Pero Mauricio añadió:
—Probablemente dejó la escuela hace años. Mira su cara. No entendería ni una palabra aunque habláramos toda la noche.
La mujer dejó de reír.
Aquello ya empezaba a resultar incómodo incluso para ella.
Camila sintió calor en el rostro.
Pensó en sus cuadernos llenos de anotaciones.
En las noches estudiando mientras su madre cosía.
En los exámenes realizados después de dormir apenas cuatro horas.
En las ocasiones en las que había rechazado comprar algo para ella porque ese dinero hacía falta en casa.
Pensó en su padre diciendo:
—Algún día vas a trabajar con esos idiomas que tanto te gustan.
Camila respiró.
Dejó la botella sobre la mesa.
Y levantó la mirada.
Mauricio todavía sonreía.
—Disculpe —dijo ella.
Pero no lo dijo en español.
Lo dijo en francés.
Mauricio parpadeó.
Camila continuó en el mismo idioma.
Su pronunciación era suave, precisa y segura.
No habló rápido.
No necesitaba hacerlo.
—Comprender otro idioma es una habilidad útil —le dijo—, pero comprender a las personas es mucho más difícil.
Mauricio dejó de sonreír.
La mujer giró lentamente hacia él.
Camila siguió.
—Tiene razón en una cosa. Estoy cansada.
Mauricio abrió ligeramente la boca.
Camila no le dio tiempo a interrumpir.
—Estudio por las mañanas y trabajo por las noches. Mi padre está enfermo y mi madre trabaja desde casa. Este empleo ayuda a pagar mis estudios y también algunos gastos de mi familia.
En una mesa cercana, un hombre dejó el tenedor.
Otra mujer miró discretamente hacia ellos.
Camila hablaba con suficiente claridad para que cualquiera que conociera francés pudiera entenderla.
Pero su tono nunca se volvió agresivo.
—Mis zapatos son viejos —continuó—. También acertó en eso. Podría comprar otros, pero ahora mismo tengo prioridades más importantes.
La acompañante de Mauricio bajó la mirada.
Camila mantuvo los ojos sobre él.
—Sin embargo, hay algo en lo que se equivoca.
Mauricio tragó saliva.
—Servir una mesa no significa que una persona sea ignorante. Tener menos dinero no significa tener menos valor. Y hablar un idioma extranjero no convierte a nadie en mejor que la persona que tiene delante.
Ya no se oía ninguna risa.
Camila podría haber aprovechado ese momento para avergonzarlo.
Podría haber repetido exactamente sus insultos.
Podría haber sido cruel.
No lo hizo.
—Estoy aprendiendo francés porque amo los idiomas —dijo—. Espero dedicarme algún día a la traducción. Por eso entendí cada palabra desde que empezó a hablar.
Mauricio miró la mesa.
Camila concluyó:
—No necesito que piense bien de mí. Pero quizá la próxima vez pueda recordar que nunca sabemos qué historia lleva otra persona detrás de su uniforme.
Hizo una pequeña pausa.
—Que disfruten de la cena.
Tomó la bandeja.
Se dio la vuelta.
Y regresó al trabajo.
Durante varios segundos, Mauricio no se movió.
Su acompañante tampoco.
El restaurante siguió funcionando poco a poco.
Volvieron los cubiertos.
Las conversaciones.
Los camareros cruzando entre las mesas.
Pero algo había cambiado.
Camila lo notaba en las miradas.
Una mujer mayor le sonrió cuando pasó.
Un hombre sentado cerca de la mesa doce levantó ligeramente la cabeza como gesto de respeto.
Camila no quería convertirse en el centro de atención.
Solo quería terminar su turno.
Entró en la zona de servicio y apoyó las manos sobre una mesa.
Le temblaban.
Una compañera llamada Daniela la miró.
—¿Estás bien?
Camila asintió.
—Sí.
—Te escuché.
Camila cerró los ojos un segundo.
—¿Metí la pata?
Daniela negó con la cabeza.
—No. Fuiste mucho más educada de lo que yo habría sido.
Camila soltó una pequeña risa nerviosa.
Después tomó otra bandeja.
Todavía quedaban clientes esperando.
La vida no se detenía porque alguien hubiera aprendido una lección en la mesa doce.
Casi una hora después, Mauricio pidió hablar con ella.
Camila dudó.
Pensó que quizá quería quejarse.
Si hacía una reclamación, ella podía perder el trabajo.
El miedo que había mantenido controlado comenzó a crecer.
Pero fue hasta la mesa.
Mauricio estaba solo.
Su acompañante había ido al baño.
Por primera vez en toda la noche, él la miró directamente a los ojos.
—Camila, ¿verdad?
—Sí.
Se hizo un silencio.
—Quiero pedirle disculpas.
Ella no respondió.
Mauricio parecía incómodo.
No como un hombre acostumbrado a dar órdenes.
Más bien como alguien que no sabía colocar las palabras.
—Lo que dije fue desagradable —continuó—. Y no tengo ninguna excusa.
Camila lo observó.
Había esperado muchas posibles reacciones.
Esa no era una de ellas.
—No sabía que entendía francés —añadió él.
Camila frunció ligeramente el ceño.
Mauricio captó enseguida el problema.
—No. Perdón. Eso ha sonado peor.
Ella casi sonrió.
Él bajó la cabeza.
—No debería haber hablado así aunque usted no entendiera una sola palabra.
Aquello sí era diferente.
Camila asintió.
—Gracias por decirlo.
Mauricio respiró lentamente.
—Me dejó en evidencia.
—No era mi intención.
—Quizá lo necesitaba.
Camila no supo qué responder.
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