Miró el asiento trasero.
Intentó subir.
No pudo.
Lo intentó otra vez.
Falló.
A la tercera consiguió impulsarse lo suficiente.
Subió.
Dio una vuelta sobre sí mismo.
Y se acostó.
Apoyó la cabeza sobre el cuero.
Entonces nos miró.
Arturo estaba a mi lado.
Era un hombre grande, de sesenta y tantos años, de esos que rara vez muestran lo que sienten.
Ese día habló con una voz que casi no reconocí.
—Carlos… ya eligió.
Negué con la cabeza.
—No eligió a ninguno de nosotros.
Arturo siguió mirando al perro.
—Exactamente.
Nos quedamos allí.
Quince hombres adultos parados en un patio de grava observando a un perro acostado sobre el asiento de una motocicleta que ya nunca volvería a salir a carretera.
Pasaron varios minutos.
Finalmente Arturo caminó hacia Rayo.
Puso una mano sobre el tanque de la motocicleta.
Con la otra acarició lentamente el cuello del perro.
—Hola, compañero.
Rayo levantó la cabeza.
Golpeó dos veces la cola contra el asiento.
Arturo respiró hondo.
Luego se volvió hacia nosotros.
—Héctor no estaba sentado en ese círculo.
Miró de nuevo la motocicleta.
—Pero para Rayo sigue estando aquí.
Aquella tarde volvimos al salón.
Teníamos un problema.
El testamento decía que Rayo debía elegir a uno de nosotros.
Pero Rayo había dado su respuesta.
Solo que su respuesta no era una persona.
Discutimos durante casi una hora.
No hubo gritos.
No hubo peleas.
Todos queríamos lo mismo.
Que Rayo estuviera bien.
Finalmente Tomás hizo una propuesta.
—¿Por qué tiene que pertenecerle a uno?
Lo miramos.
—Puede quedarse aquí.
Nadie respondió inmediatamente.
Tomás continuó.
—Este lugar también era de Héctor. Rayo conoce cada rincón. Nos conoce a todos. Si no quiere elegir entre nosotros, quizá no tengamos que obligarlo.
Votamos.
Quince a cero.
Rayo no tendría un nuevo dueño.
Tendría quince personas responsables de él.
Viviría en nuestro local.
Tendría una cama permanente dentro de la oficina.
Podría entrar al taller.
Podría salir al patio.
Y, mientras fuera seguro, tendría acceso a la motocicleta de Héctor.
Creamos un calendario.
Cada uno tendría días asignados.
Uno compraría alimento.
Otro se encargaría de las consultas veterinarias.
Otro de los paseos.
Otro limpiaría su espacio.
Pero todos seríamos responsables.
También decidimos algo más.
La motocicleta no se vendería.
No volvería a circular.
Se quedaría en aquel lugar.
Tomás fabricó una pequeña placa de madera.
No puso grandes frases.
Solo el nombre de Héctor, sus años con nosotros y una línea sencilla:
Rayo eligió este lugar. Nosotros respetamos su elección.
La colocamos detrás de la motocicleta.
Desde entonces, casi todas las mañanas Rayo sale al patio.
Camina hasta la moto.
Algunos días sube.
Otros simplemente se sienta al lado.
Cuando quiere subir, todavía necesita varios intentos.
Ya no tiene la agilidad de cuando era joven.
Pero nadie lo ayuda inmediatamente.
Aprendimos que parece gustarle hacerlo por sí mismo.
Cuando consigue subir, gira una vez.
Luego se acuesta.
A veces permanece allí diez minutos.
A veces dos horas.
Después vuelve al interior como si nada hubiera pasado.
Así vivió durante meses.
No fue adoptado por una persona.
Pero tampoco volvió a estar solo.
Dos semanas después de aquella ceremonia fui a ver a Javier.
Necesitaba preguntarle algo.
—¿Te sorprendió lo que hizo Rayo?
Javier tenía casi ochenta años y había conocido a Héctor durante mucho tiempo.
Me miró.
—No.
Pensé que estaba bromeando.
—¿Cómo que no?
Javier abrió una carpeta.
—Porque Héctor también pensaba que podía pasar.
Me quedé callado.
Entonces Javier me explicó algo que ninguno de nosotros sabía.
Tres meses antes de morir, Héctor había pedido modificar una pequeña parte de sus instrucciones.
Fue cuando añadió aquella frase:
“Si Rayo no elige a nadie, decidan juntos.”
Javier le había preguntado por qué.
La respuesta de Héctor fue sencilla.
—Tengo la sensación de que Rayo no va a escoger.
—¿Por qué?
Héctor se quedó pensando.
Haz clic en el botón de abajo para leer la siguiente parte de la historia.






