Aquella noche, Mateo permaneció en el campamento.
No durmió demasiado.
No porque sintiera miedo, sino porque no dejaba de pensar en lo absurdo de la situación.
Horas antes había llegado convencido de que estaba entrando en territorio enemigo.
Ahora compartía comida con las mismas personas a las que había acusado en su mente.
Un anciano le pasó un recipiente con agua.
Un niño se acercó a mirar a Relámpago.
Mateo le permitió acariciar el hocico.
El caballo permaneció tranquilo.
Aquello le hizo pensar.
Los animales no entendían las historias que los hombres contaban sobre otros hombres.
Relámpago no sabía quién era ranchero.
Quién era apache.
Quién había nacido de un lado de una sierra o del otro.
Solo reconocía manos tranquilas y manos violentas.
Personas que lo cuidaban.
Personas que lo trataban mal.
Quizá los seres humanos complicaban demasiado algunas cosas.
A la mañana siguiente salieron seis hombres.
Mateo montaba a Relámpago.
No permitió que nadie más llevara al caballo.
Después de tres días separados, necesitaba sentirlo otra vez bajo la silla.
Avanzaron durante horas por pasos estrechos.
Los exploradores se movían con una facilidad que impresionó a Mateo.
Veían cosas que para él pasaban desapercibidas.
Una piedra desplazada.
Una rama recién rota.
Una pequeña marca sobre la tierra seca.
Mateo, en cambio, reconocía otros detalles.
—Por allí no irán —dijo en un momento.
Uno de los hombres lo miró.
—¿Por qué?
—No hay suficiente agua para tantos caballos.
Señaló hacia el oeste.
—Pero a unas horas hay un arroyo estrecho. Los rancheros lo usan en los traslados de ganado. Si llevan muchos animales, tendrán que pasar cerca.
Cambiaran de dirección.
Más tarde encontraron huellas.
Muchas.
El jefe se agachó.
—Pasaron por aquí.
Mateo observó la tierra.
—Y llevan más caballos que antes.
Las marcas eran numerosas.
Algunos animales arrastraban ligeramente los cascos.
Parecían cansados.
Siguieron el rastro hasta el final del día.
No encontraron a los ladrones.
Durante la segunda jornada, las huellas entraron en una zona de barrancos.
Mateo empezó a preocuparse.
Era fácil esconderse allí.
También era fácil preparar una emboscada.
Pero los exploradores avanzaban con cuidado.
Nadie buscaba un enfrentamiento.
El objetivo era recuperar los animales.
A media tarde, uno de ellos regresó después de adelantarse.
Había encontrado el campamento.
Los hombres habían escondido los caballos detrás de unas rocas altas.
Desde la distancia podían verse más de veinte animales.
Mateo reconoció dos.
Uno pertenecía a un vecino.
Otro había desaparecido de un rancho situado a casi dos días de distancia.
Relámpago se puso inquieto.
Mateo le acarició el cuello.
—Tranquilo.
El jefe se acercó.
—No queremos una pelea.
Mateo asintió.
—Yo tampoco.
Decidieron esperar.
No iban a entrar disparando.
No iban a arriesgar vidas por animales.
Observarían.
Buscarían el momento de recuperar los caballos sin provocar violencia.
Al caer la tarde, dos de los hombres que vigilaban el ganado se alejaron para buscar agua.
Los demás estaban ocupados preparando sus cosas.
Mateo y los exploradores se acercaron por lados distintos.
Cuando los ladrones se dieron cuenta de que habían sido descubiertos, no hubo batalla.
Hubo confusión.
Uno gritó.
Otro corrió hacia su caballo.
Un tercero tomó algunas pertenencias.
En cuestión de segundos comprendieron que ya no podrían llevarse el grupo entero de animales.
Y decidieron escapar.
Mateo no los persiguió.
Ninguno de los hombres del campamento lo hizo.
Los vieron alejarse por un paso de montaña.
—Podríamos seguirlos —dijo Mateo.
El jefe negó con la cabeza.
—Vinimos por los caballos.
Era una decisión sensata.
Perseguir a hombres desesperados por zonas desconocidas podía convertir una recuperación pacífica en una tragedia.
Reunieron los animales.
Había veintisiete caballos.
Algunos llevaban marcas de ranchos.
Otros pertenecían a familias apaches.
Dos no tenían ninguna señal que permitiera identificar a sus dueños.
Mateo revisó cada uno.
Uno tenía una herida pequeña en la pata.
Otro estaba agotado.
Les dieron agua.
Después comenzaron el regreso.
Mientras avanzaban, Mateo pensó en la ironía.
Había salido de su rancho buscando un solo caballo.
Volvía con veintisiete.
Pero lo más importante no era aquello.
Lo importante era que ahora sabía la verdad.
Cuando regresaron al campamento, fueron recibidos con alivio.
Varias familias reconocieron sus animales.
Un hombre mayor abrazó el cuello de una yegua marrón durante largo rato.
Una niña corrió hacia un pequeño caballo gris.
Mateo observó la escena desde Relámpago.
Era exactamente la misma emoción que él había sentido al encontrarlo.
Entonces comprendió algo sencillo.
La pérdida dolía igual en cualquier casa.
Dos días después, Mateo inició el camino de regreso a su rancho.
Llevaba consigo varios caballos identificados como propiedad de rancheros de la zona.
Antes de marcharse, el jefe se acercó.
—Mateo.
Era la primera vez que lo llamaba por su nombre.
Mateo desmontó.
—Gracias por ayudarme a recuperar a Relámpago.
El hombre negó con la cabeza.
—Tú viniste por él. Nosotros solo lo encontramos.
Mateo sonrió.
—Entonces gracias por no responder a mi desconfianza con más desconfianza.
El jefe permaneció callado.
Después señaló hacia los animales recuperados.
—Esto volverá a pasar.
Mateo comprendió que no hablaba únicamente de robos.
Hablaba de rumores.
De acusaciones.
De desconocidos culpando a desconocidos.
—Podemos evitar parte de eso —dijo Mateo.
El jefe lo miró.
Mateo había pensado en aquella idea durante el regreso.
Era simple.
Nada grandioso.
Nada firmado.
Nada que pretendiera resolver todos los problemas entre comunidades que llevaban años desconfiando unas de otras.
Solo un acuerdo práctico.
—Si sabemos que hay ladrones o gente peligrosa moviéndose cerca de los ranchos, les avisaremos.
El jefe esperó.
—Y si sus exploradores ven algo que pueda afectar a nuestras familias, pueden hacérnoslo saber.
—¿Por qué haríamos eso?
Mateo señaló hacia Relámpago.
—Porque esta vez funcionó.
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