Siguió las huellas de su caballo robado hasta un campamento apache, pero allí descubrió una verdad inesperada

Su mejor caballo desapareció de su rancho, pero al encontrarlo en un campamento apache descubrió una verdad que jamás habría imaginado.

Mateo Salazar frenó su caballo a unos metros de las primeras tiendas.

No había llegado hasta aquella parte de la sierra para provocar una pelea.

Tampoco quería demostrar que era más valiente que nadie.

Solo quería recuperar a Relámpago.

Tres noches antes, alguien había entrado en su pequeño rancho del norte de Sonora y se había llevado el animal más valioso que tenía.

Pero para Mateo, aquel caballo no era valioso por el dinero.

Era valioso porque le había salvado la vida más de una vez.

Y ahora estaba allí.

A pocos metros.

Atado junto a otros caballos en medio de un campamento apache.

Mateo lo reconoció de inmediato.

La mancha blanca en la frente.

La pata trasera ligeramente más oscura.

La manera de levantar las orejas cuando escuchaba su voz.

—Relámpago…

El caballo giró la cabeza.

Mateo sintió un nudo en el pecho.

Había encontrado lo que buscaba.

El problema era cómo recuperarlo.

Varios hombres del campamento lo observaban en silencio.

Mateo tenía cuarenta y seis años y llevaba casi dos décadas trabajando aquellas tierras. Había aprendido a montar antes de afeitarse y sabía perfectamente cuándo una situación podía volverse peligrosa.

Aquella era una de ellas.

Un movimiento brusco podía echarlo todo a perder.

Por eso bajó lentamente de su caballo.

Dejó las manos visibles.

No llevaba el rifle preparado.

Ni empezó a gritar.

Ni acusó a nadie.

Uno de los hombres se acercó.

Mateo respiró hondo.

—Busco a la persona que habla por este campamento —dijo con calma—. No vengo a pelear.

Hubo unos segundos de silencio.

Después, el hombre hizo un gesto para que esperara.

Mateo miró otra vez a Relámpago.

El caballo dio un pequeño tirón de la cuerda.

Parecía querer acercarse.

Mateo tuvo que contenerse.

Tres días antes, todo había comenzado de una manera mucho más sencilla.

Había salido del rancho al amanecer y encontró la puerta del corral abierta.

Dos animales seguían allí.

Relámpago no.

Al principio pensó que el caballo podía haberse soltado.

Pero luego vio las marcas.

Había huellas de varios caballos junto al cercado.

Una de las cuerdas había sido cortada.

Alguien había entrado durante la noche.

Mateo siguió el rastro hasta una zona de piedras donde las marcas comenzaron a mezclarse.

Aquella misma tarde, dos vecinos se acercaron para ayudarlo.

Uno de ellos le dijo que durante las últimas semanas también habían desaparecido caballos en ranchos más al norte.

Otro había escuchado historias parecidas de viajeros que cruzaban los caminos entre Sonora y Chihuahua.

Nadie sabía quién estaba detrás.

Pero cuando las huellas empezaron a dirigirse hacia una zona utilizada por grupos apaches, las sospechas surgieron enseguida.

—Déjalo, Mateo —le dijeron—. Un caballo no vale tu vida.

Mateo sabía que tenían razón en una cosa.

Seguir adelante era peligroso.

Pero había algo que ellos no entendían.

Relámpago no era simplemente un caballo de trabajo.

Mateo lo había comprado siendo casi un potro, años atrás, cuando apenas podía mantener el rancho.

Lo había entrenado él mismo.

Habían recorrido juntos cientos de kilómetros.

Una vez, durante el traslado de ganado hacia un poblado cercano, Mateo había quedado atrapado bajo una rama caída.

Relámpago no salió corriendo.

Se quedó cerca hasta que Mateo pudo liberarse.

Otra vez, en un camino de montaña, el caballo se negó a avanzar.

Mateo se enfadó.

Intentó obligarlo.

Relámpago no se movió.

Unos segundos después, parte del sendero cedió delante de ellos.

Si el animal hubiera obedecido, ambos habrían caído.

Desde aquel día, Mateo dejó de pensar en Relámpago como una posesión.

Era su compañero.

Por eso preparó provisiones, llenó dos cantimploras y siguió el rastro.

No buscaba venganza.

Ni siquiera sabía quién había entrado en el rancho.

Solo quería respuestas.

Durante horas avanzó siguiendo señales pequeñas.

Una herradura marcada de forma irregular.

Tierra removida.

Ramas dobladas.

Restos secos de estiércol.

Mateo era buen rastreador.

Aun así, hubo momentos en que pensó que perdería la pista.

Hasta que, al segundo día, encontró una marca que reconoció.

La herradura delantera izquierda de Relámpago tenía un pequeño desgaste en un extremo.

La huella era inconfundible.

Mateo siguió adelante.

Las marcas lo llevaron hacia las colinas.

Después, a un paso estrecho entre rocas.

Y finalmente, al campamento que ahora tenía delante.

El hombre que se había alejado regresó acompañado por alguien mayor.

Era un hombre de rostro serio y cabello largo sujeto detrás de la cabeza.

No parecía apurado.

Observó a Mateo durante unos segundos antes de hablar.

—Dicen que buscas un caballo.

Mateo señaló hacia Relámpago.

—Ese.

El hombre miró al animal.

Luego volvió los ojos hacia Mateo.

—¿Cómo sabes que es tuyo?

Mateo casi sonrió.

—Si lo sueltan, probablemente vendrá conmigo.

El jefe del campamento no respondió.

Mateo continuó.

—Tiene una cicatriz pequeña bajo la silla, en el lado derecho. Se la hizo con una cerca cuando era joven. Y si le tocas el cuello dos veces, bajará la cabeza.

Uno de los hombres se acercó a Relámpago.

Comprobó la cicatriz.

Después tocó dos veces su cuello.

El caballo bajó la cabeza.

El jefe miró a Mateo.

—Es tuyo.

Mateo sintió alivio.

Pero el hombre no ordenó que lo soltaran.

Eso lo inquietó.

—Puedo ofrecer alimentos —dijo Mateo—. Maíz, frijol, sal. También tengo mantas nuevas en el rancho. No quiero problemas. Solo quiero llevarlo a casa.

El jefe lo observó con una expresión extraña.

No parecía enfadado.

Parecía decepcionado.

—Crees que nosotros lo robamos.

Mateo tardó unos segundos en responder.

Podría haber mentido.

Decir que nunca había pensado eso.

Pero no lo hizo.

—Seguí sus huellas hasta aquí.

—Eso no responde a mi pregunta.

Mateo bajó la mirada un instante.

—Sí. Lo pensé.

El hombre asintió lentamente.

—Y aun así viniste.

—Sí.

—Solo.

—Sí.

El jefe volvió a mirar a Relámpago.

Entonces dijo algo que Mateo no esperaba.

—Tu caballo fue robado. Pero no por nosotros.

Mateo frunció el ceño.

El jefe hizo una señal.

Uno de los hombres trajo una silla vieja y la dejó en el suelo.

Mateo reconoció de inmediato que no pertenecía a Relámpago.

Tenía una marca extraña hecha con hierro.

Después mostraron otras dos.

—Encontramos varios caballos hace cuatro días —explicó el jefe—. Los llevaban hombres que no pertenecen a nuestro campamento.

Mateo permaneció callado.

—Esos hombres han robado animales en distintos lugares —continuó—. También han entrado en nuestros campamentos.

Mateo miró alrededor.

Había niños.

Mujeres preparando comida.

Ancianos sentados cerca de unas mantas.

Aquello no encajaba con la historia que Mateo había construido en su cabeza mientras seguía las huellas.

—¿Por qué está mi caballo aquí?

—Nuestros exploradores encontraron a los ladrones cerca de un arroyo. Cuando los hombres nos vieron, abandonaron varios caballos y escaparon. Recuperamos los animales.

Mateo volvió a mirar a Relámpago.

Todo empezaba a tener sentido.

Las huellas que había seguido probablemente no eran las de quienes habían entrado en su rancho.

Eran las marcas de quienes habían encontrado los caballos después.

—Entonces, ¿puedo llevármelo?

—Sí.

La respuesta llegó tan rápido que Mateo quedó sorprendido.

—¿Así de sencillo?

El jefe lo miró.

—El caballo es tuyo.

Mateo sintió vergüenza.

Había llegado esperando tener que negociar.

Había llevado provisiones pensando que tendría que pagar para recuperar algo que aquellos hombres nunca habían robado.

Se quitó el sombrero.

—Entonces les debo una disculpa.

El jefe inclinó ligeramente la cabeza.

—Una disculpa no detendrá a los hombres que siguen robando.

Mateo levantó la vista.

Aquella frase cambió todo.

—¿Siguen cerca?

—Sí.

El jefe explicó que varios exploradores habían encontrado nuevas huellas esa misma mañana.

El grupo de ladrones se movía por barrancos y caminos poco utilizados.

Tomaban caballos de ranchos pequeños.

También animales de familias apaches.

Después los llevaban lejos para venderlos.

Aquello explicaba por qué los robos parecían no tener un patrón claro.

Los ladrones confiaban en algo muy sencillo.

En la desconfianza.

Si desaparecía un caballo de un rancho, los rancheros sospechaban de los apaches.

Si desaparecían animales de un campamento apache, sus habitantes culpaban a los colonos.

Mientras unos desconfiaban de otros, los verdaderos responsables podían seguir operando.

Mateo sintió un escalofrío.

—¿Cuántos son?

—No lo sabemos con certeza.

—¿Y qué quieren de mí?

El jefe miró hacia las colinas.

—Conoces los caminos de los ranchos.

Mateo entendió.

Ellos conocían las montañas.

Él conocía los caminos, los corrales, los puntos donde un grupo de hombres con caballos robados podía buscar agua o alimento.

Por separado, cada uno tenía una parte del mapa.

Juntos podían tenerlo completo.

—Quieren que vaya con ustedes.

—No tienes obligación.

Mateo miró a Relámpago.

Podía marcharse.

Tenía su caballo.

Eso era todo lo que había ido a buscar.

Podía montar y volver a casa.

Pero luego pensó en sus vecinos.

En los otros caballos desaparecidos.

En las familias del campamento que también habían perdido animales.

Y en algo todavía más importante.

Si no hacían nada, la siguiente desaparición volvería a provocar sospechas.

Volverían las acusaciones.

Volvería el miedo.

Mateo se colocó el sombrero.

—Déjenme darle agua a mi caballo.

El jefe lo miró fijamente.

—¿Eso significa que vienes?

—Significa que no pienso dejar que esos hombres sigan haciendo que nos culpemos unos a otros.

Por primera vez, el jefe sonrió.

Muy poco.

Pero sonrió.

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