—Está preguntando por usted. Dice que tiene miedo de que no vuelva.
Alejandro ya estaba caminando hacia el salón.
—Voy para allá.
Encontró a Daniela cerca de la entrada.
—Tengo que irme.
—¿Sofía?
Alejandro asintió sorprendido.
—¿Cómo lo supiste?
—Por tu cara.
—Tu coche puede llevarte a casa. Yo arreglo todo con el servicio.
Daniela tomó su bolso.
—Voy contigo.
—No es necesario.
—Ya lo sé.
—Daniela…
—Quiero despedirme de Sofía.
Algo en su manera de decirlo terminó la discusión.
Durante el regreso apenas hablaron.
Cuando entraron en casa, Rosa los esperaba.
—Está arriba.
Alejandro subió casi corriendo.
Sofía estaba sentada en la cama abrazando una almohada.
Tenía los ojos hinchados.
En cuanto vio a su padre, comenzó a llorar otra vez.
—Papá.
Alejandro se sentó junto a ella y la abrazó.
—Estoy aquí.
—Pensé que no ibas a volver.
—Siempre vuelvo.
—Pero mamá no volvió.
Alejandro cerró los ojos.
Nunca estaba preparado para aquellas palabras.
Nunca.
—Tu mamá no quería irse, cariño.
—¿Y si tú también te vas?
—No voy a irme.
—¿Cómo lo sabes?
Alejandro abrió la boca.
No tenía respuesta.
Porque Sofía tenía razón.
No podía prometerle que nunca ocurriría nada.
Nadie podía.
Daniela permanecía junto a la puerta.
Alejandro la miró.
Ella se acercó despacio.
—Sofía, ¿puedo contarte algo?
La niña se secó las lágrimas.
—Sí.
Daniela se sentó en una silla junto a la cama.
—Cuando yo era pequeña también tenía miedo de perder a mis padres.
—¿También soñabas cosas feas?
—A veces.
—¿Y qué hacías?
Daniela pensó un momento.
—Mi abuela me enseñó algo.
Sofía la miró.
—Me dijo que preocuparnos todo el tiempo por las cosas malas que podrían suceder nos roba las cosas buenas que están ocurriendo ahora.
Sofía frunció el ceño.
—Pero las cosas malas sí pasan.
La habitación quedó en silencio.
—Mi mamá murió.
Daniela no trató de contradecirla.
—Sí.
Su voz fue muy suave.
—Las cosas malas ocurren. Y algunas son terriblemente injustas.
Sofía bajó la mirada.
—Pero también hay algo verdadero ahora mismo.
—¿Qué?
—Tu papá estaba en una fiesta importante y volvió en cuanto supo que tenías miedo.
La niña miró a Alejandro.
—Rosa está aquí contigo todos los días. Tienes personas que te quieren. Tienes recuerdos de tu mamá. Y todo ese amor existe ahora.
Daniela apoyó las manos sobre sus piernas.
—Cuando tengas miedo del futuro, intenta recordar quién está contigo hoy.
Sofía permaneció callada.
Después preguntó:
—¿Tú te vas ahora?
Daniela miró a Alejandro.
—Probablemente debería.
—¿Puedes quedarte hasta que me duerma?
Alejandro esperaba que Daniela buscara una manera amable de negarse.
Después de todo, aquello no formaba parte de su trabajo.
Pero ella solo preguntó:
—¿Te parece bien?
Alejandro asintió.
Daniela se sentó en la mecedora.
Alejandro se acostó junto a Sofía.
Entonces Daniela comenzó a inventar una historia.
No era perfecta.
A veces se detenía para pensar.
La protagonista era una niña que creía que ser valiente significaba no tener miedo.
Hasta que descubría que la verdadera valentía consistía en seguir queriendo a las personas incluso sabiendo que algún día podría perderlas.
Antes de llegar al final, Sofía se quedó dormida.
Su mano permaneció cerrada alrededor de dos dedos de Alejandro.
Él esperó unos minutos.
Después se levantó con cuidado.
Abajo, preparó dos tazas de té.
Daniela se sentó frente a él en la cocina.
—Gracias —dijo Alejandro.
—No tienes que agradecerme.
—Sí tengo.
Miró hacia las escaleras.
—Las pesadillas han aumentado.
Daniela escuchó.
—Tiene miedo de que yo desaparezca. Un especialista nos explicó que el duelo de los niños vuelve por etapas. Cuando crecen entienden nuevas cosas sobre la pérdida.
—También ocurre con los adultos.
Alejandro levantó los ojos.
Daniela sostuvo su taza entre las manos.
—Crees que ya estás bien. Y un día escuchas una canción, hueles un perfume, encuentras una fotografía… y vuelves a sentirlo todo.
Alejandro la observó.
Ella no estaba hablando solo de Sofía.
—Tu madre —dijo—. Tuviste que perderla antes de perderla realmente.
Daniela asintió.
—Sí.
Sus ojos se humedecieron.
—Cuando dejó de reconocerme sentí que mi madre se estaba marchando poco a poco. Después murió y tuve que despedirme otra vez.
Alejandro permaneció en silencio.
—Pero aquellos años me enseñaron a estar presente —continuó ella—. Antes siempre estaba pensando en lo siguiente. El siguiente curso, las próximas vacaciones, mis planes.
Sonrió débilmente.
—Cuando sabes que el tiempo con alguien puede ser limitado, una tarde normal se vuelve importante.
Aquella conversación duró casi una hora.
Alejandro habló más de lo que había hablado con nadie en años.
Le contó su miedo a no estar educando bien a Sofía.
Su culpabilidad cuando tenía que trabajar hasta tarde.
La soledad de entrar en una habitación y todavía esperar encontrar a Mariana allí.
—A veces me siento culpable incluso por reírme —confesó.
Daniela no le dijo que debía superarlo.
No le explicó cómo tenía que vivir.
Simplemente escuchó.
Cuando finalmente miró el reloj, era muy tarde.
—Tengo que irme.
Alejandro se levantó.
—Te llevo.
Frente al edificio donde vivía Daniela, Alejandro recordó algo.
—Ni siquiera hemos hablado del pago.
Ella negó con la cabeza.
—Eso lo gestionará el servicio.
—Pero te quedaste muchas horas más.
Daniela lo miró.
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