Su testamento ordenaba que su pitbull eligiera dueño entre quince motociclistas; el perro ignoró a todos y caminó hacia una moto vacía.
Rayo entró al salón a las dos de la tarde.
Quince hombres estábamos sentados en sillas plegables formando un círculo. Nadie hablaba. Nadie sabía qué hacer con las manos.
Mateo soltó la correa.
Rayo se quedó inmóvil unos segundos.
Después comenzó a caminar.
Yo estaba sentado en la cuarta silla. A mi izquierda estaba Arturo. A mi derecha, Tomás. Los tres habíamos recorrido miles de kilómetros en carretera con Héctor Salgado, el hombre que faltaba en aquella habitación.
Y también el hombre al que Rayo seguía esperando.
Héctor había muerto de un ataque al corazón apenas unas semanas antes.
Tenía cincuenta y ocho años.
Había pasado más de veinte años rodando con nuestro grupo de motociclistas de Guadalajara y durante once había sido quien organizaba las rutas, resolvía discusiones y aparecía cuando alguno necesitaba ayuda.
Para mí había sido mi mejor amigo durante dieciséis años.
Pero para Rayo había sido algo más.
Había sido todo.
Cuando Héctor cayó en la parte trasera de su pequeño taller, Rayo estaba acostado a pocos metros.
No ladró.
No corrió hacia la puerta.
Simplemente caminó hasta donde Héctor había quedado en el suelo, se acostó junto a él y apoyó la cabeza cerca de su brazo.
Permaneció allí durante horas.
Cuando uno de los empleados regresó y pidió ayuda, Rayo seguía exactamente en el mismo lugar.
Después del funeral, Javier Navarro, el hombre que había ayudado a Héctor a preparar sus documentos personales, llegó al local donde solíamos reunirnos.
Llevaba una carpeta bajo el brazo.
Nos sentamos alrededor de una mesa larga.
Éramos quince.
Javier abrió la carpeta.
—Héctor dejó tres instrucciones muy claras.
La primera era sencilla.
Quería que su viejo chaleco de motociclista fuera despedido de manera simbólica y segura, en una pequeña ceremonia privada.
No quería que terminara colgado en una pared acumulando polvo.
Decía que lo había usado durante tantos años que prefería que sus amigos lo recordaran como algo vivido, no como una pieza de museo.
La segunda instrucción tenía que ver con sus cenizas.
Quería que parte de ellas fueran llevadas a un paraje autorizado cerca de una carretera que había recorrido cientos de veces, rumbo a la sierra.
Decía que ese tramo era uno de los pocos lugares donde siempre había sentido la cabeza en paz.
La tercera instrucción era Rayo.
Javier hizo una pausa antes de leerla.
Todos supimos que esa era la parte importante.
Héctor había escrito que no quería discusiones sobre quién se quedaría con su perro.
Tampoco quería que nadie lo aceptara por obligación.
Por eso había decidido algo extraño.
Rayo elegiría.
Debíamos colocar quince sillas formando un círculo. Una para cada uno de nosotros. Después teníamos que llevar al perro al centro y dejarlo caminar libremente.
La persona junto a la que Rayo se acostara sería su nuevo dueño.
Y había una última frase.
Si Rayo no elegía a nadie, nosotros tendríamos que decidir juntos qué hacer.
Pero jamás abandonarlo.
Jamás dejarlo solo.
Porque, según Héctor, Rayo era familia.
Votamos.
Quince manos se levantaron.
Haríamos exactamente lo que había pedido.
Días después cumplimos las dos primeras instrucciones.
Luego llegó el sábado de Rayo.
Colocamos las quince sillas en el salón.
También dejamos una abertura suficientemente grande para que pudiera entrar y salir sin sentirse encerrado.
La silla que Héctor acostumbraba usar permanecía vacía.
Nadie propuso retirarla.
Nadie se sentó allí.
A las dos en punto, Mateo apareció con Rayo.
El perro tenía ocho años.
Era un pitbull fuerte, de pecho ancho, con algunas canas alrededor del hocico y unos ojos cafés que parecían observarlo todo sin prisa.
Desde la muerte de Héctor había estado viviendo con nosotros.
Dormía en una cama improvisada dentro de una pequeña oficina.
Nos turnábamos para alimentarlo y sacarlo a caminar.
Durante los primeros tres días apenas probó comida.
Al cuarto comenzó a comer otra vez.
Pero seguía buscando a Héctor.
Cada vez que escuchaba una motocicleta entrar al patio, levantaba la cabeza.
Cada vez que se abría la puerta del taller, miraba.
Luego volvía a acostarse.
Mateo llevó a Rayo hasta la entrada del círculo.
Soltó la correa.
El perro miró alrededor.
Dio dos pasos.
Se detuvo.
Olfateó el aire.
Entonces comenzó a caminar en sentido de las agujas del reloj.
Primero se acercó a Tomás.
Olfateó su bota.
Tomás extendió una mano.
Rayo siguió adelante.
Después llegó con Arturo.
Lo conocía desde hacía años.
Arturo incluso lo había cuidado varias veces cuando Héctor tenía que salir.
Rayo olfateó sus pantalones.
Continuó caminando.
Uno por uno.
Quince hombres.
Quince posibilidades.
A cada uno nos dedicó unos cuantos segundos.
Cuando llegó frente a mí, sentí un nudo en el estómago.
No sabía si quería que me eligiera.
Parte de mí sí.
Otra parte pensaba que sería incapaz de ocupar el lugar de Héctor.
Rayo se acercó.
Olfateó mi mano.
Me miró.
Luego siguió caminando.
Terminó la vuelta completa.
Nadie había sido elegido.
Entonces ocurrió algo que ninguno esperaba.
Rayo caminó hacia la silla vacía.
La silla de Héctor.
Olfateó el asiento.
Después se sentó frente a ella.
Levantó la cabeza.
Se quedó mirando la silla durante varios segundos.
Su cola no se movió.
Nadie dijo una palabra.
Rayo se levantó.
Volvió a mirarnos.
Y entonces salió del círculo.
Caminó entre dos sillas.
Atravesó la puerta del salón.
Siguió por el pasillo.
Entró al taller.
Nosotros comenzamos a seguirlo, pero mantuvimos cierta distancia.
Rayo pasó junto a las herramientas.
Pasó junto a las estanterías.
Atravesó la puerta abierta del taller y salió al patio de grava.
Al fondo, junto a una cerca, estaba la motocicleta de Héctor.
Roja.
Grande.
Vieja.
Había recorrido más de trescientos mil kilómetros.
Durante años, Héctor prácticamente había vivido sobre aquella máquina.
Y en la parte trasera había un pequeño asiento especial que él mismo había fabricado para Rayo.
No era elegante.
Tenía cuero gastado, costuras gruesas y varias marcas del uso.
Pero Rayo había viajado allí durante años.
Héctor delante.
Rayo detrás.
Siempre juntos.
Desde la muerte de Héctor nadie había tocado la motocicleta.
Rayo caminó directamente hacia ella.
Se detuvo.
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