Liberó a un pitbull encadenado durante ocho años, pero lo que hizo el perro después la hizo llorar

Cerré la puerta.

Subí al volante.

Cuando miré por el espejo, Roble estaba viendo por la ventana.

La parte de la cadena que seguía unida al collar descansaba sobre el asiento.

Arranqué.

Durante todo el trayecto hacia la cabecera municipal, no ladró ni lloró.

Solo observó.

Casas.

Personas.

Tiendas pequeñas.

Motocicletas.

Otros perros caminando junto a sus familias.

Todo pasaba frente a la ventana.

Para cualquiera era un trayecto normal.

Para Roble era un mundo entero.

Al llegar a la clínica veterinaria, bajé de la camioneta.

Le coloqué una correa suave y lo ayudé a salir.

Cuando sus patas tocaron el estacionamiento, algo dentro de mí se rompió.

Me senté en la defensa trasera.

Roble se sentó inmediatamente frente a mí.

Su hombro volvió a tocar mi pierna.

Saqué el teléfono.

Llamé a Teresa.

—¿Valeria?

Intenté hablar.

No pude.

Ella escuchó mi respiración.

—¿Estás bien?

—Sí.

Tragué saliva.

—Tengo un perro conmigo. Estuvo encadenado ocho años.

Teresa guardó silencio.

—Habla cuando puedas. Estoy aquí.

Durante varios minutos prácticamente no dije nada.

Solo lloré.

Ella permaneció en la línea.

Roble permaneció junto a mi pierna.

Finalmente conseguí contarle todo.

El árbol.

La cadena.

El collar.

Camila.

Los once minutos en la tierra.

Cuando terminé, Teresa volvió a quedarse en silencio.

Después dijo:

—Llevo más de veinte años haciendo esto.

Esperé.

—He soltado muchos perros de cadenas. Algunos corren. Algunos se esconden. Algunos tienen tanto miedo que necesitas horas para acercarte.

Hizo otra pausa.

—Nunca he tenido uno que venga directamente a poner la cabeza sobre mis piernas.

Miré a Roble.

Seguía sentado frente a mí.

—¿Qué significa?

Teresa respondió:

—No sé si tiene una explicación perfecta. Pero ese perro tomó una decisión contigo.

Yo me limpié la cara.

—¿Y ahora qué hago?

—Ahora entras. Le quitan ese collar. Lo atienden. Haces tu trabajo. Después hablamos.

Pensé que terminaría ahí.

Pero añadió:

—Y, Valeria…

—¿Sí?

—No dejes que cualquiera se lo lleve cuando llegue el momento.

—Teresa…

—Ese perro ya eligió.

Entré en la clínica.

La veterinaria que lo recibió se llamaba doctora Elena.

Tenía 48 años y llevaba muchos años atendiendo animales rescatados.

Se arrodilló frente a Roble.

Dejó que oliera su mano.

Roble le dio una pequeña lamida en la muñeca.

Entonces ella examinó el collar.

Su expresión cambió.

—Voy a tener que sedarlo para retirarlo.

Me explicó que había tejido dañado debajo del cuero y que sería necesario limpiar bien la herida.

También quería revisar sus caderas, hacer análisis y tratarlo lentamente porque estaba demasiado delgado.

—No podemos darle toda la comida que quiera de golpe —me explicó—. Su cuerpo necesita acostumbrarse.

Roble tendría que quedarse varios días.

Necesitaría antibióticos.

Tratamiento para parásitos.

Revisiones dentales.

Haz clic en el botón de abajo para leer la siguiente parte de la historia. 

Scroll al inicio