Martín apretó el volante. No respondió.
La frase se le quedó dentro.
Llegaron a una zona de casas grandes, coches nuevos y jardines cuidados. Su camioneta vieja parecía fuera de lugar.
Cuando se detuvo frente a una casa de dos pisos, la puerta se abrió de golpe.
—¡Sofía!
Una mujer salió corriendo.
La niña bajó y se lanzó a sus brazos.
—Perdóname, mi amor —repetía la mujer—. Perdóname.
—Pensé que te habías ido.
—Nunca me iría sin ti.
Martín bajó despacio.
La mujer se levantó con una mano sobre el hombro de su hija y lo miró.
Durante un instante, su expresión pasó del alivio a la cautela.
Martín reconoció esa mirada.
Miró su ropa gastada, su camioneta y la bolsa barata del supermercado en el asiento delantero.
—La encontré afuera del supermercado —explicó—. Intentamos llamarla. El agente que estaba ahí tiene mis datos.
La mujer parpadeó, avergonzada.
—Sí. Me habló. Yo… no sé cómo agradecerle.
—No hace falta.
—Soy Elena.
—Martín.
Sofía tomó la mano de su madre.
—Mamá, él se quedó conmigo cuando nadie más se quedaba.
Elena bajó la mirada.
—Gracias, Martín. De verdad.
Él asintió.
—Cuídense.
Ya iba a marcharse cuando Sofía corrió hacia él.
—¡Señor Martín!
Él se agachó.
La niña lo abrazó rápido.
—Gracias por no dejarme sola.
Martín cerró los ojos un segundo.
—De nada, pequeña.
Se fue sin pedir dinero, sin dejar su número y sin imaginar que volvería a saber de aquella familia.
Diez minutos después ya estaba pensando otra vez en la renta, la camioneta y el refrigerador casi vacío.
A la mañana siguiente, después de llevar a Diego a la escuela, encontró un sedán oscuro frente a su edificio.
Un hombre de unos cuarenta y cinco años lo esperaba.
—¿Martín Rivera?
Martín frenó.
—¿Quién pregunta?
—Roberto Salgado. Soy el papá de Sofía.
Martín guardó silencio.
—Mi esposa me contó lo que hizo ayer.
—Ya me dieron las gracias.
—No vine solo a eso.
Martín frunció el ceño.
—Si viene a ofrecerme dinero, no hace falta.
Roberto negó con la cabeza.
—No vine a ofrecerle dinero.
Sacó una tarjeta sencilla.
—Tengo una empresa pequeña de construcción y mantenimiento. Hacemos remodelaciones, reparaciones y obra ligera.
—¿Y eso qué tiene que ver conmigo?
—El agente me dijo que usted trabajaba por su cuenta y que antes era mecánico. También sé que no pidió nada a cambio por ayudar a mi hija.
Martín cruzó los brazos.
—Hice lo que tenía que hacer.
—Exactamente. Y necesito gente así.
Martín soltó una risa seca.
—Usted no me conoce.
—No. Pero sé que pudo seguir caminando y no lo hizo.
Roberto extendió la tarjeta.
—Necesito alguien para mantenimiento general. Pago fijo cada semana. Si funciona para los dos, puede quedarse.
Martín sintió algo que llevaba meses evitando.
Esperanza.
Y la esperanza le daba miedo.
—¿Cuál es la trampa?
—No hay trampa. Es trabajo. Si cumple, cobra. Si no funciona, cada quien sigue su camino.
Martín tomó la tarjeta.
—Lo voy a pensar.
—Eso es todo.
Durante el resto del día, la tarjeta quedó sobre la mesa de su pequeña cocina.
Diego regresó de la escuela y continuó coloreando su casa soñada.
—¿Qué es eso? —preguntó.
—Una posibilidad.
—¿Buena?
Martín miró la tarjeta.
Haz clic en el botón de abajo para leer la siguiente parte de la historia.






