Y muchas veces, completamente vacío.
Con Mariana no había espacio para fingir.
La bebé podía llorar en cualquier momento.
Ella estaba cansada.
Yo era un hombre de 56 años sosteniendo una niña que acababa de conocer.
Nada de aquello era elegante.
Pero por primera vez en mucho tiempo no estaba pensando en la hora.
No estaba revisando el teléfono.
No estaba esperando terminar para volver al trabajo.
Solo estaba allí.
—Es extraño —dijo Mariana en voz baja—. Sofía casi nunca se duerme con alguien que no sea yo.
Miré a la niña.
—Quizá estaba cansada.
—Puede ser.
Mariana me observó unos segundos.
—O quizá se siente segura contigo.
Aquellas palabras se quedaron conmigo.
Cuando terminamos de comer, le entregué cuidadosamente a Sofía.
Salimos juntos del café.
Mariana acomodó la bolsa del bebé sobre su hombro.
—Gracias por no irte —dijo.
—No tienes que agradecerme.
—Sí tengo. Cuando entré y vi tu cara pensé: “En cinco segundos este hombre inventará una emergencia y desaparecerá”.
—Lo consideré durante tres segundos.
Ella abrió los ojos.
Luego vio que sonreía y me dio un pequeño golpe en el brazo.
—Qué malo.
—Pero me quedé.
Su expresión volvió a ponerse seria.
—Gracias por eso.
Hubo un silencio.
Entonces preguntó:
—¿Te gustaría volver a verme?
Parecía sorprendida de haberse atrevido a decirlo.
—Sí.
—La próxima vez intentaré conseguir quien cuide a Sofía.
Negué con la cabeza.
—No hace falta.
Mariana frunció el ceño.
—¿No?
—Sofía forma parte de tu vida. No tiene sentido fingir que no existe cuando estamos juntos.
No respondió inmediatamente.
Solo me miró.
Después sonrió.
Las siguientes semanas empezamos a vernos con frecuencia.
No eran citas tradicionales.
A veces yo pasaba por su departamento con comida preparada porque sabía que había llegado tarde del trabajo.
Otras veces salíamos los tres a caminar por una plaza.
Una tarde me encontré sentado en el suelo de su sala tratando de construir una torre de bloques mientras Sofía la destruía cada vez que llegaba al tercer nivel.
Yo llevaba un reloj que costaba más de lo que Mariana ganaba en muchos meses.
Y jamás había disfrutado tanto una tarde.
Empecé a conocer la rutina de aquella casa.
El sonido que hacía Sofía cuando tenía sueño.
La canción que la calmaba.
El muñeco que siempre terminaba debajo del sillón.
La manera en que Mariana se quedaba quieta durante unos segundos después de acostar a la niña, disfrutando simplemente del silencio.
Cuando yo llegaba, Sofía comenzó a reconocerme.
Movía las piernas.
Estiraba los brazos.
Sonreía.
Nunca había tenido a nadie reaccionando así al verme entrar por una puerta.
En mi empresa, cientos de personas sabían mi nombre.
Muchos me trataban con respeto.
Algunos con admiración.
Pero aquella bebé no sabía nada de eso.
No entendía qué era un director general.
No sabía cuánto dinero tenía.
No podía distinguir entre un auto caro y uno viejo.
Solo sabía que yo la cargaba.
Jugaba con ella.
Y aparecía otra vez.
Dos meses después de conocernos, fui al departamento de Mariana una noche.
Sofía ya dormía.
Mariana regresó a la sala y se sentó frente a mí.
Estaba más callada de lo habitual.
—Tengo que preguntarte algo.
—Dime.
—¿Por qué haces todo esto?
—¿Todo qué?
—Venir. Ayudar. Pasar tiempo con nosotras.
La observé.
—Porque quiero.
—Alejandro, tienes una vida completamente distinta. Podrías salir con mujeres sin hijos, sin problemas económicos, sin horarios complicados.
Se señaló a sí misma.
—Yo llego cansada todos los días. Tengo una bebé. No puedo salir cuando quiero. A veces ni siquiera puedo terminar una conversación sin que Sofía necesite algo.
Guardó silencio.
—¿Por qué nosotras?
Tardé unos segundos en responder.
No porque no supiera la respuesta.
Sino porque nunca la había dicho en voz alta.
—Porque durante treinta años pensé que estaba construyendo una vida.
Mariana permaneció quieta.
—Construí una empresa. Gané dinero. Compré cosas. Me acostumbré a que la gente me felicitara por todo eso.
Respiré profundamente.
—Pero casi todas las noches volvía a casa y no había nadie.
Ella bajó un poco la mirada.
—Cuando cargué a Sofía aquel primer día sentí algo que no había sentido en mucho tiempo.
—¿Qué?
—Que alguien podía necesitarme por razones que no tenían nada que ver con mi trabajo.
Mariana tenía los ojos húmedos.
—No me necesita, Alejandro. Es una bebé.
—Exactamente.
Sonreí.
—No sabe quién soy. No sabe lo que tengo. Solo sabe si estoy o no estoy.
Miré hacia el pasillo donde estaba la habitación de Sofía.
—Y contigo pasa algo parecido. No tengo que ser el empresario que siempre tiene la respuesta. Puedo simplemente sentarme aquí, calentar una cena, cargar a una niña y preguntarte cómo estuvo tu día.
Mariana se limpió rápidamente una lágrima.
—Pero yo sí necesito cosas.
—Todos necesitamos cosas.
—Necesito ayuda. Tiempo. A veces incluso ayuda económica. ¿No convierte eso nuestra relación en algo interesado?
Negué lentamente.
—No, si nadie está comprando nada del otro.
Ella guardó silencio.
—Ayudo porque quiero hacerlo. Porque me importa verlas bien. No porque espere que me debas algo.
Aquella conversación cambió nuestra relación.
Dejamos de fingir que simplemente estábamos “viendo qué pasaba”.
Nos estábamos convirtiendo en una familia.
No de la forma que yo había imaginado cuando era joven.
Pero quizá precisamente por eso funcionaba.
Mariana retomó sus estudios.
No lo hizo de golpe.
Avanzó poco a poco mientras seguía trabajando y cuidando a Sofía.
Yo ayudaba con algunos gastos y, sobre todo, con algo que para ella era casi más importante: tiempo.
Me quedaba con Sofía mientras Mariana asistía a clases.
Aprendí a preparar biberones.
Aprendí que vestir a una bebé que no quiere quedarse quieta requiere más habilidad de la que parece.
Aprendí a caminar por la sala a las dos de la mañana cargando una niña con fiebre mientras su madre intentaba descansar un poco.
También aprendí que un adulto puede pasar quince minutos haciendo caras ridículas solo para escuchar reír a una bebé.
Estuve en el primer cumpleaños de Sofía.
La vi dar sus primeros pasos.
Escuché sus primeras palabras.
Una de ellas fue una versión incomprensible de “Ale”.
Todavía recuerdo el momento.
Me quedé inmóvil.
—¿Dijo mi nombre?
Mariana se rio.
—Creo que intentó hacerlo.
—Lo dijo.
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