—Su madre…
—Está con mi hermana esta tarde.
Don Ernesto guardó silencio.
Luego preguntó:
—¿Quién le dijo dónde estaba?
—Soy buena investigando clientes que desaparecen sin avisar.
Él sonrió débilmente.
Mariana permaneció apenas veinte minutos.
Tenía clases esa noche y aún debía volver a casa para ayudar a su madre.
Antes de marcharse, acomodó la bolsa sobre la mesa.
—Mañana vuelvo.
—No hace falta.
—No le pregunté.
Al día siguiente regresó.
Esta vez llevó café descafeinado en un vaso sencillo porque sabía que el médico no quería que tomara demasiado.
Al otro día llevó una revista.
Después una pequeña planta porque la habitación le parecía demasiado vacía.
Algunas veces solo llegaba diez minutos.
Se sentaba.
Le contaba alguna anécdota absurda de la cafetería.
Le preguntaba cómo se sentía.
Y volvía corriendo a trabajar.
Los trabajadores del hospital empezaron a reconocerla.
—Ya llegó la muchacha de la cafetería —decía una enfermera al verla entrar.
Mariana se avergonzaba.
—Solo vengo a saludarlo.
Pero para don Ernesto aquellas visitas significaban mucho más.
Nadie más había ido.
Una tarde, mientras Mariana acomodaba la planta sobre la mesa, él preguntó:
—¿Sabe qué es lo peor de envejecer?
Ella lo miró.
—¿Las rodillas?
Don Ernesto soltó una carcajada y luego hizo una mueca por el dolor.
—También.
Después se quedó serio.
—Lo peor es comenzar a sentir que, si desaparece, quizá nadie lo note durante varios días.
Mariana no respondió de inmediato.
Se sentó junto a la cama.
—Yo lo noté la primera mañana.
Don Ernesto bajó la mirada.
Mariana añadió:
—Su mesa se veía rara vacía.
El anciano apretó los labios.
—Gracias.
Fue la única palabra que dijo durante casi un minuto.
Una semana después recibió el alta.
A las 8:10 de la mañana siguiente, la puerta de la cafetería se abrió.
Don Ernesto entró caminando despacio con ayuda de un bastón.
Mariana lo vio desde la barra.
—¡Don Ernesto!
Varias personas voltearon.
Ella casi corrió hasta él.
—¿Quién le dijo que ya podía andar solo?
—El médico dijo que caminara.
—Seguro no dijo que atravesara media ciudad para venir a desayunar.
—¿Y dónde más voy a conseguir mis huevos?
Mariana lo acompañó a su mesa.
Colgó su saco.
Le acercó el bastón.
Sirvió su café.
Pidió a la cocina que prepararan los huevos un poco más suaves.
Cuando terminó de comer, don Ernesto permaneció sentado.
Mariana estaba limpiando otra mesa cuando él la llamó.
—Mariana.
—¿Sí?
Él la observó durante varios segundos.
—Usted me recuerda a mi hija.
Mariana sonrió.
—Espero que eso sea bueno.
—Lo es.
Hubo algo en sus ojos que la hizo comprender que había mucho más detrás de aquella frase.
Pero no preguntó.
Durante las semanas siguientes, todo pareció regresar a la normalidad.
Don Ernesto volvía cada mañana.
Mariana seguía dejando el café en su mesa antes de que lo pidiera.
Él seguía fingiendo que se molestaba cuando ella añadía fruta o un pequeño trozo de pan dulce.
Una vez llevó una vieja fotografía de cuando era joven.
Aparecía junto a Teresa frente a la casa donde aún vivía.
—Mire ese cabello —dijo Mariana señalándolo.
—Tenía mucho.
—Eso dicen todos los hombres mayores.
Don Ernesto se rio.
—Algún día le voy a enseñar mis fotos de maestro. Tenía alumnos que me temían.
—No le creo.
—Era terrible.
—Usted regaña como si estuviera pidiendo permiso.
Aquellos desayunos se convirtieron en algo que ambos esperaban.
Para Mariana, eran unos minutos de tranquilidad antes de volver a pensar en cuentas, turnos y hospitales.
Para don Ernesto, eran probablemente la conversación más constante que tenía durante el día.
Pasaron casi cuatro meses.
Entonces, una mañana, don Ernesto no apareció.
Mariana sintió inmediatamente el mismo miedo de la vez anterior.
Esperó.
Al día siguiente llamó al número que él le había dado después de su hospitalización.
Nadie respondió.
Intentó nuevamente por la tarde.
Nada.
Pensó en ir hasta su casa, pero su madre tuvo una complicación y Mariana pasó varios días entre el trabajo y consultas médicas.
Cada mañana miraba aquella mesa.
Vacía.
Cinco días.
Seis.
Siete.
Hasta que llegó aquella mañana.
Las 8:10 ya habían pasado.
Mariana estaba rellenando los recipientes de azúcar cuando se abrió la puerta.
Entraron cuatro hombres con traje.
Detrás de ellos, dos abogados.
Y preguntaron por ella.
Ahora Mariana sostenía el sobre con ambas manos.
—¿Puedo abrirlo?
—Por supuesto —respondió uno de los abogados.
Ella rompió cuidadosamente el borde.
Dentro había una carta doblada.
Debajo había copias de varios documentos.
Mariana reconoció la letra.
Comenzó a leer.
“Querida Mariana:
Si estás leyendo esto, supongo que finalmente falté a nuestro desayuno más veces de las permitidas.”
Mariana tuvo que detenerse.
Una risa nerviosa escapó entre sus lágrimas.
Algunos clientes bajaron la mirada.
Ella siguió leyendo.
“Durante años pensé que las cosas importantes tenían que ser grandes.
Una casa grande.
Un trabajo importante.
Una familia numerosa.
Una vida llena de planes.
Con la edad descubrí que estaba equivocado.”
Mariana se cubrió la boca.
“Las cosas que más recordamos suelen ser pequeñas.
Que alguien recuerde cómo tomamos el café.
Que pregunte cómo amanecimos y espere de verdad la respuesta.
Que nos guarde un pedazo de pastel.
Que note cuando nuestra silla está vacía.”
Mariana ya no podía ocultar las lágrimas.
“Cuando estuve en el hospital, tú fuiste.
No porque tuvieras tiempo.
Sé perfectamente que no lo tenías.
Fuiste porque te importó.”
La carta temblaba entre sus dedos.
“Durante mis últimos años pensé muchas veces que me había quedado solo.
Tú nunca intentaste reemplazar a nadie.
Nunca fingiste que yo era parte de tu familia.
Simplemente me trataste como si mi presencia importara.
Haz clic en el botón de abajo para leer la siguiente parte de la historia.






