Una desconocida me miró en la farmacia y reveló el secreto que mis padres ocultaron durante veinticinco años

Una desconocida me miró en la farmacia y pronunció cinco palabras que destruyeron mi identidad: «Desapareció hace veinticinco años».

La mujer soltó la bolsa que llevaba entre las manos.

Un paquete de algodón, una crema y unas tijeras pequeñas cayeron al suelo. Yo me agaché para ayudarla, pero ella me sujetó de la muñeca con una fuerza inesperada.

—Te pareces exactamente a mi hija.

Me quedé inmóvil.

La mujer tendría poco más de sesenta años. Llevaba el cabello gris recogido, una chaqueta sencilla y unos pendientes pequeños de oro. Su rostro había perdido todo el color.

—Disculpe —respondí—. Seguramente me confunde con otra persona.

Ella negó con la cabeza.

No apartaba los ojos de mí.

—No es solo el parecido —dijo—. Son tus ojos, la forma de tu nariz… y esa cicatriz sobre la ceja.

Mi mano subió de manera automática hasta la pequeña marca situada encima de mi ojo derecho.

—Me caí de una bicicleta cuando tenía siete años.

La mujer dejó escapar un sonido ahogado.

—Ella también.

Sentí un escalofrío.

Detrás de nosotros, varias personas esperaban para recoger sus medicamentos. Alguien tosió. Una empleada anunció un nombre por el altavoz.

Pero para mí, todos los sonidos se volvieron lejanos.

—¿Cómo se llamaba su hija? —pregunté.

La mujer tragó saliva.

—Rebeca.

El frasco que llevaba en la mano se me resbaló.

Golpeó el suelo y la tapa salió despedida. Las pastillas rodaron entre nuestros zapatos, debajo de un expositor de caramelos y hasta los pies de un señor que esperaba detrás.

Mi nombre era Lucía Rebeca Santos.

Mis padres siempre me habían dicho que eligieron Rebeca por una bisabuela a la que yo nunca conocí.

—Es un nombre común —murmuré.

—Rebeca Elena Navarro —continuó la mujer—. Desapareció hace veinticinco años.

Quise alejarme, pero mis piernas no respondieron.

—¿Cuántos años tienes?

—Treinta y tres.

La mujer se cubrió la boca.

—Ella tendría treinta y tres.

Ya no lloraba en silencio. Las lágrimas le bajaban por las mejillas mientras me observaba como si tuviera miedo de que yo desapareciera delante de ella.

—Esto es una locura —dije—. Yo nací en Querétaro. Crecí aquí, en Guadalajara. Mis padres son Teresa y Julián Santos.

—¿Eres zurda?

Miré mi mano izquierda, todavía cerrada alrededor del recibo de la farmacia.

—Sí, pero mucha gente lo es.

—¿Tienes una mancha de nacimiento en el hombro izquierdo?

El aire pareció desaparecer.

La mujer dio un paso hacia mí.

—Tiene forma de media luna.

Mi corazón comenzó a golpearme el pecho.

Desde niña había tenido aquella mancha. Era pequeña, de color café claro, curvada como una luna delgada.

Mi madre decía que era mi señal de buena suerte.

—¿Quién es usted? —pregunté.

—Me llamo Elena Navarro.

Abrió su bolso con manos temblorosas y sacó una cartera vieja. De uno de los compartimentos extrajo una fotografía gastada por los años.

—Esta era Rebeca.

La niña de la fotografía tendría siete años.

Sonreía con los dos dientes delanteros ausentes. Llevaba un casco rosa, rodilleras del mismo color y sostenía el manillar de una bicicleta roja.

Pero yo apenas vi la ropa.

Vi mi cara.

No una cara parecida.

La mía.

Los mismos ojos verdes con pequeñas manchas doradas. La misma barbilla redonda. La misma manera de inclinar la cabeza hacia la izquierda al sonreír.

Incluso la cicatriz estaba allí.

—No puede ser —susurré.

—La fotografía fue tomada tres días antes de que desapareciera.

Me apoyé en el mostrador para no caerme.

—Yo tengo fotos de cuando era niña.

—¿De cuando eras bebé?

Abrí la boca, pero no salió ninguna respuesta.

Mis primeras fotografías comenzaban alrededor de los tres años. Mis padres me habían contado que las anteriores se perdieron en un incendio.

Era una explicación que nunca había cuestionado.

Hasta ese momento.

La empleada de la farmacia se acercó para recoger las pastillas.

—Señorita, tendremos que reemplazarle el medicamento.

No le respondí.

La mujer llamada Elena sacó otra imagen. Era un retrato elaborado años atrás para mostrar cómo podría verse Rebeca de adulta.

La mujer del dibujo tenía mi frente, mis labios y mis ojos.

Parecía una fotografía de mi documento de identidad.

—Necesito irme —dije.

—Por favor, espera.

—Lo siento.

—He pasado veinticinco años buscándote.

Aquella frase terminó de romper algo dentro de mí.

Me di la vuelta y salí de la farmacia.

Llegué a mi auto con las manos tan temblorosas que dejé caer las llaves dos veces. Cuando por fin conseguí abrir la puerta, me senté detrás del volante sin encender el motor.

Mi nombre era Lucía Santos.

Tenía un departamento pequeño lleno de plantas, trabajos pendientes y tazas que nunca recordaba guardar. Diseñaba logotipos y anuncios para negocios familiares. Tenía una mejor amiga llamada Paula, una relación complicada con el ejercicio y la costumbre de llamar a mis padres todos los domingos.

Sabía quién era.

O creía saberlo.

Pero una desconocida acababa de mostrarme la fotografía de una niña desaparecida que tenía mi rostro.

Conduje hasta mi departamento casi sin recordar el trayecto.

En cuanto entré, fui directamente al estante donde guardaba dos álbumes familiares. Mi madre me los había preparado cuando me mudé sola.

El primero tenía una etiqueta escrita con su letra:

“Los primeros años de Lucía”.

Lo abrí sobre la mesa.

La primera imagen mostraba mi tercer cumpleaños. Tenía chocolate alrededor de la boca y una corona de papel torcida.

En la siguiente aparecía abrazando un elefante de peluche gris.

Después venía mi primer día de preescolar, una comida familiar y una visita a la playa.

Pasé las páginas hacia atrás.

No había nada anterior.

Ni una fotografía en brazos de mi madre.

Ni una imagen aprendiendo a caminar.

Ni una celebración de mi primer cumpleaños.

Mi vida comenzaba a los tres años.

Tomé el teléfono y llamé a mi madre.

Respondió casi de inmediato.

—Hola, hija. ¿Ya recogiste el medicamento?

—Mamá, necesito preguntarte algo.

Mi voz debió de sonar extraña, porque dejó de hablar.

—¿Qué sucede?

—¿Por qué no tengo fotografías de bebé?

Hubo un silencio.

Demasiado largo.

—Ya te lo explicamos, Lucía. Se perdieron en el incendio.

—¿En qué casa ocurrió?

—En la que teníamos antes de venir a Guadalajara.

—¿Dónde estaba esa casa?

—En Querétaro.

—¿En qué calle?

Otra pausa.

—No recuerdo el nombre.

Me puse de pie.

—Tú recuerdas el precio de mis primeros zapatos escolares. Conservas la servilleta del restaurante donde celebramos mi graduación. ¿Cómo puedes no recordar la dirección de la casa donde vivíamos?

—¿Por qué me preguntas esto ahora?

—Respóndeme.

—Fue hace mucho tiempo.

—¿Qué hospital figura como lugar de mi nacimiento?

—Lucía, me estás asustando.

—Hoy conocí a una mujer.

Mi madre dejó de respirar durante un instante.

Lo escuché perfectamente.

—Se llama Elena Navarro —continué—. Su hija desapareció cuando tenía siete años. Se llamaba Rebeca. Tiene mi cara, mi cicatriz y una mancha de nacimiento igual a la mía.

El teléfono quedó en completo silencio.

—Mamá.

—No hables con esa mujer.

Sentí que el suelo se movía debajo de mí.

No preguntó quién era.

No dijo que todo aquello resultaba absurdo.

Solo me pidió que no hablara con ella.

—¿Por qué?

—La gente inventa cosas. Hay personas que se aprovechan de las coincidencias.

—Ella sabía lo de mi hombro.

—Lucía, vuelve a casa. Tu padre y yo podemos explicarlo.

—Entonces hay algo que explicar.

—No he dicho eso.

—Acabas de hacerlo.

Colgué.

Fui al baño, me quité la blusa y miré la mancha en el espejo.

Media luna.

Hombro izquierdo.

Después observé la cicatriz sobre mi ceja.

Había escuchado la historia de aquella caída cientos de veces. Mi padre decía que corrió conmigo en brazos hasta una clínica. Mi madre aseguraba que yo no lloré mientras me daban tres puntos.

Pero de pronto comprendí algo inquietante.

Yo no recordaba la caída.

Recordaba la historia.

Recordaba a mis padres contándola durante las cenas y las reuniones familiares.

No era lo mismo.

Llamé a Paula.

—Necesito que vengas.

—Estoy trabajando.

—Por favor.

Llegó media hora después, todavía con el uniforme de la clínica dental donde trabajaba.

Cuando abrí la puerta, me miró y dejó el bolso en el suelo.

—¿Qué pasó?

Se lo conté todo.

La farmacia.

La fotografía.

El nombre.

La cicatriz.

La mancha de nacimiento.

La reacción de mi madre.

Paula me escuchó sin interrumpir. Al terminar, se sentó frente a mí y sostuvo mis manos.

—Tenemos que pensar con calma.

—No puedo pensar con calma.

—Puede haber una explicación.

—¿Cuál?

—Tal vez esa señora se equivocó. Quizá encontró información sobre ti en internet.

—¿Cómo sabría lo de mi hombro?

Paula apretó los labios.

—No lo sé.

Abrí mi computadora.

—Ayúdame a encontrarla.

Solo tardamos unos minutos.

Elena Navarro aparecía en una red social. Su fotografía de perfil la mostraba abrazada a dos niños. En la portada había una mesa familiar rodeada de flores y platos de comida.

Entramos en sus fotografías.

Cumpleaños.

Comidas de domingo.

Una boda.

Celebraciones de Navidad.

Después encontramos un álbum titulado “Nunca dejamos de esperarte”.

La primera imagen era un retrato familiar antiguo.

Elena aparecía más joven junto a un hombre de bigote. A su lado había dos niñas: una de diez años y otra de siete.

La pequeña era yo.

El texto debajo decía:

“Última fotografía de nuestra familia completa. Rebeca desapareció dos semanas después”.

Paula se llevó una mano a la boca.

—Lucía…

Seguí avanzando.

Había carteles de búsqueda, recortes de periódicos y fotografías de personas recorriendo terrenos, repartiendo papeles y encendiendo velas.

En una publicación reciente, Elena había escrito:

“Han pasado veinticinco años. No sé dónde estás, pero sigo preparando tu pastel de chocolate cada 15 de mayo”.

Mi cumpleaños era el 15 de mayo.

Cerré la computadora.

Ya no podía respirar con normalidad.

—Tengo que hablar con ella.

Paula asintió.

—No vayas sola.

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