Una madre salió del hospital con la receta que podía curar a su hija, pero no tenía dinero para comprarla.
—Mamá, me duele mucho el oído.
Ana Morales apretó a su hija contra el pecho y miró otra vez la receta que llevaba doblada dentro del bolsillo.
Sofía tenía cuatro años. Llevaba tres días con fiebre y esa mañana había despertado llorando, con una mano pegada al oído derecho.
Ana la había llevado a un hospital de Guadalajara desde muy temprano. Habían esperado durante horas hasta que finalmente un médico pudo revisarla.
El diagnóstico no parecía complicado: una infección de oído.
El problema estaba en la receta.
Entre el antibiótico, el medicamento para el dolor y lo que ya había gastado en transporte y consulta, Ana necesitaba casi 1,200 pesos más.
No los tenía.
Había contado el dinero de su cartera tres veces.
Después revisó la aplicación de su banco, aunque sabía perfectamente cuánto había allí.
No alcanzaba.
Ana trabajaba sirviendo mesas en dos pequeños restaurantes. Sus turnos cambiaban cada semana y ninguno incluía prestaciones médicas.
El padre de Sofía se había marchado casi dos años antes.
Desde entonces, cada peso tenía un destino antes incluso de llegar a sus manos.
Renta.
Comida.
Transporte.
Luz.
Gas.
La colegiatura del pequeño preescolar de Sofía.
Aquella semana tenía suficiente dinero para comprar comida y completar la renta.
O podía comprar los medicamentos.
Las dos cosas no.
El propietario del departamento ya le había advertido que no podía seguir aceptando pagos atrasados.
Ana había intentado buscar una solución dentro del hospital.
Le explicaron que existía un programa de apoyo para pacientes con dificultades económicas, pero la oficina que procesaba las solicitudes ya había terminado su horario.
Era viernes.
Podía presentar los documentos el lunes.
La infección de Sofía no podía esperar hasta el lunes.
Por eso Ana había terminado sentada en una banca cerca de la entrada del hospital, con la receta en una mano y su hija apoyada contra su hombro.
No sabía qué hacer.
—¿Ya nos vamos a casa? —preguntó Sofía.
Ana tragó saliva.
—En un momento, mi amor.
—¿Y mi medicina?
Esa pregunta fue peor.
Ana apartó la mirada.
—Voy a conseguirla.
No sabía cómo.
Pero una madre no podía mirar a su hija y decirle que no tenía dinero para hacer que dejara de dolerle.
Sofía apoyó la cabeza sobre ella.
—Me duele mucho.
Ana cerró los ojos.
—Lo sé, corazón. Voy a solucionarlo.
Sintió que las lágrimas empezaban a subirle, pero las contuvo.
Tenía treinta años y había pasado casi dos años convenciéndose de que podía con todo.
Podía trabajar turnos dobles.
Podía dormir cinco horas.
Podía preparar comida para varios días.
Podía caminar unas cuadras más para ahorrar un pasaje.
Podía sonreír delante de Sofía aunque estuviera agotada.
Pero aquella receta parecía haber encontrado el límite.
Ana estaba mirando el suelo cuando notó que alguien se detenía frente a ellas.
Levantó la cabeza.
Era un hombre de unos cuarenta y tantos años, con pantalón oscuro, camisa blanca y saco. No llevaba bata médica.
Su ropa era sencilla, pero de buena calidad. Tenía esa apariencia de alguien acostumbrado a entrar en oficinas donde las personas lo escuchaban cuando hablaba.
—Disculpe —dijo—. Llevo un rato viéndolas aquí. ¿Están esperando a alguien?
Ana se puso en guardia de inmediato.
—Estamos bien. Gracias.
El hombre miró a Sofía.
La niña tenía una mano sobre el oído y los ojos húmedos.
—¿Puedo sentarme?
Ana señaló la banca.
—Es pública.
El hombre se sentó dejando suficiente espacio entre ellos.
Durante unos segundos no dijo nada.
Luego miró a Sofía.
—¿Cómo te llamas?
La niña buscó primero la aprobación de su madre.
Ana asintió.
—Sofía.
—Mucho gusto, Sofía. Yo soy Andrés.
—Tengo cuatro años —añadió ella.
Andrés sonrió.
—Cuatro años es una edad muy importante.
Sofía lo miró con seriedad.
—Mi oído está enfermo.
La sonrisa desapareció del rostro del hombre.
—Eso duele bastante.
—Sí.
—¿Ya te revisó un médico?
Sofía volvió a mirar a su madre.
Luego respondió con esa sinceridad que solo tienen los niños.
—Sí, pero mi mamá está triste porque la medicina cuesta mucho dinero.
Ana sintió que se le encendía la cara.
—Sofía…
La niña bajó la mirada.
—Perdón.
—No pasa nada —dijo Andrés.
Entonces miró a Ana.
—¿No puede pagar la receta?
Ana apretó los labios.
—Vamos a resolverlo.
—¿Cómo?
La pregunta no sonó cruel.
Eso fue precisamente lo que la hizo más difícil.
—No lo sé.
Andrés esperó.
Y por alguna razón, después de horas intentando mantener todo bajo control, Ana ya no pudo seguir fingiendo.
—No lo sé —repitió—. Llevo aquí casi cuarenta minutos tratando de decidir qué hacer.
Sacó la receta.
—Necesita esto. El médico dijo que debía empezar hoy. Pero si compro todo, me falta para la renta. Si guardo el dinero para la renta, mi hija sigue enferma.
Andrés no interrumpió.
Ana continuó.
—Trabajo en dos restaurantes. No tengo prestaciones. Intenté preguntar por algún apoyo, pero la oficina correspondiente ya cerró y me dijeron que vuelva el lunes.
Se limpió rápidamente una lágrima.
—Sé que hay gente con problemas peores. No quiero que nadie me regale nada. Solo necesito encontrar una manera de comprar esto hoy.
Miró a su hija.
—No puedo dejar que siga con dolor.
Durante unos segundos Andrés permaneció en silencio.
Ana ya empezaba a arrepentirse de haber hablado.
Pensó que él se levantaría, le desearía suerte y seguiría su camino.
En cambio, sacó el teléfono.
Marcó un número.
—Patricia, soy Andrés Herrera.
Ana levantó la mirada.
—Necesito que hables con la farmacia interna. Hay una receta a nombre de Sofía Morales. Quiero que la preparen ahora mismo.
Escuchó unos segundos.
—Sí. Todos los medicamentos.
Otra pausa.
—No lo cargues al programa de apoyo. Ponlo en mi cuenta personal.
Ana abrió los ojos.
Andrés terminó la llamada y extendió la mano.
—¿Me permite ver la receta?
Ella no reaccionó.
—¿Qué está haciendo?
—Consiguiendo la medicina.
—No puedo aceptar eso.
—Su hija necesita empezar el tratamiento.
Ana sostuvo la receta contra su pecho.
—Pero usted ni siquiera nos conoce.
Andrés la miró.
—Tiene razón.
No insistió.
—Pero conozco esa banca.
Ana frunció el ceño.
—¿Qué quiere decir?
Andrés respiró hondo.
—Primero déjeme conseguir la medicina. Después, si quiere, le cuento.
Ana terminó entregándole la receta.
Andrés confirmó los medicamentos por teléfono.
Unos minutos después guardó el celular.
—Ya la están preparando.
Ana seguía sin entender.
—¿Por qué?
Andrés observó a Sofía.
La niña parecía algo más tranquila simplemente porque los adultos habían dejado de hablar como si todo estuviera perdido.
—Hace veintisiete años —dijo él—, mi madre se sentó en una banca parecida a esta afuera de otro hospital.
Ana guardó silencio.
—Yo tenía ocho años. Mi hermana tenía cinco.
Andrés miró hacia la entrada del edificio.
—Mi padre se había ido unos meses antes. Mi madre trabajaba todo lo que podía, pero apenas alcanzaba para mantenernos.
Su hermana había enfermado de los pulmones.
Necesitaba medicamentos.
Su madre tampoco podía pagarlos.
—Yo era un niño —continuó Andrés—, pero recuerdo perfectamente su cara. Intentaba que nosotros no la viéramos llorar.
Ana sintió un nudo en la garganta.
—Un médico terminó su turno y salió por aquella puerta. Podía haberse ido a su casa.
Pero se detuvo.
Le preguntó a la madre de Andrés si necesitaba ayuda.
Ella respondió exactamente lo mismo que Ana.
“Estamos bien.”
El médico no le creyó.
Se sentó junto a ellos.
Escuchó.
Y cuando entendió lo que estaba pasando, pagó los medicamentos de la niña.
—Eso fue solo el principio —dijo Andrés.
Durante las semanas siguientes, aquel médico ayudó a su madre a conocer los programas de apoyo disponibles.
La orientó con documentos que ella no comprendía.
La puso en contacto con personas que podían ayudarla a encontrar un empleo más estable.
Y durante meses preguntó por los niños.
—No resolvió todos nuestros problemas —aclaró Andrés—. Mi madre hizo el trabajo difícil. Ella nos sacó adelante. Pero aquel hombre apareció cuando estábamos a punto de caer.
Ana miró la receta en sus manos.
—¿Qué pasó con ese médico?
Andrés sonrió ligeramente.
—Se convirtió en mi mentor.
Ana tardó unos segundos en entender.
—¿Usted es médico?
—Sí. Estudié medicina y trabajé muchos años en urgencias.
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