Creí que la historia de Carmen había terminado con aquella fotografía junto a mi espejo.
Me equivocaba.
Tres meses después de su muerte, Laura regresó a mi peluquería con una caja de cartón entre los brazos y una petición que cambiaría para siempre la forma en que yo entendía mi trabajo.
Era un martes por la mañana.
No había ninguna clienta en ese momento. Yo estaba barriendo unos mechones de cabello junto al segundo sillón cuando escuché la campanilla de la puerta.
Laura entró despacio.
La reconocí de inmediato, aunque solo la había visto en la fotografía de la boda. Llevaba vaqueros, una camisa blanca y el cabello recogido de cualquier manera.
En sus manos sostenía una caja pequeña, cerrada con una cuerda fina.
—Espero no molestarte —dijo.
—Claro que no.
Dejé la escoba apoyada contra la pared.
Laura miró hacia el espejo.
La fotografía de Carmen seguía allí, dentro del marco sencillo que ella misma me había entregado. En la imagen, su abuela aparecía con el vestido lila, el cabello blanco formando ondas suaves y la horquilla de perlas sobre la oreja derecha.
Laura se acercó y rozó el marco con los dedos.
—Mi madre todavía no puede mirar esta foto sin llorar.
—Lo siento.
—No. No lo sientas.
Se volvió hacia mí.
—Llora porque la echa de menos. Pero también porque esta es la última imagen que tenemos de ella estando realmente feliz.
Guardamos silencio unos segundos.
Después dejó la caja sobre el mostrador.
—Encontramos esto mientras vaciábamos su casa.
Desató la cuerda y levantó la tapa.
Dentro había fotografías antiguas, un dedal, varios carretes de hilo, unas tijeras pequeñas y un cuaderno de tapas verdes muy gastadas.
También había un sobre con mi nombre.
No el nombre de la peluquería.
Mi nombre.
—No entiendo —dije.
—Mi abuela lo escribió la noche después de mi boda.
Sentí un nudo en el estómago.
Tomé el sobre, pero no me atreví a abrirlo inmediatamente. Reconocí la letra temblorosa de Carmen, la misma con la que había escrito su dirección en la ficha de clienta.
Laura se sentó en una de las sillas de espera.
—Puedes leerlo —me dijo—. Creo que ella quería que lo hicieras.
Abrí el sobre con cuidado.
Dentro había una hoja doblada por la mitad.
“Querida Ana:
Esta tarde mi nieta me ha mirado como me miraba cuando era una niña. No ha visto una enferma. No ha visto una despedida. Ha visto a su abuela.
Tú me dijiste que la mujer que yo era nunca se había ido. Creo que tenías razón.
No sé cuánto tiempo me queda, pero hoy he vuelto a sentirme viva. He podido caminar hasta mi asiento, abrazar a Laura y sonreír para las fotografías sin preocuparme por dar pena.
Gracias por tratarme como a una mujer y no como a una enfermedad.
Guarda la moneda de un euro. Así podré decir, dondequiera que vaya, que pagué mi última visita a la peluquería.
Carmen.”
Tuve que dejar de leer.
Me llevé una mano a la boca y miré hacia el mostrador.
La moneda seguía allí.
La había guardado en una pequeña caja de madera, junto a las horquillas y los botones que algunas clientas olvidaban. Nunca había querido gastarla.
Laura se levantó y se colocó a mi lado.
—Hay algo más —dijo.
Sacó el cuaderno verde de la caja.
—Mi abuela escribía listas para todo. La compra, los cumpleaños, las citas médicas… hasta apuntaba cuándo había que cambiar las sábanas.
Sonrió con tristeza.
—Pero las últimas páginas no son listas.
Abrió el cuaderno casi al final.
Había nombres de mujeres escritos uno debajo de otro.
Teresa.
Pilar.
Amalia.
Rosario.
Mercedes.
Junto a cada nombre aparecía una pequeña nota.
“Vive sola.”
“No sale desde que murió su marido.”
“Le da vergüenza que la vean sin pañuelo.”
“Su hijo se casa en septiembre.”
“Dice que ya no merece arreglarse.”
Levanté la mirada.
—¿Quiénes son?
—Amigas, vecinas y mujeres que conoció en el centro de salud. Algunas están enfermas. Otras simplemente son mayores y casi no salen de casa.
Laura pasó la página.
En la parte superior, Carmen había escrito una frase:
“Tal vez Ana pueda recordarles quiénes son.”
Sentí que las piernas me fallaban.
Me senté en el sillón donde había peinado a Carmen.
—Tu abuela solo vino aquí una vez.
—A veces una vez es suficiente.
Miré los nombres de aquellas mujeres.
Había diecisiete.
Mi primera reacción fue pensar en el tiempo.
En el alquiler.
En las facturas.
En las citas que tendría que cancelar si empezaba a atender gratuitamente a cada persona que apareciera con una historia triste.
Me avergüenza reconocerlo, pero eso fue lo primero que pensé.
Luego miré la fotografía.
Carmen estaba sonriendo desde la primera fila de la sala de ceremonias.
No parecía pedirme que salvara a nadie.
Solo que no trabajara con los ojos cerrados.
—No puedo prometer que atenderé a todas —dije.
—Mi abuela tampoco esperaba eso.
Laura cerró el cuaderno.
—Solo quería dejarte los nombres. Por si algún día podías hacer algo.
Antes de marcharse, sacó un pequeño objeto del bolsillo.
Era la horquilla de perlas.
—Estaba sobre su mesita de noche —dijo—. Mi madre pensó que debía conservarla yo, pero creo que pertenece aquí.
—Laura, es de tu abuela.
—Precisamente.
La colocó al lado de la fotografía.
—Aquí puede seguir haciendo su trabajo.
Aquella noche apenas dormí.
Pensé en Carmen.
Pensé en las diecisiete mujeres del cuaderno.
También pensé en mi madre.
Vivía a cuarenta minutos en autobús y llevaba casi dos meses sin visitarla. Hablábamos por teléfono los domingos, normalmente mientras yo doblaba toallas o limpiaba los cepillos.
Siempre encontraba una excusa.
Mucho trabajo.
Cansancio.
La peluquería.
Mi madre tenía setenta y seis años y todavía se valía por sí misma, pero últimamente repetía las cosas y se cansaba al subir las escaleras.
Yo le preguntaba si había tomado sus pastillas.
Si había comprado comida.
Si necesitaba que la acompañara al médico.
Nunca le preguntaba cuándo había sido la última vez que se había sentido guapa.
Al día siguiente llamé a Laura.
—Voy a empezar por una —le dije.
—¿Por cuál?
Miré la primera página del cuaderno.
—Teresa.
Teresa tenía setenta y nueve años y vivía en un tercero sin ascensor, a pocas calles de la peluquería.
Había perdido a su marido el año anterior. Desde entonces, según la nota de Carmen, solo salía para comprar pan y acudir a sus revisiones médicas.
Laura habló con ella.
Al principio se negó.
Dijo que no necesitaba un peinado, que no iba a ninguna parte y que gastar champú en ella era una tontería.
Al final aceptó porque Laura le dijo que Carmen ya había dejado la cita medio organizada.
Teresa apareció un jueves por la tarde.
Era baja, de hombros anchos y llevaba un abrigo marrón demasiado grueso para la época del año. Tenía el cabello gris recogido en un moño pequeño y apretado.
Entró mirando el suelo.
—Vengo porque Carmen era muy pesada —anunció.
—Eso me han dicho.
—Y no quiero nada moderno.
—No sabría hacerle nada moderno aunque me lo pidiera.
Me miró por primera vez.
—Mientes muy mal.
—También me lo han dicho.
Se sentó frente al espejo.
Cuando le quité las horquillas, su cabello cayó por los hombros. Era mucho más largo de lo que parecía.
—Mi marido me lo cepillaba algunas noches —dijo de repente—. Sobre todo cuando me dolían las manos.
No respondí.
Solo empecé a desenredarlo con cuidado.
Teresa habló durante casi una hora.
Me contó que su marido se llamaba Julián y que había trabajado toda su vida arreglando persianas. Le gustaban los documentales de animales, quemaba siempre la primera tortilla y guardaba monedas antiguas en una lata de galletas.
—Desde que murió, no he vuelto a soltarme el pelo —dijo.
—¿Por qué?
—Porque era él quien decía que me quedaba bien.
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