Llegó más de una hora tarde a su cita de Nochebuena con su hijo… y él hizo algo inesperado

Llegó más de una hora tarde a su cita de Nochebuena, con su hijo de la mano… y él decidió no marcharse.

Nicolás Herrera miró su reloj por tercera vez.

Las ocho de la noche.

La silla frente a él seguía vacía.

Ya había pedido una copa y estaba a punto de llamar al mesero para pedir la cuenta cuando vio abrirse la puerta del restaurante.

Una mujer entró casi corriendo.

Llevaba el cabello revuelto, el abrigo mal cerrado y una expresión de angustia imposible de ocultar.

Pero eso no fue lo que sorprendió a Nicolás.

La mujer sostenía de la mano a un niño de unos cinco años.

El pequeño llevaba una chamarra roja ligeramente corta de mangas y apretaba contra el pecho un pequeño tren de madera.

La mujer habló deprisa con la recepcionista.

Después miró hacia la mesa de Nicolás.

Y su rostro cambió.

Era ella.

Sofía Mendoza.

La mujer con la que su hermana Catalina había insistido durante semanas en que debía salir.

Nicolás se puso de pie.

Sofía caminó hacia él con el niño detrás.

Tenía los ojos enrojecidos.

Parecía haber llorado.

—¿Nicolás Herrera?

—Sí.

Sofía tragó saliva.

—Soy Sofía. Lo siento muchísimo. Sé que llego terriblemente tarde. Entenderé perfectamente si ya no quieres cenar conmigo, pero necesito explicarte lo que pasó.

Nicolás miró al niño.

Luego volvió a mirarla.

—Siéntate primero.

Sofía parpadeó, sorprendida.

Nicolás sacó una silla para ella y otra para el pequeño.

El niño lo observó con enormes ojos cafés.

—Mi mamá estaba llorando —dijo de pronto—. La señora que iba a cuidarme no pudo venir y luego el coche tampoco quiso prender.

Sofía cerró los ojos un segundo.

—Mateo, cariño…

—Y tuvimos que venir en dos autobuses —continuó el niño.

Nicolás tuvo que contener una sonrisa.

—Creo que Mateo acaba de resumir la situación bastante bien.

Sofía se llevó una mano a la frente.

—Lo siento. De verdad.

Se dejó caer en la silla como si llevara horas sosteniéndose solamente por voluntad.

Nicolás llamó al mesero.

Pidió chocolate caliente para Mateo y agua para Sofía.

Ella quiso protestar, pero él levantó ligeramente una mano.

—Primero respira. Después me explicas.

Sofía lo miró en silencio.

Había vergüenza en sus ojos.

Pero también un agotamiento mucho más profundo.

El cansancio de alguien que llevaba demasiado tiempo resolviendo sola todos los problemas.

—La señora que normalmente cuida a Mateo me avisó esta tarde que su hija estaba enferma —explicó Sofía—. Intenté encontrar a otra persona, pero es Nochebuena. Todo el mundo tenía planes.

Nicolás asintió.

—Luego mi coche no arrancó. Otra vez.

Se rio, aunque no había nada divertido en aquella risa.

—Pensé en cancelar. Debí hacerlo. Pero Catalina ha sido muy buena conmigo y me dijo que tú también habías aceptado venir a pesar de que no te gustan mucho las citas a ciegas.

—Eso es verdad.

—Así que pensé que sería peor dejarte esperando sin aparecer. No podía pagar un transporte particular hasta aquí, así que traje a Mateo en autobús.

Sofía bajó la mirada.

—Fue una mala idea.

—¿Por qué?

—Porque llegué más de una hora tarde. Traje a mi hijo a una cita. Estoy agotada, probablemente tengo el maquillaje corrido y seguramente acabas de pasar la peor Nochebuena de tu vida.

Mateo levantó la vista.

—Mamá, tengo hambre.

Sofía dejó escapar un suspiro de derrota.

—Nos vamos.

Empezó a levantarse.

Nicolás también se puso de pie.

—No.

Ella se quedó inmóvil.

—¿No?

—No se van.

Sofía lo miró como si no hubiera escuchado bien.

—Vinieron hasta aquí en dos autobuses. Por lo menos cenemos.

—Nicolás, no tienes que hacer esto.

—Lo sé.

—Esto no era lo que esperabas.

—Definitivamente no.

Ella bajó la cabeza.

Entonces Nicolás sonrió.

—Pero tampoco es la peor primera cita que he tenido.

Mateo sonrió también, aunque no entendía del todo la conversación.

—¿Podemos pedir papas?

Sofía lo miró.

Después miró a Nicolás.

Finalmente volvió a sentarse.

—Solo algo rápido.

—De acuerdo.

Aquella cena debía durar cuarenta minutos.

Terminó durando casi tres horas.

Mateo pidió tiras de pollo con papas y organizó cuidadosamente cada pieza de comida por tamaño antes de empezar a comer.

Sofía pidió pasta.

Apenas la tocó.

Al principio contestaba las preguntas de Nicolás con frases cortas, como si temiera decir demasiado.

Pero poco a poco comenzó a relajarse.

Tenía treinta y tres años.

Vivía sola con Mateo en un pequeño departamento al sur de Chihuahua.

El padre del niño se había marchado durante el embarazo.

No volvió.

Dejó detrás algunas deudas, cuentas pendientes y un contrato de renta que Sofía no podía pagar sola.

Ella había tenido que mudarse.

Vendió casi todo lo que tenía.

Consiguió trabajo desde casa preparando transcripciones y documentos médicos para pequeños consultorios.

El sueldo apenas alcanzaba.

Por eso aceptaba trabajo extra casi todas las semanas.

—Hay meses mejores —dijo—. Y otros en los que simplemente haces cuentas y esperas que nada se rompa.

Nicolás miró hacia la entrada del restaurante.

—Como el coche.

Sofía soltó una pequeña carcajada.

—Exactamente como el coche.

Había conocido a Catalina en un centro comunitario.

La hermana de Nicolás colaboraba allí impartiendo clases gratuitas de ejercicio y relajación para mujeres de la zona.

Sofía había comenzado a asistir porque necesitaba salir de casa al menos una hora por semana.

Acabaron haciéndose amigas.

Un día Catalina descubrió que Sofía no había tenido una cita desde antes de que naciera Mateo.

Aquello fue suficiente.

—Tu hermana decidió que mi vida sentimental se había convertido en una emergencia nacional —dijo Sofía.

Nicolás se rio.

—Eso suena exactamente como Catalina.

—Me habló de ti durante semanas.

—Espero que no haya contado demasiadas cosas.

—Dijo que eras inteligente. Trabajador. Responsable.

Sofía levantó una ceja.

—Y demasiado terco.

—Esa parte también es cierta.

—También dijo que eras buena persona.

Nicolás bajó la mirada hacia su copa.

Por alguna razón, aquel comentario le incomodó más que los demás.

Sofía lo notó.

—¿Qué pasa?

—Nada.

—No pareces convencido.

Nicolás tardó unos segundos en responder.

—Digamos que he pasado los últimos quince años aprendiendo a dirigir empresas. No necesariamente a ser una buena persona.

Sofía sonrió suavemente.

—Pues hoy no vas tan mal.

Aquellas palabras lo sorprendieron.

Nicolás tenía cuarenta y un años.

Había fundado una firma de consultoría tecnológica que comenzó con tres empleados y ahora tenía varias oficinas en el país.

Tenía dinero.

Mucho más del que necesitaba.

Un departamento enorme.

Un coche caro.

Inversiones.

Viajes.

Todo lo que, a los veinticinco años, había imaginado que significaba tener éxito.

Pero cada diciembre ocurría lo mismo.

Entraba en casa.

Encendía las luces.

Y no había nadie.

Cinco años antes había terminado una relación que pensó que acabaría en matrimonio.

Desde entonces había salido con algunas mujeres.

Nunca funcionaba.

Algunas se sentían intimidadas cuando descubrían cuánto dinero tenía.

Otras se interesaban demasiado precisamente por eso.

Con el tiempo, Nicolás había dejado de intentarlo.

Trabajaba.

Volvía a casa.

Trabajaba un poco más.

Catalina decía que su hermano había construido una vida llena de cosas para no tener que reconocer que estaba vacía de personas.

Nicolás siempre se burlaba de ella.

Esa noche, mirando a Sofía cortar la comida de Mateo mientras escuchaba atentamente al niño contar una historia interminable sobre locomotoras, comenzó a pensar que quizá Catalina tenía razón.

—¿Y tú? —preguntó Sofía—. ¿Por qué aceptaste esta cita?

—Mi hermana no acepta fácilmente un no.

—Eso ya lo sé.

—Y porque…

Nicolás dudó.

Sofía esperó.

—Porque estaba cansado de cenar solo.

Ella no se rio.

Eso fue lo que más le gustó.

Simplemente asintió.

—Yo también estoy cansada de hacer muchas cosas sola.

Después se quedó en silencio.

Pareció arrepentirse inmediatamente de haberlo dicho.

Nicolás no la presionó.

Mateo levantó uno de sus trozos de pollo.

—Este parece un tren.

Los dos adultos comenzaron a reír.

La tensión desapareció.

Más tarde, Sofía habló de su vida con más libertad.

Contó que trabajaba muchas veces sesenta horas por semana.

Compraba buena parte de su ropa usada.

Buscaba juguetes para Mateo en mercados de segunda mano.

Comparaba precios de alimentos hasta por pequeñas cantidades.

Había aprendido a reparar cosas que jamás pensó que sabría reparar.

—No soy exactamente la mujer que tu hermana seguramente te describió —dijo.

—¿Qué significa eso?

Sofía señaló discretamente su abrigo gastado.

—Mírame.

—Te estoy mirando.

—Vivo en un departamento diminuto. Mi coche se avería constantemente. Trabajo casi todos los días. Tengo treinta y tres años y todavía calculo mentalmente cuánto dinero puedo gastar en el supermercado antes de llegar a la caja.

Su voz comenzó a endurecerse.

—Mi hijo usa una chamarra que ya le queda pequeña porque estoy intentando que aguante hasta enero. Y acabo de presentarme tarde a una cita llevando al mismo niño conmigo.

Nicolás permaneció callado.

—No soy precisamente una gran opción —concluyó ella.

Él se inclinó un poco hacia delante.

—Tomaste dos autobuses con un niño de cinco años en Nochebuena porque habías dado tu palabra de que vendrías.

Sofía levantó la vista.

—Eso dice mucho más de ti que tu abrigo.

Ella lo observó fijamente.

—¿Hablas en serio?

—Sí.

—¿De verdad no piensas que soy un desastre?

—Pienso que estás cansada.

Nicolás miró a Mateo.

—Y pienso que estás haciendo un trabajo bastante bueno criando a ese pequeño.

Sofía siguió su mirada.

Algo cambió en su expresión.

—Mateo es lo mejor que me ha pasado.

El niño seguía jugando con el pequeño tren que había llevado consigo.

—Incluso en los peores días —continuó ella—, cuando estoy agotada y asustada y no sé cómo voy a pagar algo, lo miro y sé que vale la pena.

Durante la siguiente hora hablaron sin esfuerzo.

Sofía contó que quería estudiar enfermería algún día.

No sabía cuándo.

Tal vez cuando Mateo fuera mayor.

Tal vez cuando tuviera más dinero.

Tal vez nunca.

Pero seguía guardando algunos libros viejos relacionados con medicina porque no quería abandonar completamente aquella idea.

Nicolás habló de su empresa.

Pero por primera vez en mucho tiempo no habló de cifras.

Habló de lo que había sacrificado.

Cumpleaños perdidos.

Fines de semana trabajando.

Relaciones que había dejado desaparecer porque siempre tenía una reunión más importante.

—Tengo un departamento con habitaciones que prácticamente nunca uso —dijo.

—Yo tengo habitaciones que desearía tener —respondió Sofía.

Se miraron.

Luego ambos rieron.

Mateo empezó a cabecear sobre la mesa.

Sofía consultó la hora.

Su cara cambió.

—Tenemos que irnos.

—¿Qué ocurre?

—El último autobús pasa pronto.

Nicolás miró al niño medio dormido.

—Yo los llevo.

—No.

—Sofía.

—No tienes que hacerlo.

—Ya sé que no tengo que hacerlo.

Ella intentó negarse nuevamente.

Nicolás señaló a Mateo.

—Está dormido. Es tarde. Y mañana es Navidad.

Sofía apretó los labios.

De pronto comenzó a llorar.

No dramáticamente.

No hizo ruido.

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