Los otros se rieron, con esa risa fea que busca humillar.
El de la cicatriz lo empujó otra vez, más fuerte.
—¿Qué? ¿Eres sordo o te haces?
Gabriel soltó un suspiro, suave, casi educado.
—No quiero problemas —dijo con calma—. Pero te estás equivocando de persona.
Los seis se quedaron quietos un instante, confundidos.
Y luego volvieron a reír.
—Mírenlo —dijo uno, burlón—. Parece maestro de yoga o algo así.
Gabriel cerró los ojos.
Y en su cabeza escuchó la voz de Don Jacinto, como si estuviera ahí, parado detrás:
La fuerza no está en la violencia…
Pero cuando la violencia es el único idioma que alguien entiende, háblalo con precisión.
Cuando Gabriel abrió los ojos, ya no se veían blandos.
El de la cicatriz dio un paso hacia él.
Y ahí se acabó.
Gabriel se movió.
No como un hombre común.
Sino como una cosa inevitable, como un golpe de viento que tumba lo que encuentra.
Un golpe de palma al pecho: el líder salió volando hacia atrás y se estrelló contra un bote de basura, con un sonido metálico que rebotó en la calle.
Una patada giratoria: otro chocó contra una pared y cayó como si le hubieran quitado las piernas.
Uno más agarró la sudadera de Gabriel: Gabriel giró, le torció el brazo con una facilidad fría, y lo lanzó al suelo. El hombre quedó boca arriba, buscando aire, con los ojos abiertos de puro susto.
En cinco segundos, tres estaban en el piso.
En diez, los seis estaban arrastrándose sobre el pavimento helado, quejándose, mirándolo como si hubieran visto un fantasma.
Gabriel solo se quedó ahí, respirando despacio, con las manos relajadas a los lados, como si nada de eso lo alterara.
—Tú… ¿qué eres? —balbuceó uno, temblando.
Gabriel dio un paso hacia ellos, se inclinó un poco y habló sin alzar la voz:
—Alguien que les avisó.
A lo lejos se escucharon sirenas. Alguien debió ver algo. Alguien debió llamar.
Gabriel no esperó.
Se acomodó la capucha, se dio la vuelta y se fue caminando con tranquilidad, como si acabara de comprar tortillas y ya quisiera llegar a casa.
Pero al doblar la esquina, murmuró entre dientes, casi para sí:
—Maestro… parece que todavía me falta.
Porque en el fondo Gabriel sabía algo que esos tipos no entendían:
Esto no fue al azar.
No fue coincidencia.
Y alguien, en algún lugar, acababa de encontrarlo.
La vida tranquila que él quería…
Se le estaba yendo de las manos.
Y la tormenta que creyó haber dejado en la sierra…
…ya venía de camino a la ciudad.






