Llegó a una cita a ciegas con su bebé en brazos, y todos esperaban que aquel hombre se marchara

Llegó a una cita a ciegas con su bebé de siete meses. Todos esperaban que aquel empresario se levantara y se fuera.

Cuando la vi entrar en la cafetería con una bebé en brazos, entendí de inmediato que aquella tarde no iba a salir como había imaginado.

Yo tenía 57 años.

Ella parecía poco mayor de treinta.

Y la niña que cargaba sobre el pecho no dejaba de mirar todo con unos ojos enormes y curiosos.

La mujer recorrió el lugar con nerviosismo hasta encontrarme junto a una ventana.

Se acercó despacio.

—¿Ricardo Salgado?

Me levanté.

—Sí. Tú debes ser Daniela.

Ella asintió, ajustando a la pequeña sobre su brazo.

—Lo siento muchísimo. Sé que esto es muy incómodo. La persona que iba a cuidar a Sofía canceló hace una hora. Intenté avisarte, pero Elena me dijo que ya habías salido.

Después bajó la mirada.

—Si prefieres irte, lo entiendo.

Varias personas de las mesas cercanas nos observaban.

Algunos intentaban disimular.

Otros ni siquiera lo intentaban.

Una mujer joven llegando con una bebé a una cita con un hombre mucho mayor llamaba la atención.

Yo también sabía cómo se veía desde fuera.

Nueve años antes de contar esta historia, mi vida podía resumirse fácilmente con palabras que a mucha gente le habrían parecido envidiables.

Había fundado una empresa de desarrollo de software cuando apenas pasaba de los veinte años.

Después de tres décadas de trabajo, aquella pequeña empresa se había convertido en un negocio enorme, con cientos de empleados y clientes en distintos países.

Tenía un departamento amplio en una torre privada de Querétaro.

Tenía una casa para descansar algunos fines de semana.

Tenía coches que durante años había deseado comprar.

Había aparecido en revistas de negocios, participado en conferencias y pasado incontables horas sentado frente a personas que querían invertir, vender o negociar conmigo.

Desde fuera, parecía que había ganado.

La verdad era bastante distinta.

Me había divorciado dos veces.

Mi primer matrimonio terminó porque mi esposa se cansó de competir contra mi trabajo.

El segundo duró más, pero acabó prácticamente por la misma razón.

Yo siempre tenía una llamada pendiente.

Una reunión.

Un vuelo.

Un problema que, según yo, no podía esperar hasta el día siguiente.

Nunca tuve hijos.

A los veintitantos estaba convencido de que formar una familia podía esperar.

A los treinta decía que todavía tenía tiempo.

A los cuarenta ya estaba demasiado acostumbrado a vivir solo.

Cuando finalmente comencé a preguntarme si había cometido un error, mi vida estaba construida de una manera que parecía imposible de cambiar.

Mis padres habían muerto años atrás.

Con mis hermanos mantenía una relación cordial, pero distante.

Nos felicitábamos en los cumpleaños.

Nos enviábamos mensajes en Navidad.

Poco más.

Yo había pasado décadas construyendo algo que creía que me haría sentir completo.

Y a los 57 años regresaba cada noche a un departamento silencioso donde nadie esperaba que abriera la puerta.

Mi asistente, Elena, llevaba meses diciéndomelo.

—Necesitas conocer gente fuera de la oficina.

Yo me reía.

—Conozco gente todos los días.

—Conoces abogados, proveedores, clientes y empleados. No es lo mismo.

Elena tenía casi mi edad y llevaba trabajando conmigo más de quince años.

Era una de las pocas personas que podía decirme ciertas cosas sin que yo intentara cambiar de tema.

—Todavía puedes compartir tu vida con alguien, Ricardo.

—Ya tuve dos oportunidades.

—Dos matrimonios que no funcionaron no significan que tengas que pasar el resto de tu vida cenando solo.

Normalmente respondía con alguna excusa.

Hasta un lunes después de pasar prácticamente todo el fin de semana sin hablar con nadie.

El sábado había salido únicamente para comprar algunas cosas.

El domingo comí solo.

Por la noche me senté frente al enorme ventanal del departamento y descubrí que no tenía ganas de encender la televisión, trabajar ni llamar a nadie.

El lunes, Elena volvió a mencionar el asunto.

Esta vez no me defendí.

—Quizá tengas razón.

Su cara cambió inmediatamente.

—Conozco a alguien.

Me arrepentí de haber hablado.

—Eso ha sido demasiado rápido.

—La hija de una vecina. Se llama Daniela Mendoza. Es una buena mujer. Ha pasado por una etapa difícil.

—¿Qué edad tiene?

—Treinta y uno.

La miré.

—Elena.

—No empieces.

—Le llevo veintiséis años.

—Entonces pueden tomar un café y descubrir que no tienen nada en común. No te estoy pidiendo que te cases con ella.

Eso me hizo reír.

Finalmente acepté.

Elena organizó el encuentro para el sábado, en una cafetería tranquila del centro.

Yo llegué quince minutos antes, como hacía con todo.

Pedí café y esperé.

A las dos en punto apareció Daniela.

Con Sofía.

Y ahora estaba frente a mí esperando que decidiera si aquella complicación inesperada era suficiente para marcharme.

Una versión más joven de mí probablemente lo habría hecho.

A los treinta o cuarenta años, habría pensado primero en la incomodidad.

En la mala organización.

En lo que otros podían pensar.

Pero a los 57 ya había perdido suficientes cosas importantes por colocar la comodidad por encima de las personas.

Así que señalé la silla.

—Siéntate.

Daniela me miró sorprendida.

—¿De verdad?

—Claro.

—No tienes que hacerlo por educación.

—No lo hago por educación. Tienes una bebé. Surgió un problema. Eso pasa.

Por primera vez desde que había entrado, sonrió.

Se sentó frente a mí.

—Ella es Sofía.

La niña llevaba un pequeño vestido azul claro y tenía siete meses.

—Hola, Sofía.

La bebé me observó con expresión seria.

Daniela soltó una pequeña risa.

—Está analizándote.

—Espero aprobar.

Aquello rompió un poco la tensión.

Pedimos algo de comer.

Mientras esperábamos, Daniela decidió aclarar lo que seguramente esperaba que fuera mi primera pregunta.

—Sí, soy madre soltera.

—Elena me comentó algo.

—¿También te contó por qué?

Negué con la cabeza.

Daniela acarició la espalda de Sofía.

—El padre se fue cuando yo estaba embarazada de cinco meses.

No había dramatismo en su voz.

Precisamente por eso me golpeó más.

—Dijo que no estaba preparado. Que todo había ocurrido demasiado rápido. Después dejó de llamar.

Guardó silencio unos segundos.

—Desde entonces, somos ella y yo.

—Lo siento.

—Yo también lo sentí durante mucho tiempo.

Miró a Sofía.

La niña intentaba alcanzar una servilleta.

Daniela la apartó antes de que pudiera metérsela en la boca.

—Pero después nació esta pequeña y las cosas cambiaron. No digo que sea fácil. Hay días terribles. Pero no cambiaría a Sofía por recuperar aquella relación.

La manera en que miraba a su hija hizo que algo dentro de mí se moviera.

No sabía exactamente qué.

Quizá tristeza por algo que nunca había tenido.

Quizá admiración.

Quizá envidia.

Sofía extendió una mano.

Yo tenía los dedos apoyados sobre la mesa.

La niña agarró mi índice.

Su mano era tan pequeña que apenas podía rodearlo.

Pero apretó con fuerza.

—Vaya.

Daniela sonrió.

—Eso es buena señal.

—¿Sí?

—Normalmente tarda mucho en aceptar a desconocidos.

Moví ligeramente el dedo.

Sofía siguió el movimiento con la mirada.

Cuando llegó la comida comprendí otro problema.

Daniela intentaba comer mientras sostenía a su hija.

Tomaba un bocado.

Acomodaba a Sofía.

Recogía una cuchara.

Evitaba que la bebé tirara un vaso.

Volvía a tomar otro bocado.

La escena se repetía.

—¿Haces esto todos los días?

Daniela se rio.

—Prácticamente.

—Dámela.

Dejó de comer.

—¿Qué?

—A Sofía.

Me miró como si hubiera entendido mal.

—¿Quieres cargarla?

—Si tú estás de acuerdo.

—No tienes que hacerlo.

—Daniela, llevas diez minutos intentando comer tres cucharadas. Yo ya terminé casi la mitad de mi plato.

Ella observó a su hija.

Después me miró a mí.

—¿Sabes cargar bebés?

—Tengo sobrinos. Eran pequeños hace muchos años, pero supongo que los principios básicos no han cambiado.

Se rio.

Finalmente se levantó y colocó a Sofía en mis brazos con muchísimo cuidado.

Esperé que llorara.

No lo hizo.

La pequeña se acomodó contra mi pecho y volvió a observarme.

Durante unos segundos permaneció completamente seria.

Después sonrió.

Una sonrisa sin dientes, enorme y absurda.

No estaba preparado para lo que sentí.

Hacía mucho tiempo que nadie confiaba en mí de aquella manera.

En los negocios, cada relación tenía condiciones.

Cada conversación tenía un objetivo.

Cada favor podía convertirse en una negociación.

Sofía no sabía cuánto dinero tenía.

No sabía dónde vivía.

No sabía cuántas personas trabajaban para mí.

Solamente sabía que unos brazos la estaban sosteniendo.

Agarró mi corbata e intentó llevársela a la boca.

—Eso no se come —le dije.

Daniela soltó una carcajada.

—Para ella, todo se come.

Le ofrecí mi dedo.

Sofía volvió a agarrarlo.

Daniela empezó finalmente a comer con las dos manos.

Y entonces hablamos.

De verdad.

Me contó que antes del embarazo había estudiado enfermería.

Quería trabajar con niños.

Después de quedarse sola tuvo que interrumpir los estudios y buscar empleo de tiempo completo.

Trabajaba como recepcionista en una pequeña clínica.

Ganaba lo suficiente para pagar un departamento modesto, la guardería durante sus horas laborales, comida, transporte y recibos.

Pero casi nunca quedaba nada al final del mes.

—Estoy intentando ahorrar para terminar enfermería —me explicó—, pero cada vez que junto un poco aparece algo.

Miró a Sofía.

—Una consulta, ropa nueva porque crece demasiado rápido, algún gasto de la guardería…

—Debe ser agotador.

Daniela soltó el aire lentamente.

—Lo es.

Se quedó mirando su plato.

—A veces llego a casa y tengo ganas de sentarme en el suelo y no moverme durante una hora. Pero ella necesita cenar, bañarse, dormir. Así que sigues.

—Eso requiere mucha fuerza.

Negó con la cabeza.

—La gente siempre dice eso. “Qué fuerte eres”. Yo no me siento fuerte.

Levantó los ojos.

—Me siento cansada.

Aquella respuesta me pareció más sincera que cualquier conversación que había tenido en meses.

Sofía comenzó a relajarse en mis brazos.

Haz clic en el botón de abajo para leer la siguiente parte de la historia. 

Scroll al inicio