Rescataron a un pastor alemán enterrado, pero su último movimiento reveló algo aterrador bajo la tierra

El pastor alemán estaba enterrado hasta el cuello, pero su último movimiento no pidió ayuda para él: señaló a alguien bajo tierra.

A las 4:37 de la tarde del 14 de septiembre, yo estaba recorriendo la zona seca de la presa El Encino, a las afueras de Durango, cuando vi dos pequeñas formas negras sobresaliendo del suelo agrietado.

Desde la camioneta parecían ramas quemadas.

Estuve a punto de seguir de largo.

Entonces una de aquellas formas se movió.

Me llamo Daniel Reyes. Tenía 44 años y trabajaba como agente de vigilancia rural para el municipio. Aquel verano había pasado semanas revisando caminos cerrados, terrenos resecos, pequeños incendios y zonas de la presa donde el agua había retrocedido cientos de metros.

El centro del vaso estaba cubierto por una costra dura de barro seco.

Nada debería haber estado vivo allí.

Tomé una pala, una barra de hierro y una botella de agua. Caminé con cuidado sobre la superficie agrietada mientras el suelo se rompía bajo mis botas en placas grandes.

Cuando llegué a los dos puntos oscuros, uno desapareció.

Me arrodillé de inmediato.

Aparté el polvo con los guantes y apareció una frente cubierta de pelo.

Luego un ojo cerrado.

Después una pequeña parte del hocico.

Era un pastor alemán.

El barro se había endurecido alrededor de su cuerpo hasta parecer cemento. Apenas podía respirar por un hueco tan estrecho como uno de mis dedos.

—Tranquilo, amigo —le dije.

El perro abrió un ojo color ámbar.

Pero no me miró.

Miró hacia mi bota izquierda.

Moví el pie.

Entonces levantó una oreja.

Solo una vez.

La inclinó hacia el lugar donde yo acababa de estar parado.

Mi compañera, Mariana Vázquez, llegó varios minutos después con más agua, una lona y herramientas pequeñas.

Vertimos un poco de agua junto al cuello del perro.

No penetró.

Se quedó formando un pequeño charco sobre la superficie.

—Esto ya no es barro —dijo Mariana.

Tenía razón.

Era casi piedra.

No podíamos tirar del animal. Si sus patas estaban atrapadas en una posición extraña, podíamos lastimarlo todavía más.

Así que comenzamos a retirar el suelo poco a poco.

Cada golpe de la barra hacía vibrar la tierra.

El perro nunca intentó mordernos.

No ladró.

Ni siquiera gimió.

Solo respiraba.

A las 5:04 encontramos un collar azul alrededor de su cuello. No tenía placa, aunque el aro metálico estaba rayado, como si algo la hubiera arrancado recientemente.

—Tenía dueño —dijo Mariana.

Puse dos dedos sobre su cuello.

El pulso era rápido y débil.

—Entonces alguien debería estar buscándolo.

Seguimos cavando.

Cuando conseguimos liberar una de sus patas delanteras, noté algo extraño.

Las uñas estaban completamente desgastadas.

Un animal atrapado normalmente araña hacia arriba intentando salir.

Pero las marcas más profundas de aquel perro iban de lado.

Todas apuntaban hacia mi izquierda.

Hacia el lugar que había señalado con la oreja.

A las 5:32 conseguimos sacarlo.

El pastor alemán cayó sobre la lona sin intentar ponerse de pie.

Mariana humedeció sus encías.

Yo revisé sus patas.

Entonces escuchó algo.

Levantó la cabeza.

Y comenzó a arrastrarse.

Ignoró el agua.

Ignoró la lona.

Ignoró la camioneta.

Se dirigió hacia una grieta situada a menos de un metro del agujero del que acabábamos de sacarlo.

Lo sujeté del collar.

El perro apoyó las dos patas delanteras contra el suelo y empezó a rascar.

Lo hizo con tanta fuerza que volvió a abrirse la piel lastimada de sus almohadillas.

—Daniel —susurró Mariana—. Escucha.

Nos quedamos inmóviles.

Al principio no oí nada.

Luego llegó un sonido.

Tres pequeños rasguños.

Silencio.

Otro rasguño.

El perro rescatado pegó el hocico a la grieta y soltó un sonido bajo.

No parecía un gruñido.

Parecía una respuesta.

Mariana miró la barra de hierro que yo tenía en la mano.

El animal que acabábamos de sacar necesitaba atención veterinaria urgente.

Pero había algo vivo debajo de nosotros.

Clavé la punta de la barra unos centímetros lejos de la grieta.

El pastor alemán cerró los ojos.

Y dejó el hocico pegado a la tierra.

Durante los siguientes cuarenta minutos entendimos por qué aquel perro había arañado de lado en lugar de intentar escapar.

Levantamos una placa de barro seco.

Debajo encontramos una capa más oscura que todavía conservaba algo de humedad.

El perro empujó el hocico hacia el hueco.

—Atrás, tranquilo.

No me conocía.

Pero obedeció cuando Mariana apoyó una mano sobre su pecho.

Seguimos retirando tierra.

A unos treinta centímetros de profundidad, mi guante tocó pelo.

Mariana me miró.

—¿Está vivo?

Metí dos dedos con cuidado.

Sentí un latido.

Luego nada.

Esperé.

Otro latido.

Había un segundo perro.

Era una hembra de pastor alemán, más pequeña y bastante mayor.

Estaba acostada de lado debajo de una placa de barro que se había desplomado sobre ella. Su cabeza había quedado atrapada junto a una raíz seca que, por casualidad, había creado una pequeña bolsa de aire.

Sin ese espacio, habría muerto.

El macho había quedado atrapado justo a su lado.

Y su propio cuerpo había impedido que la placa descendiera todavía más sobre el pecho de la hembra.

Pedimos ayuda.

Llegaron varios rescatistas, personal veterinario y dos hombres acostumbrados a trabajar en accidentes de carretera.

Nadie quiso utilizar maquinaria pesada.

Cualquier vibración podía hundir el terreno.

Así que seguimos con las manos.

El macho observaba cada movimiento.

Cuando dejábamos de cavar, arañaba una vez.

Cuando volvíamos a trabajar, permanecía quieto.

A las 6:09 conseguimos descubrir el rostro de la hembra.

Tenía el hocico lleno de barro y algunas canas alrededor de la nariz.

Un viejo rasguño le cruzaba el puente del hocico.

Y alrededor del cuello llevaba un collar azul.

Exactamente igual al del macho.

Mismo cuero.

Misma hebilla.

Misma costura clara.

Mismo aro vacío.

A las 6:17 conseguimos sacarla.

No respiraba.

La técnica veterinaria que estaba con nosotros comenzó a limpiarle la boca mientras otro rescatista iniciaba compresiones.

El macho intentó levantarse.

Sus patas traseras se doblaron.

Aun así se arrastró hasta la tabla donde estaba la hembra.

Colocó una pata sobre el borde.

—Necesitamos espacio, amigo —le dijo la técnica.

Él no retiró la pata.

Después de varios segundos que parecieron interminables, la hembra tosió.

Expulsó barro.

Luego aspiró aire con un sonido áspero.

El macho acercó la nariz a su hocico.

La olió.

Y se dejó caer sobre el suelo.

Como si toda la fuerza que todavía conservaba hubiera sido utilizada únicamente para llevarnos hasta ella.

Subimos primero a la hembra al vehículo veterinario.

Cuando intentamos colocar al macho en otra jaula, se resistió.

Por primera vez.

Giró la cabeza hacia ella y se negó a avanzar.

Tuvimos que colocar ambos transportadores uno junto al otro.

Entonces entró.

A las 6:31 cerramos las puertas.

Solo después bebió agua.

En la clínica todavía no sabíamos cómo se llamaban.

Los registraron como Perro Uno y Perro Dos.

El macho tendría unos seis años. Estaba extremadamente deshidratado, había perdido mucho peso y tenía las patas delanteras destrozadas de tanto rascar.

La hembra tendría diez u once.

Tenía problemas respiratorios, lesiones producidas por la presión y las articulaciones de las patas traseras muy deterioradas.

La colocaron con oxígeno.

El macho se negó a descansar.

Se levantaba aunque las piernas le temblaban.

Solo miraba hacia el lugar donde estaba ella.

La veterinaria, la doctora Valeria Cruz, pidió que colocaran sus espacios frente a frente.

En cuanto el macho pudo verla, se acostó.

A la mañana siguiente, Mariana y yo regresamos a la presa.

Queríamos saber cómo habían llegado hasta allí.

Encontramos sus huellas a unos ciento cincuenta metros del agujero.

Al principio caminaban juntas.

La hembra empezó a arrastrar ligeramente las patas traseras después de varios metros.

Las huellas del macho comenzaron a aparecer alrededor de ella.

A veces delante.

A veces detrás.

A veces a su lado.

Llegaron a una zona que parecía seca por arriba, pero debajo todavía era barro blando.

La hembra cayó primero.

Se hundió hasta el pecho.

El macho entró después.

Sus huellas contaban casi toda la historia.

Había intentado sacarla desde delante.

Cavó alrededor de sus hombros.

Luego pasó detrás de ella.

Excavó junto a sus patas.

Y entonces encontramos algo que nos dejó callados.

Las huellas del macho salían del agujero.

Había conseguido escapar.

Caminó casi seis metros sobre terreno firme.

Después se detuvo.

Y regresó.

—Salió —dijo Mariana.

Seguí mirando las marcas.

Sí.

Había salido.

Y había vuelto a meterse junto a ella.

Encontramos varios pequeños huecos alrededor del lugar.

Probablemente había dormido allí.

Uno estaba colocado entre la hembra y la zona más expuesta del terreno.

Otro estaba exactamente encima del pequeño agujero por donde ella respiraba.

Alrededor había marcas hechas con la lengua.

El macho había mantenido húmeda la abertura.

Más lejos descubrimos su rastro hasta una pequeña poza.

Había ido a beber.

Y había regresado.

Más de una vez.

Las capas secas del suelo indicaban que aquello había ocurrido durante varios días.

Probablemente cinco.

Durante los primeros días, el macho todavía tenía fuerzas para caminar hasta el agua.

Luego regresaba.

Cavaba.

Descansaba.

Volvía a intentarlo.

Al tercer día dejó de llegar a la poza.

Al cuarto, su propio cuerpo comenzó a hundirse junto al de la hembra.

Al quinto, solo quedaban visibles sus orejas.

Seguimos buscando por los matorrales cercanos.

Allí encontramos dos placas metálicas de identificación enganchadas en una rama baja.

Una estaba doblada.

La otra conservaba un pequeño trozo de cuero azul.

Los perros habían pasado por algún lugar estrecho antes de llegar a la presa.

Por fin supimos sus nombres.

El macho se llamaba Bruno.

La hembra, Luna.

Las dos placas tenían el mismo número de teléfono y la misma dirección en un barrio antiguo de Durango.

El nombre del propietario también era el mismo.

Elías Herrera.

Llamé.

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