Durante varios días ni siquiera quería salir a comprar comida.
Pensaba que todo el mundo sabía.
Era absurdo.
Querétaro estaba lleno de personas ocupadas con sus propias vidas.
Pero la vergüenza tiene una manera extraña de hacernos creer que todos están mirando.
Alejandro me llamó muchas veces.
No contesté.
También escribió.
No respondí.
Una noche, casi tres semanas después, acepté una llamada.
—Lo siento —me dijo.
Su voz sonaba agotada.
—Nunca quise hacerte esto.
Yo cerré los ojos.
Le creí.
Y creerle me dolió todavía más.
Porque había entendido algo incómodo.
Una persona no necesita querer destruirte para hacerlo.
A veces basta con que tenga miedo de ser honesta.
—¿Me odias? —preguntó.
Pensé unos segundos.
—No.
Pareció sorprendido.
—Odiarte necesitaría demasiada energía. Y ahora necesito esa energía para mí.
Se quedó callado.
—Espero que algún día entiendas por qué hiciste las cosas de esta forma —añadí—. Y espero que no vuelvas a hacerle algo parecido a nadie.
Alejandro comenzó a decir algo.
Colgué antes de escuchar.
Después lloré durante casi una hora.
Pero no volví a contestar sus llamadas.
Los meses pasaron.
No ocurrió ninguna transformación maravillosa.
No desperté un lunes sintiéndome nueva.
Mi vida volvió poco a poco, en cosas pequeñas.
Regresé al centro de arte infantil donde trabajaba.
Antes de la boda había reducido mis horas porque estaba demasiado ocupada con preparativos.
Ahora tenía tardes enteras que ya no pertenecían a reuniones, listas de invitados ni pruebas de vestidos.
Así que volví a dar talleres los fines de semana.
Trabajaba con niños que pintaban sin miedo a equivocarse.
Me gustaba observarlos.
Una niña podía llenar una hoja de color morado y decidir que era un caballo.
Otro niño podía pintar una casa torcida y sentirse orgulloso porque había logrado dibujar cinco ventanas.
Ninguno necesitaba que las cosas fueran perfectas para quererlas.
Eso me ayudó más de lo que esperaba.
Empecé a pintar otra vez.
Primero fueron pequeñas cosas.
Macetas.
Paredes del centro.
Un mural en un pasillo.
Después acepté coordinar actividades.
Volví a salir con compañeras.
Volví a cenar sin tener que hablar de lo ocurrido.
Volví a reírme sin sentir culpa.
Casi ocho meses después, recibí una visita inesperada.
Era Teresa, la madre de Alejandro.
Habíamos sido muy cercanas.
Cuando la vi entrar al centro, sentí que el pecho se me cerraba.
Llevaba una caja de cartón.
—No quiero molestarte —me dijo—. Solo pensé que esto te pertenecía.
Dentro había cartas.
Mis cartas.
Durante los años difíciles de Alejandro yo solía escribirle notas.
Algunas eran pequeñas.
Otras ocupaban varias páginas.
Él las había guardado en un cajón.
—No sabía que todavía las tenía —dije.
Teresa asintió.
Después se quedó mirando sus manos.
—No sé si debería decirte esto.
Yo sabía de qué quería hablar.
—No tienes que hacerlo.
—Alejandro y Mariana intentaron estar juntos.
No respondí.
—No funcionó.
Esperé sentir satisfacción.
No llegó.
Teresa explicó que durante unas semanas pensaron que todos aquellos años de sentimientos ocultos significaban que debían estar juntos.
Pero la realidad fue diferente.
Las conversaciones emocionantes se convirtieron en discusiones normales.
La culpa apareció.
Los problemas que Mariana traía de su matrimonio anterior seguían allí.
Los problemas de Alejandro tampoco habían desaparecido.
Lo que parecía perfecto mientras estaba prohibido dejó de parecerlo cuando tuvo que sobrevivir a los lunes, las compras, las cuentas y los silencios.
—Lo siento —dijo Teresa.
—Yo también.
Y era verdad.
No quería que Alejandro sufriera.
Solo ya no quería sufrir con él.
Aquella noche abrí la caja.
Encontré una carta que había escrito después de que su negocio fracasara.
Decía que yo nunca iba a admirarlo por ganar mucho dinero.
Que admiraría más su capacidad de decir la verdad aunque tuviera miedo.
Tuve que dejar de leer.
Lloré.
Pero no lloré por Alejandro.
Lloré por mí.
Por aquella mujer que había escrito esas palabras años atrás.
Era leal.
Era paciente.
Creía profundamente en él.
Y merecía que esa confianza hubiera servido para volverlo más valiente.
No para darle un lugar cómodo donde esconderse.
Guardé nuevamente las cartas.
No las quemé.
No necesitaba hacerlo.
Formaban parte de mi vida.
Solo habían dejado de decidir mi futuro.
Un año después de aquella celebración, el centro de arte organizó una pequeña jornada para recaudar fondos.
Lo hicimos en el jardín de una antigua casa cultural.
Colgamos dibujos hechos por los niños entre los árboles.
Había mesas con agua fresca, pan dulce y trabajos que las familias podían llevarse a cambio de una aportación.
Yo llevaba un vestido azul sencillo.
Nada especial.
Pero recuerdo que esa mañana me miré en el espejo y reconocí mi cara.
Eso ya era mucho.
Di unas palabras frente a los asistentes.
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