En ese momento apareció el hombre que conducía el automóvil.
Era Julián, el chofer de Beatriz.
Se quedó mirando a Mateo.
De pronto abrió mucho los ojos.
—Reyes…
Mateo frunció el ceño.
—¿Qué dijo?
Julián se acercó.
—Muchacho, ¿cómo te llamas?
—Mateo Reyes.
El hombre se llevó una mano al pecho.
Rodrigo lo miró confundido.
—¿Qué ocurre?
Julián tenía los ojos húmedos.
—Tiene la cara de Tomás.
Mateo retrocedió.
Todo aquello era demasiado extraño.
Entregó la cartera a Rodrigo.
—Está completa. Tengo que volver con mi familia.
—Espera —dijo Julián.
Pero Mateo ya había dado media vuelta.
No pidió dinero.
No dejó su número.
Ni siquiera esperó un agradecimiento.
Empezó nuevamente el largo camino hacia su casa.
Llegó pasada la una de la madrugada.
Entró sin hacer ruido.
Primero comprobó que Sofía estuviera dormida.
Después se acercó a la habitación de su madre.
Elena respiraba tranquilamente.
Mateo fue a la cocina.
Sacó la fotografía de Tomás de la repisa.
La observó durante mucho tiempo.
Era exactamente el mismo hombre de la cartera.
—Mamá.
Elena apareció medio dormida en la puerta.
—¿Qué haces despierto?
—¿Recuerdas lo que decía el abuelo?
—¿Qué cosa?
—Lo de aquella niña. “Me pregunto si logró llegar a casa”.
Elena asintió.
—Sí.
—¿Nunca supiste quién era?
—Nunca. Tu abuelo se llevó esa historia con él.
Mateo miró la fotografía.
No podía dejar de pensar en la anciana junto a La Estrella.
Y entonces una idea apareció.
La niña de la foto.
La mujer de esa noche.
¿Podían ser la misma persona?
Mateo casi no durmió.
A la mañana siguiente escuchó un automóvil detenerse frente a la casa.
Sofía corrió hacia la ventana.
—Mateo… ven a ver esto.
El automóvil negro estaba afuera.
Varias personas del barrio miraban desde sus puertas.
Beatriz bajó lentamente.
Julián la ayudó.
Rodrigo salió detrás de ellos.
Esta vez no parecía arrogante.
Cuando Mateo abrió la puerta, Rodrigo fue el primero en hablar.
—Mateo, quiero pedirte disculpas.
El muchacho no respondió.
—Te juzgué anoche sin conocerte. Me equivoqué.
Pero Mateo apenas lo escuchaba.
Beatriz estaba mirándolo fijamente.
La mujer se llevó una mano a la boca.
Empezó a llorar.
—Es increíble…
Mateo sintió un nudo en el estómago.
—¿Se encuentra bien?
Beatriz dio un paso hacia él.
—Tienes sus ojos.
Sacó la fotografía de su cartera.
—Tienes la misma mirada de Tomás.
Mateo abrió la puerta un poco más.
—¿Usted conoció a mi abuelo?
Beatriz señaló a la niña de la foto.
—Esta soy yo.
Mateo sintió que todo alrededor desaparecía.
—Tenía diez años —continuó ella—. Mi casa era un lugar difícil. Una noche me fui. Estaba asustada, tenía hambre y no sabía a dónde ir.
Miró hacia La Estrella, visible varias calles más abajo.
—Llegué hasta aquella cafetería.
Tomás estaba cerrando.
Beatriz respiró profundamente.
—Me vio afuera y abrió la puerta.
No la interrogó.
No la hizo sentir culpable.
Primero la sentó en un lugar caliente.
Después le preparó comida.
—Me dio un plato enorme —recordó Beatriz—. Y luego dividió su propio sándwich y me dio la parte más grande.
Mateo sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.
La parte más grande.
Exactamente lo que él hacía cada noche con Sofía.
—Me dijo que él ya había comido —continuó Beatriz—. Muchos años después entendí que probablemente era mentira.
Tomás permaneció con ella hasta que se tranquilizó y, cuando amaneció, buscó ayuda de personas responsables para asegurarse de que la niña llegara a un lugar seguro.
Antes de que se fuera, le entregó una ficha de La Estrella.
—Me dijo: “Guárdala para recordar que todavía existe gente buena. Y cuando puedas, haz algo bueno por otra persona”.
Beatriz sacó una ficha de metal.
Mateo metió la mano en su propio bolsillo.
Había conservado otra igual que pertenecía a su abuelo.
Las colocaron juntas.
Eran idénticas.
Beatriz comenzó a llorar otra vez.
—Tu abuelo me ayudó cuando yo pensaba que nadie lo haría. Crecí, estudié, trabajé durante décadas y tuve la fortuna de construir una empresa que prosperó mucho.
Hizo una pausa.
—Durante casi cincuenta años intenté encontrar a Tomás.
Solo recordaba su apellido y La Estrella.
Cuando logró volver al lugar, la cafetería ya estaba cerrada.
Tomás había desaparecido de su vida.
—Regresaba de vez en cuando —dijo—. Solo para mirar el edificio y recordar aquella noche.
Por eso estaba allí durante la nevada.
Por eso llevaba siempre aquella fotografía.
—Y entonces —continuó— un muchacho caminó ocho kilómetros en medio de una nevada para devolverme una cartera llena de dinero.
Miró a Mateo.
—Y ese muchacho se apellidaba Reyes.
Su voz se quebró.
—Después de casi cincuenta años, la bondad de Tomás volvió a tocar mi puerta.
Mateo bajó la mirada.
—Mi abuelo murió cuando yo era pequeño.
Beatriz cerró los ojos.
Durante unos segundos nadie habló.
Después asintió.
—Entonces déjame hacer por su familia una parte de lo que él hizo por mí.
Se sentaron alrededor de la pequeña mesa de la cocina.
La misma mesa donde Mateo hacía cuentas cada noche.
Elena tenía una manta sobre los hombros.
Sofía escuchaba desde una silla cercana.
Beatriz colocó las manos sobre la mesa.
—Quiero dejar algo claro. No estoy aquí porque encontraste una cartera y espere comprarte con una recompensa.
Mateo guardó silencio.
—Estoy aquí porque llevo casi cincuenta años deseando agradecer a tu abuelo.
Miró a Elena.
Haz clic en el botón de abajo para leer la siguiente parte de la historia.






