La niña respondió en el mismo idioma.
El rostro del intérprete perdió el color.
Sebastián dejó de sonreír.
Beatriz abrió los ojos.
Octavio parecía no comprender lo que estaba ocurriendo.
Kenji continuó hablando con Valeria.
Ella respondió con respeto, aunque las manos le temblaban.
—¿Quién te enseñó? —preguntó finalmente Kenji en español.
—Mi abuelo.
—¿Y estás segura de lo que leíste?
Valeria tragó saliva.
—Sí.
Kenji abrió el contrato.
—Enséñamelo.
Valeria se acercó.
Señaló la cláusula.
—Aquí.
Leyó lentamente el texto japonés y después explicó su significado.
La habitación quedó en silencio.
—La versión en español habla de revisar el acuerdo —dijo Valeria—. Pero aquí dice que varias empresas del señor Takahashi podrían pasar bajo control administrativo del grupo del señor Villaseñor.
Miró nuevamente las páginas.
—No dicen lo mismo.
Kenji tomó el contrato.
Leyó durante casi un minuto.
Después entregó las hojas a uno de sus asesores.
El hombre las revisó.
Su expresión cambió.
Octavio levantó ambas manos.
—Kenji, esto seguramente es un error de traducción.
Takahashi no respondió.
Miró al intérprete.
—Martín.
El hombre se secó la frente.
—Señor…
—¿Es correcta la traducción?
—Yo…
—Te estoy haciendo una pregunta sencilla.
Martín miró a Octavio.
Ese gesto fue suficiente.
Kenji lo vio.
También Valeria.
—Diga la verdad —ordenó Takahashi.
Martín cerró los ojos.
—El señor Villaseñor me pidió modificar esa parte.
Beatriz se llevó una mano a la boca.
Sebastián se incorporó.
Octavio dio un paso atrás.
—Eso es mentira.
Martín siguió hablando.
—Me ofreció dinero adicional. Me dijo que era una protección comercial y que probablemente nadie compararía las versiones palabra por palabra.
Octavio explotó.
—¡Eres un incompetente!
Pero Kenji ya no lo escuchaba.
Miró a Valeria.
—Si esta niña no hubiera estado aquí, yo habría firmado.
Nadie respondió.
Octavio señaló a Rosa.
—¡Fuera de mi casa! Estás despedida. Y te aseguro que no volverás a trabajar para ninguna familia que yo conozca.
Rosa se quedó inmóvil.
Aquella amenaza sí la aterrorizó.
Ese trabajo pagaba la renta, la comida y buena parte de las deudas que arrastraban.
Valeria dio un pequeño paso delante de su madre.
—No le hable así.
—Valeria —susurró Rosa.
Octavio avanzó furioso.
Uno de los asistentes de Kenji se interpuso.
No hubo golpes.
No hubo gritos de su parte.
Simplemente se colocó entre Octavio y la niña.
Kenji cerró el contrato.
—El negocio terminó.
Octavio cambió inmediatamente de tono.
—Kenji, por favor. Podemos corregirlo. Podemos renegociar.
—No.
—Dime qué necesitas.
Kenji lo miró durante varios segundos.
—Confianza.
Octavio guardó silencio.
—Y eso ya no puedes ofrecérmelo.
Después Kenji volvió hacia Valeria.
—Dijiste que tu abuelo te enseñó japonés. ¿Cómo se llamaba?
—Arturo Ramírez.
El rostro de Kenji cambió.
—¿Arturo Ramírez?
Valeria asintió.
—¿Estuvo en Okinawa durante la guerra?
La niña lo miró sorprendida.
—Sí.
Kenji se quedó completamente quieto.
Luego abrió lentamente su cartera.
Sacó una fotografía vieja, doblada en las esquinas.
En ella aparecían dos muchachos muy jóvenes entre restos de un edificio destruido.
Uno era japonés.
El otro llevaba un uniforme aliado.
Valeria sintió que las piernas le fallaban.
Conocía aquella cara.
Había visto fotografías de ese mismo joven en casa de su abuelo.
—Es él —susurró—. Es mi abuelo Arturo.
Rosa se acercó.
—¿Cómo tiene usted esa fotografía?
Kenji respiró hondo.
—Porque el otro hombre es mi abuelo, Satoru.
Nadie habló.
Kenji explicó que Satoru había sido reclutado siendo casi un adolescente.
Durante un ataque quedó herido y separado de su grupo.
Creyó que iba a morir.
Entonces apareció Arturo.
Eran enemigos según los uniformes que vestían.
Arturo pudo haberlo abandonado.
No lo hizo.
Lo llevó hasta un lugar protegido, limpió su herida y compartió con él su agua y parte de su comida.
Pasaron varias horas juntos sin poder hablar correctamente el idioma del otro.
Después se separaron.
Satoru sobrevivió.
Durante el resto de su vida conservó aquella fotografía.
También intentó encontrar a Arturo durante años.
Nunca pudo.
—Mi abuelo me decía que, si algún día encontraba a la familia de aquel hombre, debía tratarla como si fuera nuestra propia familia —dijo Kenji.
Valeria tenía los ojos llenos de lágrimas.
Octavio intentó intervenir.
—Kenji, entiendo que esto sea emotivo, pero no tiene relación con nuestro acuerdo.
Kenji lo miró.
—Tiene toda la relación.
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