A las tres de la madrugada, mi gato, que estaba a punto de morir, subió catorce escalones que no había podido subir en casi dos meses.
Cuando abrí los ojos y lo vi junto a mi almohada, entendí enseguida por qué había hecho aquel esfuerzo.
Oskar llevaba conmigo desde que yo tenía veintiún años.
Por entonces vivía solo en un piso pequeño, en las afueras de Hannover. Era un edificio antiguo de tres plantas, con una escalera estrecha de madera y unos radiadores que golpeaban de vez en cuando dentro de las tuberías.
Las paredes eran tan finas que escuchaba al vecino cerrar los armarios. Casi todos mis muebles eran de segunda mano. Tenía una mesa coja, dos sillas distintas y un sofá marrón muy gastado.
Acababa de conseguir mi primer trabajo estable en un pequeño almacén de material eléctrico.
No era el trabajo que había imaginado, pero pagaba el alquiler. Entraba temprano, pasaba muchas horas de pie y regresaba cansado. Algunas noches calentaba una sopa, cortaba pan oscuro y cenaba solo en la cocina, directamente de la olla.
Fue en aquella época cuando encontré a Oskar.
Lo vi en un pequeño refugio de animales de la zona. No era un cachorro. Tampoco era el gato más bonito del lugar.
Era naranja, muy delgado, con un diente roto, la oreja izquierda rasgada y una expresión desconfiada que parecía decirle a todo el mundo que no se acercara demasiado.
Una cuidadora me contó que ya lo habían devuelto dos veces.
La primera familia decía que se escondía mucho.
La segunda aseguraba que no era cariñoso, que no se dejaba coger y que no hacía nada de lo que esperaban de un gato.
Yo lo miré dentro de su jaula.
Oskar se quedó pegado al fondo, sin maullar y sin apartar los ojos de mí.
No sé qué vi exactamente en él.
Tal vez aquella forma de mantenerse lejos de todos.
Tal vez el miedo que intentaba ocultar.
O quizá simplemente reconocí algo, porque yo también llevaba meses fingiendo que estaba bien.
Así que me lo llevé a casa.
Durante los primeros tres días, Oskar no salió de debajo de mi cama.
Yo dejaba comida y agua cerca del colchón. Cuando regresaba del trabajo, el plato estaba vacío. En cuanto la llave giraba en la cerradura, escuchaba sus patas correr por el pasillo y esconderse de nuevo.
No intenté sacarlo.
Le hablaba desde la puerta sobre el trabajo, los vecinos o cualquier tontería.
Oskar no respondía, pero yo sabía que escuchaba.
La cuarta noche llamé a mi madre.
Ella vivía a más de cuatro horas en tren. Me preguntó si comía bien, si el trabajo iba bien, si había conocido a alguien.
Le dije que sí a todo.
Después colgué.
Me senté en el suelo de la habitación, apoyé la espalda contra la cama y empecé a llorar.
Echaba de menos mi casa.
Echaba de menos entrar en una cocina donde hubiera alguien.
Tenía poco dinero, me sentía torpe en el trabajo y cada vez estaba más convencido de que mudarme solo había sido un error.
Oskar salió muy despacio de debajo de la cama.
Primero asomó la cabeza. Luego una pata. Después se quedó quieto, como si estuviera decidiendo si yo era peligroso.
No se subió a mis piernas.
No me lamió la cara.
No dejó que lo tocara.
Solo se sentó a mi lado y apoyó su cuerpo caliente contra mi pierna.
Nada más.
Pero fue suficiente.
Así empezó lo nuestro.
Durante los siguientes dieciséis años, Oskar estuvo presente en casi todos los momentos importantes de mi vida.
Se metía en las cajas durante cada mudanza. Yo doblaba ropa y él se acomodaba encima, como si la casa fuera suya y yo solo estuviera moviendo sus cosas.
También estuvo conmigo cuando perdí aquel primer trabajo.
Recuerdo volver a casa con una carpeta bajo el brazo y sentarme en el sofá sin quitarme los zapatos.
Oskar me miró y fue hasta su cuenco. Para él, estar desempleado no cambiaba el horario del desayuno.
Durante las semanas siguientes siguió despertándome cada mañana a la misma hora, dándome pequeños golpes en la mejilla hasta que me levantaba.
Años después terminó una relación que había durado casi seis años.
La primera noche me encerré en el baño y lloré hasta que me dolió la cabeza.
Oskar arañó la puerta.
Al principio lo ignoré.
Él siguió hasta que abrí.
Entró sin mirarme y se sentó sobre la alfombrilla.
No intentó subirse encima.
No ronroneó.
No hizo nada especial.
Solo se negó a dejarme solo.
Esa era su forma de querer.
Sin ruido.
Sin grandes gestos.
Cuando murió mi madre, regresé del funeral y encontré el piso más vacío que nunca.
Me tumbé en la cama vestido, sin querer hablar con nadie.
Oskar subió de un salto, colocó la frente bajo mi barbilla y se quedó allí.
No podía traer de vuelta a mi madre.
No podía arreglar ninguna parte de mi vida.
Lo único que hacía era asegurarse de que yo no pasara solo por aquellos momentos.
Con los años comprendí que, muchas veces, eso era lo más importante.
La vida siguió cambiando.
Conseguí otro trabajo y más adelante me mudé a una casa adosada pequeña en las afueras de Bremen. No era elegante. Tenía una cocina estrecha, un salón sencillo y una escalera de catorce peldaños que llevaba al dormitorio.
A Oskar le gustó desde el primer día. Dormía en una silla de la cocina y esperaba cada tarde junto a la entrada, aunque fingiera que mi llegada no le importaba.
A mí me salieron canas y empecé a necesitar gafas para leer.
Él envejeció conmigo.
El pelo alrededor de su cara se volvió más claro.
Primero dejó de subir a la encimera de la cocina.
Después ya no alcanzaba el alféizar de la ventana.
Coloqué una caja firme junto a la pared para que pudiera subir en dos pasos.
Más tarde dejó de usarla.
Empezó a dormir más. Tardaba en levantarse. A veces se quedaba quieto en mitad del pasillo, como si hubiera olvidado adónde iba.
Yo me repetía que solo se estaba haciendo mayor.
Entonces empezó a beber agua sin parar.
Puse un cuenco más grande.
Después otro en el salón.
Luego uno junto a la escalera.
Oskar bebía y bebía, pero seguía pareciendo sediento.
También adelgazó muy rápido.
Cuando lo acariciaba, podía notar cada hueso de su espalda.
Una mañana intentó saltar al sofá.
Sus patas traseras fallaron.
Cayó de lado sobre la alfombra y se quedó inmóvil unos segundos.
Lo cogí con cuidado.
Pesaba tan poco que me asustó.
Lo llevé inmediatamente a la veterinaria.
Ella lo examinó, tomó una muestra de sangre y después me pidió que me sentara.
Fue amable y habló muy despacio. De alguna manera, eso hizo que todo doliera más.
Oskar tenía una insuficiencia renal muy avanzada.
Sus riñones apenas funcionaban.
Podíamos intentar que estuviera cómodo, ayudarlo a comer, darle líquidos y observarlo cada día.
Pero no había una solución.
Quizá nos quedaban unas semanas.
Asentí como si hubiera entendido.
Tomé notas, pero después de escuchar “unas semanas” dejé de comprender casi todo lo demás.
En el coche, Oskar iba dentro de su transportín.
No maulló.
Yo mantuve una mano apoyada sobre la puerta de plástico durante todo el trayecto.
Al llegar a casa cambié todo para él.
Compré comida blanda, aprendí a administrarle líquidos, puse agua en varias habitaciones y moví su cama al salón.
Al principio todavía subía las escaleras.
Lo hacía despacio, peldaño a peldaño. A veces se detenía a mitad y descansaba.
Yo caminaba detrás, preparado para sujetarlo.
Después dejó de subir.
Una tarde lo intentó, pero en el tercer escalón sus patas empezaron a temblar.
Lo cogí y lo llevé arriba.
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