Los perros recién llegados solían tranquilizarse después de un rato.
Nunca entendimos por qué.
Hasta aquella tarde frente al monitor.
Rafael aceleró el video.
A las 11:40 de la noche, la puerta del espacio número uno se abrió.
Canela salió.
Laura se llevó una mano a la boca.
Yo ya sabía que Canela podía abrir aquella puerta.
Todos lo sabíamos.
El cierre era antiguo y Canela había aprendido a levantarlo con el hocico.
Nunca lo cambiamos porque jamás intentaba escapar.
No entraba en la comida.
No rompía nada.
No causaba problemas.
Lo único que hacía era caminar por el pasillo.
Durante años habíamos visto algunas mañanas que Canela no estaba en su cama.
La encontrábamos acostada frente al espacio de un perro nuevo.
Una mañana, muchos años atrás, yo misma la descubrí junto a un joven sabueso que había llegado el día anterior.
Canela estaba acostada fuera.
El pequeño estaba acostado dentro.
Solo una reja los separaba.
Los dos dormían con la espalda pegada al mismo punto.
En aquel entonces creí que Canela simplemente disfrutaba de la compañía.
Con el tiempo entendimos que lo hacía siempre que llegaba un animal especialmente nervioso.
Aquella parte no era el misterio.
Lo que ocurrió después sí.
En el video, Canela caminó lentamente hasta donde estaban los dos hermanos.
Ya era muy vieja.
Se detuvo un par de veces.
Finalmente se acostó frente a ellos.
Los dos perros dejaron de caminar de un lado a otro.
Poco después se tumbaron junto a la puerta.
—Eso ya lo sabíamos —dijo Laura con la voz quebrada.
Rafael no apartó la vista.
—Sigan mirando.
A la 1:15 de la madrugada, Canela se levantó.
Pensé que regresaría a su cama.
No lo hizo.
Caminó hasta el pequeño cuarto donde guardábamos alimentos, mantas y otros materiales.
La puerta no cerraba completamente y podía empujarse con el hocico.
Canela desapareció dentro.
Pasaron cuatro minutos.
Cuando salió, llevaba algo en la boca.
Rafael detuvo la grabación.
Acercó la imagen.
Era difícil distinguirlo.
Parecía un peluche pequeño.
Canela lo llevaba con mucho cuidado.
Reanudamos el video.
Volvió hasta donde estaban los dos perros jóvenes.
No podía abrir su puerta.
Así que bajó la cabeza.
Empujó el juguete por el pequeño espacio que había entre la reja y el piso.
Una vez.
Dos veces.
Tres.
Hasta que el juguete quedó dentro.
Uno de los perros se acercó.
Lo olió.
Canela se acostó del otro lado.
El cachorro tomó el juguete y regresó a la esquina.
Después se hizo un ovillo alrededor de él.
Nadie dijo nada.
Seguimos viendo.
Canela permaneció allí hasta que empezó a amanecer.
Laura fue la primera en hablar.
—¿Cuántas veces habrá hecho eso?
Nos miramos.
Los veintitrés juguetes estaban extendidos sobre el piso detrás de nosotros.
Durante los siguientes días revisamos todas las grabaciones antiguas que todavía conservábamos.
No teníamos nueve años completos.
Pero sí varios años.
Y encontramos lo mismo.
Una y otra vez.
Llegaba un perro nuevo.
Por la noche lloraba.
Canela abría su puerta.
Caminaba hasta él.
Se acostaba afuera.
Esperaba.
Luego se levantaba.
Entraba en el cuarto de materiales.
Salía cargando un juguete viejo.
Lo llevaba hasta el nuevo perro.
Lo empujaba por debajo de la reja.
Y se quedaba cerca.
No lo hacía con todos.
Parecía concentrarse especialmente en los cachorros y en los perros jóvenes que llegaban más asustados.
Fue entonces cuando entendimos de dónde salían los juguetes.
En aquel cuarto había una caja de cartón en un estante bajo.
La llamábamos la caja de recuerdos.
Durante años, algunas familias que habían perdido a sus perros nos habían llevado mantas, correas y juguetes que ya no necesitaban.
Era algo muy personal.
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