Lucía y Ernesto regresarían a casa.
Nada de perseguir personas.
Nada de entrar en oficinas.
Nada de intentar conseguir documentos por medios indebidos.
—Ustedes ya hicieron suficiente —les dijo—. Ahora esto tiene que hacerse correctamente.
Pasaron cuatro días.
Mientras David investigaba, Mariana recorría restaurantes, pequeños hoteles, tiendas y oficinas dejando solicitudes.
Volvía cada tarde más cansada.
El dinero comenzaba a escasear.
Una noche sonó el teléfono.
Era David.
—Encontré a Roberto Salas.
Había descubierto algo inesperado.
Roberto no llevaba una vida extravagante.
Pasaba gran parte de su tiempo en un hospital porque su hijo de nueve años padecía una enfermedad grave.
David sospechaba que aquella situación explicaba por qué un contador aparentemente común se había convertido en pieza fundamental de los negocios de Ricardo.
Decidió hablar con él.
Lo hizo directamente, sin amenazas.
Le explicó que estaba verificando una investigación y que varios documentos públicos apuntaban hacia sus empresas.
Roberto intentó marcharse.
Entonces David mencionó Proyecto Luciérnaga.
El hombre se quedó inmóvil.
—No sabe en qué se está metiendo —murmuró.
—Precisamente por eso necesito que me diga la verdad.
Roberto comenzó a llorar.
Durante años había firmado operaciones siguiendo instrucciones.
Ricardo le había asegurado que todo estaba protegido por abogados y asesores.
Después, cuando su hijo enfermó, comenzó a ayudarlo con los gastos médicos.
Lo que parecía ayuda terminó convirtiéndose en una cadena.
Roberto tenía miedo de perder el apoyo.
Y también sabía que su firma aparecía en demasiados documentos.
—Tengo una copia de los registros reales —confesó finalmente—. Los guardé porque sabía que algún día intentaría culparme de todo.
David no le prometió inmunidad ni hizo acuerdos.
Solo le dijo:
—Si tiene pruebas, entréguelas directamente a las autoridades y busque asesoramiento profesional independiente. Yo puedo contar lo que he investigado, nada más.
Al día siguiente, Roberto decidió colaborar formalmente.
Entregó un dispositivo con registros financieros y declaró ante los investigadores.
Las cifras coincidían con muchos de los nombres y movimientos que Lucía había reconstruido de memoria.
La investigación dejó de depender de una niña.
Ahora existían documentos.
Dos semanas después, Ricardo Salvatierra asistió a una elegante cena organizada por una fundación privada ficticia de empresarios locales.
Subió al escenario para recibir un reconocimiento por su supuesta contribución al Proyecto Luciérnaga.
—Quienes tenemos éxito tenemos la obligación de devolver algo a la sociedad —dijo frente al público.
David Méndez observaba desde el fondo del salón.
Ricardo sonreía cuando las puertas se abrieron.
Entraron varios agentes de investigación.
El aplauso desapareció.
Uno de ellos se acercó al escenario.
—Señor Salvatierra, necesitamos que nos acompañe.
Ricardo perdió la sonrisa.
—¿Saben quién soy?
El agente no respondió a la provocación.
Le informó que existía una investigación formal relacionada con operaciones financieras irregulares y posibles pagos indebidos.
—Eso es absurdo.
Entonces Ricardo vio a David.
Su rostro cambió.
—¿Tú?
David no dijo nada.
Ya no necesitaba hacerlo.
Los investigadores tenían registros financieros.
Tenían documentos.
Y tenían la declaración de Roberto Salas.
Ricardo fue retirado del salón mientras las cámaras grababan.
Esa noche, en el pequeño departamento de Guadalupe, Mariana estaba sentada frente al televisor.
Ernesto permanecía a su lado.
Lucía estaba en el suelo con las piernas cruzadas.
En las noticias mostraron a Ricardo saliendo acompañado por agentes.
El hombre que semanas antes parecía controlar la vida de todos ahora parecía simplemente un hombre asustado.
Mariana apagó el televisor.
Durante varios segundos nadie habló.
—¿Ya terminó? —preguntó.
Ernesto asintió.
—Para nosotros, sí.
Mariana miró a su hija.
—¿Tú sabías todo eso?
Lucía se encogió de hombros.
—Solo recordaba cosas.
Ernesto sonrió.
—Recordar fue la primera parte. Saber qué hacer con lo que recuerdas fue la importante.
Pocos días después, Mariana encontró trabajo en un pequeño edificio de oficinas.
Pagaban menos que en el departamento de Ricardo.
Pero el horario era mejor.
Y nadie esperaba que fuera invisible.
Una tarde regresó a casa y encontró a Lucía estudiando.
—¿Otra vez física?
—No.
Lucía levantó un libro grueso que había sacado de la biblioteca.
Era una introducción sencilla al derecho y a las instituciones.
Ernesto soltó una carcajada.
—¿Ahora quieres ser abogada?
Lucía pensó unos segundos.
—No sé.
Abrió el libro.
Después recordó aquella frase de Ricardo.
Que el mundo estaba dividido entre quienes mandaban y quienes obedecían.
—Creo que el señor Salvatierra tenía razón en una cosa.
Mariana arqueó las cejas.
—¿En cuál?
Lucía tomó su lápiz.
—Sí hay dos tipos de personas.
Miró a su madre.
—Las que creen que los demás no importan… y las que saben que todos importan.
Ernesto sonrió.
Lucía bajó la cabeza y siguió leyendo.
La misma niña que nunca debió entrar en aquella biblioteca había aprendido algo que Ricardo, rodeado de miles de libros, jamás había entendido.






