Lucía cubrió el cuaderno.
—Creo que son secretos del señor Salvatierra.
Ernesto se sentó.
Leyó durante varios minutos.
Su expresión se volvió seria.
—¿Recuerdas todo esto?
—Sí.
—¿Estás segura?
—Sí, abuelo.
Lucía señaló varias flechas.
—Creo que mueve dinero entre estas empresas. No sé por qué.
Ernesto cerró lentamente el cuaderno.
—Recordar algo no significa que sepamos qué significa. Y tampoco es una prueba.
Lucía bajó la mirada.
—Entonces tenemos que averiguarlo.
—Primero tenemos que ayudar a tu madre.
A la mañana siguiente, Mariana llamó a la agencia.
Esperaba una reprimenda.
Recibió algo peor.
El responsable le informó que un cliente importante había presentado una queja grave.
Ya no contarían con ella.
Mariana llevaba tres años trabajando con aquella agencia.
Nunca había tenido una sola queja.
—Por favor —dijo—. Tengo una hija.
La llamada terminó.
Mariana dejó el teléfono sobre la mesa.
—No solo me despidió.
Miró a su padre.
—Se aseguró de que tampoco pudiera regresar a la agencia.
Lucía cerró lentamente su libro de matemáticas.
Ahora comprendía mejor lo que significaba tener poder.
No era vivir en un departamento enorme.
Era poder hacer una llamada y cambiar la vida de otra persona.
Mariana salió aquel día con una carpeta llena de solicitudes de empleo.
Ernesto esperó hasta que cerró la puerta.
Después miró a Lucía.
—Trae el cuaderno.
Fueron a una biblioteca pública.
Utilizando únicamente información disponible públicamente, comenzaron a revisar los nombres.
Descubrieron que Proyecto Luciérnaga se presentaba como una iniciativa privada destinada a financiar una nueva área infantil en un hospital.
Parecía admirable.
Pero uno de sus responsables financieros también dirigía Grupo Cumbre.
Se llamaba Roberto Salas.
El mismo nombre aparecía una y otra vez en el cuaderno de Lucía.
Ernesto señaló la pantalla.
—Ahí está la conexión.
Siguieron buscando.
Encontraron antiguos artículos publicados por un periodista llamado David Méndez.
Años atrás, David había investigado negocios relacionados con Ricardo Salvatierra.
Había sospechado que utilizaba sociedades relacionadas entre sí para mover dinero alrededor de grandes operaciones inmobiliarias.
Pero nunca encontró la pieza que conectaba todo.
Después de una disputa legal, su investigación se detuvo y su carrera quedó prácticamente destruida.
Ahora mantenía una pequeña página independiente sobre asuntos locales.
Ernesto encontró un contacto.
Lo llamó aquella noche.
—Señor Méndez, creo que tenemos información sobre Ricardo Salvatierra.
Hubo un largo silencio.
—Ya no investigo a ese hombre.
—Entonces escúcheme durante treinta segundos.
Ernesto mencionó Proyecto Luciérnaga.
David dejó de hablar.
Al día siguiente se reunieron en la biblioteca.
Cuando David vio a un anciano con bastón acompañado de una niña de diez años, pensó que había perdido el tiempo.
—¿Ella es su fuente?
—Sí.
David casi se marchó.
Entonces Lucía dijo:
—Proyecto Luciérnaga no es independiente. Está conectado con Grupo Cumbre.
David se detuvo.
Lucía abrió su cuaderno.
Le mostró el esquema.
Habló de las llamadas.
De los nombres.
De las fechas.
De la empresa dirigida por Roberto Salas.
David comenzó a pasar páginas cada vez más rápido.
Su expresión cambió.
—Yo conocía Grupo Cumbre —murmuró—. Pero nunca pude encontrar el puente.
Señaló Proyecto Luciérnaga.
—Esto podría serlo.
—¿Entonces tenemos razón? —preguntó Lucía.
David negó con la cabeza.
—Tenemos una pista. No es lo mismo que tener pruebas.
Aquella diferencia era importante.
No podían acusar públicamente a nadie basándose solo en recuerdos y coincidencias.
David decidió verificar cada dato mediante registros disponibles, documentos legítimamente accesibles y fuentes dispuestas a hablar.
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