuesto que estaba leyendo.
Luna permanecía acostada a sus pies.
Teresa levantó la vista.
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